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15 de junio de 2014 - Número 145

Fondo de ojo: Meth

Ana Rebeca Prada*

Fondo de ojo: Meth

El que ha leído lo mínimo sobre el efecto de las meth (metanfetaminas) en sus consumidores y adictos, se preguntará: ¿cómo le hizo Vince Gilligan, el creador y director de la serie, y el batallón de escritores (9) y directores (24) con quienes trabajó, para mandarse 5 temporadas (62 episodios) de Breaking Bad (2008-2013) sin generar rechazo o repugnancia alguna, sino, al contrario, absoluta fascinación?
Creo que se trata de una serie inteligente –lo que no puede decirse de la mayoría de las que se producen en EEUU, que asumen que los televidentes son poco menos que retrasados mentales–. Breaking Bad es parte de un nuevo standard, que vemos vigente en las posteriores Boardwalk Empire (2010-2013) Top of the Lake (2013) de Campion y True Detective (2014) de Pizzolatto. De hecho varios amigos me remiten a The Wire (2002-2008) y aun antes a Los Soprano (1999-2007) para entender este nuevo standard. Pero no he visto estas últimas completas…
En todo caso, lo que ocurre con Breaking Bad son por lo menos tres cosas: no pretende ser realista, sino que se asume como ficción en todo momento, generándose de esta manera una lógica ficticia abierta que roza el cómic, el género fantástico, y el relato lúdico que parodia el realismo (elementos todos ellos, finalmente, del género negro norteamericano). Esto hace que a momentos se llegue a escenas extremas o ultra-exageradas que resultan muy refrescantes en medio de la chata prosa realistoide de la TV americana.
Muy junto a ello va un humor negro extraordinario, que, al lado de la ficción, genera una experiencia inédita o muy poco común en la televisión. De pronto estamos ante un fenómeno que apunta a adultos medianamente inteligentes dispuestos a ver fantasía (o parodia o casi un cómic), pero matados de la risa: asombrados ante la densidad de un humor oscuro, ingenioso y atrevido.
Y, por último, un excelente guión, que nos presenta personajes de gran calibre, complementados por una dirección de actores fuera de serie. La dupla Walter White (Bryan Cranston) y Jesse Pinkman (Aaron Paul) funciona muy bien pues se trata no sólo de personajes que cambian, mutan, fallan, se contradicen, sino de una relación que pasa por lo paterno-filial, el odio, la ternura, la mentira y la manipulación a manera de un viaje en montaña rusa. ¡Y ya ni hablo de los personajes secundarios!
Así, como decíamos, el muy gráfico y perfeccionado proceso de producción masiva de meth en manos de Walter y Jesse no tiene que ver con despertar una visión moral sobre el daño de una de las peores drogas existentes o de siquiera comentar este hecho, sino convertirlo en materia de una propuesta formal, de lenguaje narrativo (visual) que funciona maravillosamente y que se sostiene a lo largo de 62 episodios utilizando las armas del suspenso, la sorpresa, el violento transtorno de los hechos en la secuencia del relato. Y, hay que decirlo: una especie de delirio recorre transversalmente la serie, en el que se mezclan los más nobles objetivos y los más bajos instintos. Un delirio que se torna casi adictivo para el televidente.

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