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15 de agosto de 2014 - Número 147

Lector al sol: La composición de la sal

Sebastián Antezana*

Es claro, también, desde los primeros cuentos, que Baudoin tiende al fragmento más que al sistema, que muestra una vocación de alejamiento de las construcciones masivas y privilegia en su lugar la búsqueda de algo más pequeño, si se quiere espiritual, algo como un destello o un grano de sal capaz de iluminar una habitación.
Lector al sol: La composición de la sal

No recuerdo quién fue el que dijo que a partir de cierto momento de nuestras vidas, tal vez cercanos a la vejez, dejamos de tomar decisiones y hacer elecciones y empezamos simplemente a vivir sus consecuencias.
No recuerdo quién lo dijo pero la idea siempre me pareció opresiva, claustrofóbica e incluso cruel, pensar que a partir de algún momento lo que nos queda por hacer es dedicarnos a sobrellevar las secuelas de los errores y los aciertos de la juventud y la primera madurez, imposibilitados de tomar acción alguna porque ya todas las acciones han sido tomadas, incapaces de movimiento porque los espacios han sido ya clausurados.
No recuerdo quién lo dijo pero creo encontrar algo de eso en los cuentos de La composición de la sal, el muy buen libro en el que Magela parece haber trabajado varios años. Pero cuando lo encuentro aquí lo hago de forma casi invertida, no tengo la misma sensación de opresión o de clausura, sino algo parecido a una tranquila aceptación, al entendimiento de que las pequeñas y grandes alegrías, y los pequeños y grandes daños, podrían ser todos producto de una voluntad no interesada en la retribución sino en el equilibrio, un equilibrio del orden de la naturaleza, por otra parte, capaz de tanta maravilla como de igual degradación y crueldad.
Las historias que componen el libro parecen estar habitadas por personajes que han llegado, feliz o infelizmente, en la juventud y en la vejez, precisamente a esta circunstancia, en la que lo que les queda es simplemente vivir las consecuencias de su pasado, hacer como que viven o dejarse llevar por una voluntad que sobrepasa la propia escritura y se concreta quizás de mejor forma en la figura desapegada y sistemática de la formación y degradación mineral. Pero llegan a estas circunstancias, y esto es importante, no como víctimas sino como seres conscientes de que en el mundo que les toca habitar la vida se define por los altibajos químicos de su propia sustancia, por la cadencia inestable de su composición.
Aquí no hay moralismos sino cotidianidad, escenas tiernas, equilibradas y a veces dolorosas que nos presentan el paisaje interior y el día a día de personajes que viven en ciudades como Santa Cruz, La Paz, Buenos Aires o Barcelona. Por ejemplo en “Gourmet”, el relato breve y excepcional de una pareja al borde del despeñamiento que es condenada y salvada en el espacio de una hora por la aparición circunstancial de la lluvia. O “Borrasca”, cuento en que una chica joven sostiene una batalla muda con su abuela, quien pretende conquistarla a través de la literatura, y quien menciona lo venenosas que “pueden ser las expectativas de la gente que te ama”. O como en “La cinta roja”, en que la historia de una violación y un linchamiento es pasada por los filtros del periodismo investigativo y la experiencia personal, y configura así, junto a la crueldad del azar y el vértigo de los ritos comunitarios, una de las piezas narrativas más complejas y poderosas del libro.
En ese último cuento, la narradora periodista, reflexionando sobre la escritura consigo misma, en un momento se pregunta: “¿Cómo describir sin aplanar con lo obtuso de un adjetivo?”. Creo que esa conciencia del poder de la adjetivación –y la sobreadjetivación que define y aplana a veces radicalmente las historias y es, lamentablemente, marca registrada de buena parte de nuestra narrativa– es la que funciona en la escritura de La composición de la sal como un instinto delicado, una conciencia de simpleza y plenitud que se traduce en una escritura limpia, nunca sobrecargada y muy capaz de ser compleja en su aparente llaneza.
