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15 de agosto de 2014 - Número 147

El mundo literario de Alfonso Murillo

Miguel Sánchez-Ostiz*

Con estos relatos Murillo demuestra, al menos para mí, una sensibilidad especial para describir, de manera sutil, sin brochazos ni obviedades, el declive social de la clase que fue dirigente en el país y que se ha ido disgregando, oscureciendo, perdiendo protagonismo, algo más que en el imaginario social y sólo en ese terreno […].
El mundo literario de Alfonso Murillo

Empezaré con un clásico de este subgénero literario. Así diré, porque viene en el guión, que no sé si soy el más indicado para escribir un prólogo o posfacio sobre la obra de un autor boliviano. No soy un experto en literatura boliviana, ni en nada si me apuran. Como mucho, un lector curioso y ocasional. Tampoco pertenezco, ni de lejos, al mundo académico ni al institucional. Y por último, para acabar con este clásico, tendré que pedir excusas por escribir del libro de relatos de Alfonso Murillo con prosa periodística; pero creo que si hay que elegir entre prosa periodística o prosa y versos de vagazo, me quedo con la primera. Lo importante es lo que se dice, no tomar la obra ajena como pretexto para florituras personales. Y los prólogos de ocasión suelen ser pretextos de primera para el lucimiento y los sacos de humo. Aquí, en estas líneas apresuradas, hay como mucho admiración por el autor y su obra, y gratitud de lector conmovido, seducido por los relatos… y prosa periodística para expresar esas emociones.
Creo que los ocho relatos que componen Carreteras silenciosas definen bien el mundo literario de Alfonso Murillo: rico, insólito, con sabiduría para mostrar lo invisible y lo inesperado, aquello que si es imaginado se oculta… Si tuviera que buscarles parentescos bolivianos a estos relatos recurriría a bote pronto a Óscar Cerruto y a algunas páginas de Urzagasti. Lejanos parentescos en todo caso que sólo vienen al caso como reminiscencia. A su lado podría citar otros nombres prestigiosos de la literatura fantástica, negra, mágica y todos serían tan pertinentes como innecesarios. Un libro, cualquier libro, se sostiene por sí solo, no por sus padrinos y menos por sus parentescos; y el conjunto de relatos de Murillo se sostiene por lo escrito, no porque yo u otro lo aplauda. Carreteras silenciosas seduce e inquieta, obliga al lector a buscar los corredores literarios que llevan de un relato a otro, a dar con el sutil hilo filosófico que une a unos oficiales de la SS en la Alemania nazi y el universo concentracional (“La batalla de Stalingrado”) con la impunidad criminal, genuinamente boliviana, de “¿Hay poca gente en su misa?” y su Sociedad Poincaré. Inquietante banalidad del mal que a todos puede alcanzarnos. Sólo hace falta un golpe de azar, uno de los golpes de azar que jalonan estos relatos: azar en el viaje estacional de la mariposa Monarca, azares de “Carry Samoyedo”. Un golpe de azar que hace que las vidas de los personajes de Alfonso Murillo se despeñen del lado de las sombras, como si el lector recibiera en las narices ese golpe de polvo de huesos humanos que lo hará dormir y viajar al mismo territorio que De Quincey y su malayo, con las tres tabletas de opio en la mano: una feliz recreación, esta, del clásico del escritor escocés cuyos restos reposan en el cementerio de St-Cuthbert, en Edimburgo, entre panteones ruinosos, niebla y yonkis… así son los personajes de Murillo en sus derivas urbanas, en sus últimas camas del diablo. Un fondo inquietante de crimen y de locura que no se nombra de manera explícita, pero que conmueve. Una forma muy peculiar y eficaz la suya de enhebrar los mitos andinos y el presente de la compraventa furiosa, tal y como desarrolla en “¿Hay poca gente en su misa?”. Lo mismo por lo que se refiere a los mitos urbanos de la ciudad de La Paz: reconocibles, cierto, pero colocados como contrapunto en una dimensión fantástica.
Hace muchos años, el escritor francés Pierre Mac Orlan acuñó un feliz término para una literatura de lo cotidiano protagonizada por aquellos que tienen en sí mismos a su peor enemigo y acaban con las manos manchadas de sangre: “fantástico social”. Adscribiría, sin dudar, alguno de los relatos de Murillo a ese género ya casi olvidado, pero vivido hasta la saciedad y de forma inadvertida por una mayoría de lectores potenciales de estos relatos. Basta asomarse a esas páginas de sucesos donde los hechos están condenados a no ser esclarecidos del todo jamás, producto de un arrebato inexplicable.
Con estos relatos Murillo demuestra, al menos para mí, una sensibilidad especial para describir, de manera sutil, sin brochazos ni obviedades, el declive social de la clase que fue dirigente en el país y que se ha ido disgregando, oscureciendo, perdiendo protagonismo, algo más que en el imaginario social y sólo en ese terreno; y al margen de eso, demuestra un talento para descubrir lo que de misterioso o fantástico tiene o puede tener (a nada que ejercitemos la mirada) lo cotidiano, el secreto que oculta esa persona condenada a acabar como nn en la morgue, sin nombre y sin pasado, sin historia, o esa otra a quien vemos sentada en la Plaza Abaroa y al final desaparecer en el aire. Cuerpos con historia silenciada los que se amontonan en la morgue de Miraflores, el barrio de la clase media y los pandilleros de los sesenta, los que protagonizan unas brillantes páginas de “Manuscrito encontrado en una chamarra”: otro juego sutil entre lo reconocible de la crónica ciudadana y lo insospechado. Todos los otros mundos que están en este. Inquietantes muchachos los que pone Murillo en escena, proclives al crimen impune, y sólo derrotados, de manera muy diferida, por la misma vida sin asomo de moraleja: gente maligna por hastío, gente que se pierde de manera irremediable del lado de las sombras, ese lugar al que conducen las carreteras silenciosas del autor.

* Escritor español.

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