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8 de septiembre de 2014 - Número 148

Evocación de Gunnar Mendoza

Javier Mendoza Pizarro*

Fue el hombre hecho a la medida de la situación: alguien puesto por el destino en el momento adecuado, probablemente el único capaz de hacer lo que hizo para que, setenta años más tarde, el Archivo y Biblioteca Nacionales de Bolivia lleguen a ser lo que actualmente son.
Evocación de Gunnar Mendoza

Un señor que nunca había oído hablar de mi padre un día me preguntó sobre él. En respuesta, le conté brevemente lo que Gunnar Mendoza había hecho en la vida: “Fue director del Archivo y Biblioteca Nacionales de Bolivia por cincuenta años –le dije– y en ese tiempo nunca tomó una vacación. Los fines de semana, a puertas cerradas, estaba en su oficina haciendo su trabajo; y cuando la institución dejaba de atender al público, después de las seis de la tarde, se quedaba todavía hasta la noche y frecuentemente llegaba a la casa trayendo documentos coloniales que no podían esperar hasta el día siguiente para ser revisados”. Entonces, aquel buen señor me miró con consternación y cierto aire de incredulidad, y simplemente me dijo: “Debería estar prohibido hacer eso”. 

Quizás aquel señor tenía la razón. Tal vez debería estar prohibido que alguien se enfrasque hasta ese punto en su responsabilidad en esta vida porque, de una manera figurativa pero muy cercana de la realidad, podríamos decir que Gunnar Mendoza se mató trabajando en el Archivo y Biblioteca Nacionales de Bolivia. Y podemos decirlo así porque todo lo hizo por elección propia. 

Todo menos el comienzo. Porque llegar a ser el director del Archivo y Biblioteca Nacionales de Bolivia representó un golpe de suerte; para él y para todos nosotros, porque el cargo fue un regalo que le cayó del cielo cuando tenía treinta años. Su buen amigo Mario Estenssoro, que entonces era el prefecto del departamento de Chuquisaca, y después llegó a ser un eminente músico en Bolivia, le colocó en esa dirección. Aunque mi padre a esa edad ya tenía méritos para ejercer un cargo de esa importancia, no importa mencionar ahora que su designación fue a dedo, sin examen de competencia ni concurso de méritos. Pero si alguna vez hubo un dedazo acertado para la historiografía y la archivística en Bolivia, éste sin duda fue el caso.

Entonces, frente a la inmensidad de la empresa que enfrentó como director que suponía ordenar, clasificar y catalogar todo lo que había ahí adentro –sin mencionar leerlo todo, transcribirlo y publicarlo– y ante el enorme significado para la historia de Bolivia que estaba oculto en medio de esa gran cantidad de papeles viejos, en algún momento –probablemente hacia la segunda mitad de la década de los años cuarenta– Gunnar Mendoza comprendió que aquel era su puesto de trabajo, y allí era donde tenía que poner el hombro hasta el final. A veces me he preguntado: ¿Cuál habría sido el destino del Archivo y Biblioteca Nacionales de Bolivia si el Prefecto de aquellas épocas no hubiera sido su amigo Mario Estenssoro? ¿Dónde estaríamos ahora si Gunnar Mendoza no se hubiera hecho cargo, en abril de 1944, de la dirección del Archivo y Biblioteca Nacionales de Bolivia? Físicamente, sin duda seguiríamos en el oscuro y húmedo local del colegio Junín, que pocos han alcanzado a conocer, junto a los restos de los valiosos recursos documentales que encerraba la institución y que sólo unos cuantos curiosos llegaron a conocer. Y ¿cuál sería el estado de nuestra memoria histórica colectiva, y nuestra conciencia historiográfica y archivística como generación? Era entonces el hombre hecho a la medida de la situación: alguien puesto por el destino en el momento adecuado, probablemente el único capaz de hacer lo que hizo para que, setenta años más tarde, el Archivo y Biblioteca Nacionales de Bolivia lleguen a ser lo que actualmente son. 