Hay más. Una joven que durante la noche sueña o se transporta mirando por la ventana. Una niña pequeña que ante la perspectiva de la muerte se pone a compadecer dulcemente a su padre. Una migrante boliviana en Buenos Aires que anuncia que “es inevitable, hay que vivir con lo feo”. Otra narradora que recuerda cómo su hermano trataba duramente a su madre fallecida y dice cosas como que “la maldad puede ser infinitamente pura a los once años”. Un viejo que se ahoga en un mar de lágrimas sin sal y otro que junto a un reloj le regala a su nieto algo como un principio de esperanza en un contexto duro, como el de la vida minera, en el que casi no tiene cabida. Se trata de historias poco artificiosas que nos abren la puerta a elocuentes retazos de humanidad, contadas sin grandes aspavientos, que no se concentran en grandes sucesos o si lo hacen lo hacen de forma algo despojada pero siempre vívida. En todos los casos, y esta es quizás una posible clave de lectura, son tramas que nos develan la presencia de algo que late un poquito más allá de sus historias, como si unos segundos relatos, crudos, salvajes, se anunciaran bajo la piel lisa de los primeros.
En la lectura del libro son claros los aciertos verbales de su autora, su preocupación por la elegancia, su dosificada forma de equilibrar ritmo, trama y seducción. Es claro, también, desde los primeros cuentos, que Baudoin tiende al fragmento más que al sistema, que muestra una vocación de alejamiento de las construcciones masivas y privilegia en su lugar la búsqueda de algo más pequeño, si se quiere espiritual, algo como un destello o un grano de sal capaz de iluminar una habitación.
La afición mineral de la autora está presente en todo el libro y es evidente, por ejemplo, en la elección del título, la concreción de una voluntad de búsqueda y nostalgia por lo primordial, una obsesión por la sustancia de los comienzos que en los cuentos se expresa en forma de un incesante mecanismo de la memoria que parece querer recuperar, como dice Cioran a propósito de Roger Callois, “un misterio más lento, más vasto y más grave que esta especie pasajera”.
 Remontarse al principio de la historia de los personajes, como dije, es una tarea que los cuentos no se permiten y, presentando solo los finales o las instancias cercanas a cada final, se la sugiere al lector, quien queda a cargo de volver al principio de las edades, a la historia de las semillas, al estado mineral y puro de la sal que en los relatos llega casi disuelta, bruta o descompuesta en sus partes esenciales. De la misma forma, como obra de una mineralogista exaltada, el libro muestra verdadero júbilo cuando descubre en un nódulo salino notablemente ligero, además de un desierto de sodio, ruido líquido, agua oculta desde el inicio de los tiempos, agua que es vida y que propicia la disolución y la calma.
La búsqueda de los comienzos, del germen petrificado de una respuesta total, tal vez sea la búsqueda más importante que todas y todos emprendemos, aunque no sea más que a momentos, aunque no sea más que a solas, aunque implique un fracaso inevitable. De alguna forma, todos somos el producto relativamente fracasado de alguna inspiración mística. Y los cuentos de este libro, en su felicidad, en su crudeza, en su ternura, así nos lo muestran. Todos hemos experimentado nuestros límites y nuestras imposibilidades en el tedio de la rutina, a través de alguna experiencia extrema o en el lance de la escritura. Todos. Como Catalina, la niña de uno de los cuentos, que viendo el abismo literal y selvático que frente a ella le anuncia la muerte es capaz de entender algo más a su padre, pero de hacerlo solo a través de la lástima o la compasión. O como la pareja que llega a una ciudad nueva y cuya relación, silenciosamente dolorosa, depende exclusivamente del éxito de una cena. O como la periodista que trata de encontrar en la escritura una salida ante el sinsentido violento de la muerte. En todos estos casos hay entendimiento entre los personajes, hay aceptación, hay incluso un principio de iluminación, pero hay también, siempre, rupturas, el fracaso rotundo que es la normalidad, la indiferencia mineral del día a día de los hombres, la rutina petrificante de personajes vivos en la escritura.
 En un pequeño texto titulado “Hacia la desnudez”, Emile Cioran dice que “Todo vocablo equivale a un estigma, es un atentado contra la pureza. Ninguna palabra puede esperar otra cosa que su propia derrota”. Creo que algo de esta conciencia sobre el peso a veces insostenible de las palabras, sobre el hecho de que la pronunciación o inscripción de cada vocablo es una especie de atentado contra un orden silencioso que late detrás de la parafernalia de los sistemas lingüísticos, está presente en La composición de la sal, estos grandes catorce cuentos que componen el libro de Magela Baudoin. Como lectores, respetando también cada palabra y cada ausencia de palabras, y conscientes de la derrota y la victoria implícita que viene en cada una, es que debemos leerlos, creo, agradecidos.
Gracias.


* Escritor

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