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15 de julio de 2014 - Número 146

Hacia una ortografía de la imagen colonial

Lucía Querejazu Escobari*

“Famoso es el caso del cuadro de san Mateo de Caravaggio. La primera versión situaba al evangelista en su escritorio y al ángel prácticamente de pie y apoyado sobre el santo. La obra fue rechazada porque inducía al observador a pensar que el evangelio había sido escrito por un ángel o bien que san Mateo había sido un simple copista. Caravaggio fue obligado a reformular la obra y así surgió el famoso san Mateo, en el que el ángel habla con el evangelista desde las alturas, sin contacto alguno”.
Hacia una ortografía de la imagen colonial

Hacia una ortografía de la imagen colonial
Uno de los mayores retos de la historia del arte es el de poder comprender la totalidad del contenido de un cuadro o una imagen, para eventual­mente describirlo. Este proceso es común a todas­ las obras de arte o imágenes que se analizan dentro de la disciplina. El método más apropiado para hacerlo depende del investigador pero sobre todo del objeto de estudio.
En el arte virreinal este proceso es particularmente complejo debido al gusto por lo escondido y lo encriptado que caracterizó al Renacimiento y al Barroco. El arte virreinal o colonial fue creado siguiendo estos patrones y los objetivos que estos delineaban, como ser el afianzamiento de determinadas doctrinas, especialmente en el siglo XVI después de que la iglesia católica iniciara su proceso de reformulación llamado Contrarreforma. De ahí que conocer los pormenores de la lógica de estas imágenes es muy útil pues ellas albergan vastos contenidos que pueden o no apreciarse a simple vista pero que definitivamente están expuestos ante nuestros ojos para ser vistos y comprendidos. Es decir, la pintura virreinal no es decorativa, se desglosa en un universo de pinturas pensadas para llamar a la reflexión en torno a temas concretos.

Iconografía e iconología

La iconografía es la descripción de una imagen, desde su creación hasta su forma final, identificando su estructura y atributos. Asociada a ella se encuentra la iconología, que con poca claridad se diferencia de la iconografía porque la iconología se ocupa del significado de las imágenes y no sólo de los elementos que la componen.
Este tipo de grafía de la imagen o del icono, como sistema, fue analizado a profundidad por Erwin Panofsky, quien sistematizó la teoría como un método de tres pasos que van desde la descripción preiconográfica, al análisis iconográfico para terminar con el análisis iconológico. La lógica de este sistema reside en la premisa de que cada cultura desarrolla sus propios códigos visuales y culturales a partir de los cuales se construye este sistema de referencias o atributos. De esta manera si uno puede determinar cuáles son estos códigos, la interpretación de las imágenes sigue como consecuencia lógica. Este método planteado por Panofsky resultó ser muy eficiente para comprender imágenes creadas dentro de sistemas culturales similares. Pero fue posteriormente criticado por restringirse a una sola forma de construir imágenes y que no sería de utilidad para imágenes que se crean en procesos diferentes. Por ello se han venido desarrollando otras propuestas metodológicas a lo largo de los años, como ser la historia social del arte o la semiótica.
El arte virreinal americano deriva de las corrientes artísticas del Renacimiento y del Barroco, tanto español como italiano y flamenco. Debido al controversial uso de imágenes dentro del culto católico, en el Concilio de Trento de 1545 se determinó con mucha rigurosidad cómo debían utilizarse las imágenes y cuáles eran los contenidos a representarse. Para asegurarse de que esto se reprodujera sin alteraciones en el vasto territorio americano, el sistema de administración colonial se valió de los manuales de pintura y los grabados flamencos. En los grabados se presentaba la iconografía apropiada para un determinado tema y en el manual se explicaba cómo se debía lograr este resultado profundizando en los colores (los grabados eran en tinta negra) y cómo generar las expresiones adecuadas en los rostros y manos. De esta forma podemos tener acceso a los códigos y normas que rigen la construcción de las imágenes y por lo tanto se abren las puertas de la comprensión de la imagen en toda su complejidad.

El universo del atributo
A diferencia de lo que se podría creer, considerando lo rígido que era el tema en cuanto a creatividad, los artistas virreinales generaron importantes variaciones iconográficas que se ajustaban a las necesidades doctrinales de cada región. No está demás aclarar que el arte era un oficio gremial sujeto a normativas, no era un arte liberal (como lo fue posteriormente). Esto significa que los pintores, por ejemplo, cumplían los pedidos siguiendo un modelo pre establecido. Por ejemplo, los atributos de cada santo lo identificaban y dirigían la lectura en el sentido solicitado. Aun así existía un pequeño margen de libertad artística que podía, en algunos casos, causar problemas.
Famoso es el caso del cuadro de san Mateo de Caravaggio. En este caso el evangelista escribe su texto inspirado por un ángel que pareciera dictarle el contenido correcto. La primera versión de Caravaggio situaba al evangelista en su escritorio y al ángel prácticamente de pie y apoyado sobre el santo, como llevando su mano a lo largo del papel. La obra fue rechazada porque inducía al observador a pensar que el evangelio habría sido escrito por un ángel o bien que san Mateo no habría sido en sí un evangelista sino un mero copista. Caravaggio fue obligado a reformular la obra y así surgió el famoso san Mateo en el que el ángel habla con el evangelista desde las alturas, sin contacto alguno.
Para cada santo, en las diferentes escenas de su vida, así como en las de la Sagrada Familia, existía una normativa estricta. Los atributos en este universo sirven entonces para reconocer y comprender. Así se ha establecido por ejemplo que san José viste túnica verde con manto rojo o que la Virgen Inmaculada siempre lleva vestido azul con manto blanco. San Antonio, san José y san Cayetano llevan al niño Jesús en brazos, pero san Antonio va con el hábito café de la orden franciscana, san Cayetano lleva traje diocesano y san José lleva barba. De esta forma los atributos o la combinación de varios van definiendo el contenido.
Ante el inmenso corpus de obra virreinal que puebla nuestros templos el método queda corto sin el sistema de referencias que de cuenta de detalles, variaciones o iconografías poco frecuentes. Ese es el trabajo de más de cuarenta años de Héctor Schenone, historiador del arte argentino que falleció este mes de mayo, dejando un legado inmenso. En sus obras, Schenone dejó consignadas las iconografías más importantes de América asociadas a las doctrinas a las que pertenecen. También identifica en sus escritos aquellas obras que son muy raras y que no pueden compararse o contrastarse con ninguna otra, por ejemplo, las obras del retablo de reliquias de San Ignacio de Bogotá, donde se guardan restos de santos que no hay en ninguna otra parte del mundo. De estos santos extraños y sus representaciones se ocupó Schenone, construyendo diccionarios de ortografía de la imagen.
Sin la obra de Schenone, el trabajo de los historiadores del arte americano estaríamos perdidos, tratando de dar sentido a cosas que no lo tienen o perdiendo el valioso contenido en algunas composiciones que aparentan simplicidad. Él y su trabajo son un símbolo del trabajo colaborativo necesario para construir un entendimiento de nuestra historia.

* Historiadora de arte.

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