Esta decisión que hizo mi padre –reservarse anteladamente un espacio al pie del cañón, sabiendo que ése era el lugar donde iba a acabar– es sin duda algo excepcional en Bolivia. Es normal en nuestro medio escuchar que alguien va a ir “hasta las últimas consecuencias” en defensa de sus derechos, y si es necesario podemos crucificarnos y cosernos la boca y, como se ha visto muchas veces a lo largo de nuestra historia, somos bien capaces de morir y matar por una causa que consideramos justa. Como tendemos a ser, como pueblo, algo apasionados, o tal vez simplemente impulsivos, esas formas de sacrificio a corto plazo nos parecen normales. Pero es muy difícil encontrar a nuestro alrededor a alguien que le ponga el hombro a una cuestión y lo mantenga ahí durante cincuenta años. La paciencia, la constancia, la perseverancia y la terquedad que suponen hacer algo así, no son comunes en nuestro medio. Y las personas que han hecho algo semejante en Bolivia –porque mi padre, por supuesto, no ha sido el único– han sido seres humanos excepcionales, dignos de nuestra admiración por haber sido capaces de encontrar, en medio de la urgencia y de la confusión que nos abruman, una meta que valiera la pena y de seguir hacia ella, a pesar del bullicio distractivo de los apasionados e impulsivos; de los desencantos, las limitaciones y probablemente de las amenazas; como un tanque que sabe a dónde va, sin dejarse distraer ni vencer. Durante cincuenta años. 

Estoy seguro al afirmar que Gunnar Mendoza representa el único caso en la historia de Bolivia de alguien que ha sido director de una institución nacional durante medio siglo ininterrumpidamente. Pero la sola dedicación, así fuera extrema como en el caso de mi padre, no explica cómo aquel hombre pudo mantenerse cincuenta años en el cargo. No, en un país como el nuestro. Pero así fue: durante ese medio siglo se sucedieron en Bolivia toda clase de gobiernos, presidentes, prefectos y alcaldes, pero Gunnar Mendoza siguió en su puesto. Llegó la revolución del Movimiento Nacionalista Revolucionario, en 1952, y aunque mi padre no era movimientista, no fue cambiado. Pasaron las dictaduras militares imponiendo su voluntad por doquier; pero ninguno de los dictadores se atrevió a moverlo. Y cuando vino la democracia, los partidos políticos acomodaron por turno a sus militantes a la cabeza de todas las instituciones nacionales del país, excepto el Archivo y Biblioteca Nacionales de Bolivia. 

Ahora, veinte años más tarde de su partida, resulta perfectamente claro que este hombre excepcional no sólo se mató –en un sentido figurativo muy cercano a la realidad– frente a una generación de sucrenses, cumpliendo con su deber en el Archivo y Biblioteca Nacionales de Bolivia durante medio siglo; sino que todos dejamos que lo hiciera. Le dimos el espacio, el tiempo y las condiciones para que lograra su propósito. Todos quienes lo rodearon: gobiernos, presidentes, prefectos y alcaldes, impresionados por el espectáculo insólito de un hombre que era capaz de ponerle el hombro a una empresa por tanto tiempo sin aflojar, conmovidos ante su constancia y admirados otros por su terquedad –como si se hubieran puesto de acuerdo en no interferir– dejaron que siguiera hasta cumplir su destino: el que había elegido y para el cual estaba hecho.

Y sin embargo, si alguien me preguntara si considero que mi padre fue uno de los grandes intelectuales de la segunda mitad del siglo XX en Bolivia, confieso que me costaría mucho responder, porque me es muy difícil recordar a mi padre como a un “intelectual”. Tal vez se trata de una deformación en mi manera de entender el término “intelectual”; contrastándolo, quizás injustamente, con lo práctico, útil y concreto: porque mi padre era un hombre eminentemente práctico.

