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15 de agosto de 2014 - Número 147

El arte alteño de Luciano Calderón

Lucía Querejazu*

El trabajo de Calderón cumple con lo que se ha escrito sobre él, caracterizándolo como observador de su realidad desde una mirada sociológica que se traduce en una producción que, estéticamente, le debe todo a la ciudad de El Alto.
El arte alteño de Luciano Calderón

En la historia del arte europeo dos fenómenos importados marcaron fuertemente el quehacer artístico. El primero fue la llegada, a partir del siglo XIX, de muchas imágenes en impresos y productos industriales del Japón y, posteriormente, en el siglo XX, el “descubrimiento” de las máscaras rituales africanas. Estas últimas han sido objeto de mucha reflexión por el impacto que tuvieron en la obra de los cubistas, especialmente Picasso. En ese momento el arte europeo se nutrió de la estética ajena, tan poderosa y fértil, de aquellas culturas lejanas con lo que logró refrescar su mirada y sus técnicas. En el arte contemporáneo, pasa algo similar con las estéticas urbanas y populares que, dada su eficiencia y franqueza, logran causar en el espectador el efecto que otras estéticas, más depuradas, han perdido ya.
El rescate de esta rica estética se ha convertido en una especie de pequeña moda o, dicho en idioma de crítica de arte, en una tendencia entre los artistas y diseñadores. El resultado es que no existe una real compenetración entre lenguajes, o una indagación por las formas y los colores, a diferencia de, por ejemplo, el caso de la incorporación del arte africano a la obra de Picasso. Lo que vemos entre los artistas contemporáneos hoy es una apropiación de artistas en plan antropólogo de fin de semana que se acerca a una cultura ajena y se apropia de formas y lenguajes que no le son propios. Esto último no ocurre en la obra de Luciano Calderón porque él es the real thing. Aunque parezca mentira, esta pertenencia se evidencia claramente en el poseedor de esta cultura alteña. El resultado formal se caracteriza por la soltura en el uso del lenguaje, además de una notoria fuerza en la obra que se traduce en capital estético y en una comodidad, cuya falta resulta tan evidente en las obras de otros artistas apropiacionistas. La obra de Luciano Calderón amplía los horizontes posibles de estas formas y de este lenguaje gracias a la vasta gama de expresiones que desarrolla: desde lienzos que representan la saturación de la urbe alteña, hasta trajes bordados dentro de la tradición de vestidos de santos, y los trajes y gorros tejidos con textos.­
Llevar la calle a la galería es una práctica más común de lo que el público piensa. La razón de la poca conciencia de este fenómeno en el público es que no asocian lo que ven en la calle con lo que ven en la galería porque la gente no observa su entorno en la calle, lo da por sentado. En ese sentido, el manifestar en forma de arte contemporáneo una estética popular urbana es una valoración trascendental de la estética que nos rodea. En estos tiempos en los que la arquitectura chola está empezando a ocupar su merecido lugar en las conversaciones intelectuales, así como en las menos sofisticadas, una muestra como la presentada por Luciano Calderón en el centro creativo IMA, durante los primeros días de junio, se articula a la dinámica de repensar la estética chola, urbana, alteña, producida por sus actores y dentro de su medio.
A pesar de que las pinturas de tienditas, o micros, con letras por todas partes, suelen gustar mucho, las considero de un naif poco creativo. Encuentro que lo más interesante en la obra de este artista, en cuanto a planteamiento estético, es el trabajo de recuperación de la estética del bus, o del camión, así como los tejidos y trajes. El trabajo de Calderón cumple con lo que se ha escrito sobre él, caracterizándolo como observador de su realidad desde una mirada sociológica que se traduce en una producción que, estéticamente, le debe todo a la ciudad de El Alto.

* Historiadora de arte.

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