A pesar de estar embebido de su responsabilidad como director del Archivo y Biblioteca Nacionales de Bolivia, y poseído del intenso furor historiográfico que lo acompañó toda la vida, jamás estuvo flotando en ninguna estratósfera intelectual, fuera del contacto con la realidad. En las condiciones paupérrimas en las que recibió la institución en 1944, sólo alguien que la concibiera también como un taller práctico de sobrevivencia habría podido sacarla adelante. Para él, que siempre estaba haciendo cosas con las manos, fue natural solucionar de manera práctica los problemas tan básicos que en esa época enfrentaba la institución. Así hacía revolver los sobres de papel manila en los que llegaba la correspondencia para poder cumplir con el canje internacional de publicaciones; o reentintar, una y otra vez, las sufridas cintas de las máquinas de escribir para prolongarles la vida. De esa manera, aprendió, codo a codo con los subalternos, por ensayo y error, los secretos del desaparecido arte de la encuadernación, y la transformación de cajas de zapatos en tarjeteros donde iba coleccionando, durante décadas, miles y miles de fichas que dieron origen a las guías que actualmente facilitan la labor de los investigadores y enorgullecen al Archivo y la Biblioteca Nacionales de Bolivia. 

Artesano de la cultura, como se autodefinía, su presencia irradiaba sencillez. Iba por todas partes de chompita, y cuentan que más de una vez, algún investigador desorientado se dirigió a él como si fuera el conserje de la institución. Igualmente, práctica y sencilla fue su actitud hacia la historiografía. Según Gunnar Mendoza, aclarar el pasado, como un pasatiempo intelectual, sin que eso ayude a entender lo que estamos viviendo y a mejorarlo en el futuro, no servía. Pero eso no significaba improvisar, y por eso, todo lo que escribió tiene marcado el sello de una estricta rigurosidad metodológica y una insobornable autenticidad historiográfica. Lo que hizo, como todo buen artesano que se respete a sí mismo, siempre fue lo mejor que pudo producir. 

Una notable capacidad de sorprenderse con lo nuevo y deleitarse con lo diferente –que todos recibimos al nacer, pero que en la mayoría la vida misma se encarga de desgastar con el uso– a él le duró hasta el final. Eso le otorgaba cierto aire de ingenuidad, algo de niño que desarmaba e inspiraba ternura. Sin duda, esa profunda e irreprimible curiosidad que guardó incorruptible por medio siglo, nacería en él junto con esa “célula primordial del oficio”, en las palabras de Gabriel René Moreno, que impulsa a los historiadores verdaderos a resolver algún misterio del pasado, aunque les tome la vida; y a los archivistas de vocación a ir por el mundo entendiendo el valor de los papeles viejos, o de cualquier cosa, por insignificante que sea, que pueda decirles a los que vengan cómo fuimos. 

Ahora, veinte años después de su partida y en el centenario de su nacimiento, el sentimiento de abandono que invade a cualquier hijo cuando pierde a su padre, crece hasta convertirse en una sensación de desamparo generacional, al darnos cuenta de que ya no tenemos aquel hombre con su antigua experiencia y su chompa artesanal, para guiarnos a través de tantas cosas que no llegó a conocer y que nosotros tenemos que vivir: el nuevo milenio, las computadoras, el internet y los cambios que estamos viendo en nuestro país.

* Psicólogo e Historiador.


  • 1. Nota. Mediante Memorádum Nº 414/44, de 31 de marzo de 1944, de la Prefectura y Comandancia General del Departamento de Chuquisaca, firmado por el Prefecto Mario Estenssoro, dirigida a Gunnar Mendoza, le hace conocer el tenor del telegrama recibido del Ministerio de Educación, para que el Prefecto le posesione en el cargo de Director de la Biblioteca y el Archivo Nacionales. Efectivamente, en la fecha señalada, Gunnar Mendoza fue posesionado en el despacho del prefecto, el día lunes 3 de abril a hrs. 14:30.
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