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15 de julio de 2014 - Número 146

Óscar Cerruto inédito: “Escribí Aluvión de fuego porque estaba solo y me sobraba el tiempo”

Óscar Cerruto*

Transcribimos aquí una entrevista inédita a Óscar Cerruto, acaso –sólo junto a dos o tres más– uno de los escritores bolivianos esenciales del siglo XX (autor de los poemas reunidos en "Cántico traspasado", de los cuentos de "Cerco de penumbras" y de la novela "Aluvión de fuego"). Son seis hojas escritas a máquina, tamaño oficio, con anotaciones y correcciones en los márgenes, a mano, en lápiz. Las preguntas (de un periodista extranjero, suponemos) se perdieron. La entrevista es de 1974.
Óscar Cerruto inédito: “Escribí Aluvión de fuego  porque estaba solo y me sobraba el tiempo”

Mi familia
Hasta donde tengo noticias, mis bisabuelos paternos se llamaban Ignacio Durand Calahumana y Manuela Burgoa, por donde aparecemos emparentados con el Mariscal Andrés de Santa Cruz Calahumana, y mis abuelos eran José Claudio Cerruto y Concepción Durán, esta última de origen peruano. Eran gente de campo, pequeños terratenientes de Huarina, en el Altiplano boliviano. En una oportunidad en que, teniendo 20 años, viajé a Chile, tuve que recabar antes un certificado de salud. Los médicos del Consulado de Chile en La Paz eran un Dr. Adán Fernández, que había estudiado medicina en Santiago y la doctora Elisa Llantén, con la que estaba casado. Al enterarse Fernández de mi apellido, descubrió que éramos parientes y me mostró un cuadro genealógico de la familia. No se trataba de abolengos sino simplemente de antecesores y orígenes por la línea paterna. Nunca tuve preocupaciones genealógicas, y menos a los veinte años, así que no me interesé por tomar notas ni obtener una copia de ese cuadro del Dr. Fernández. Pasados muchos años, en los que yo viví fuera del país, el médico se había divorciado de su esposa y, amargado, se confinó en un rincón de los Yungas; hasta ahora no he podido saber dónde.
Poseo en cambio retratos de mis bisabuelos y mis abuelos maternos, dibujados a lápiz por mi madre, que cuelgan en grandes marcos de las paredes de la casa de una de mis hermanas. En su apariencia exterior, son personajes de Emily Brontë. William Collier, mi bisabuelo, casado con Margaret Conley, era dueño de una compañía de vapores en Liverpool, cuyo nombre ignoro. El hijo del mismo nombre vino a Chile para atender los intereses de su padre en ese país y allí conoció a Isabel Marín Dunstan, de La Serena, con quien contrajo matrimonio. Alguna vez reconocimos este vínculo familiar con [los escritores chilenos] Juan Marín y Vicente Huidobro, emparentado con los Marín. O lo reconocieron ellos.
Mi madre, Lelia Margaret Collier Marín, nació en Macclesfield, Inglaterra, y de vuelta con sus padres en Chile, a los 18 años, conoció a mi padre, Andrés Avelino Cerruto Durand, enviado a estudiar a Santiago pero que nunca terminó una carrera. Los recién casados se instalaron primero en Tacna, donde nació el primogénito, fallecido muy joven, y luego definitivamente en La Paz, donde nací yo. Mi padre pintaba, cantaba y tocaba el piano; mi padre era un hombre de negocios, pero con la desventaja de una moral severamente puritana: nunca hizo fortuna.
Un hermano mío es hombre de leyes; mis hermanas, casadas, viven para su hogar. Mi esposa se llama Marina Luna Orozco y tenemos dos hijos, Jorge, de 27 años, ingeniero electrónico, casado con alemana y radicado en Munich, y Madeleine, de 18 años, secretaria de la Gerencia del Banco Mercantil de La Paz.

Mi educación
Ingresé en el Colegio Nacional, que así se llamaba, siendo como era de enseñanza primaria, después de que mi madre me había enseñado a leer; los estudios secundarios los hice en el Colegio Ayacucho, y ni de uno ni de otro guardo buenos recuerdos. Los maestros que moldearon mi educación, si la moldearon de algún modo, carecían ellos mismos de una adecuada formación pedagógica; quizás lo que más hicieron fue forjar mi timidez, que tantos esfuerzos me costó dominar más tarde. En el tercer grado de primaria yo había dibujado espontáneamente un zapatero claveteando unos zapatos para ilustrar una composición en malos versos de un autor cuyo nombre se ha borrado de mi memoria [es del venezolano Elías Calixto Pompa]: “Trabaja, joven, sin cesar trabaja,/ la frente altiva que en sudor se moja /jamás ante otra frente se sonroja, etc.”. Indignado , el maestro, un señor Tejada Fariñas, que además era pintor, sin darme ninguna explicación me expulsó de la clase. Mucho después comprendí que no lo hizo porque el dibujo le pareciese malo (probablemente lo era) sino por la elección del personaje. Aspiraba este maestro a formar nuestro gusto estético, pero tenía puntos de vista muy personales, aunque en consonancia con la reservas sociales de la época, y así sostenía que la chola no podía ser llevada a la tela “porque no era un personaje estético”. Cuánto más debió haberlo molestado que yo eligiera para mi dibujo un zapatero. El resultado fue que nunca más sentí inclinación por el dibujo, si bien no creo que muriera entonces en mí un Picasso.

El encuentro con la literatura
Tendría yo unos diez años cuanto me sentí vivamente impresionado por el destino de un pobre perro desconocido que vi morir bajo las ruedas de un automóvil. Me sentí impulsado a trasmutar mis sentimientos en unos versos más bien grotescos que mi padre, cuando se los di a leer, juzgó una broma pesada. Por aquellos días, afortunadamente, llegaron de Londres mis tíos Albert y Lily Conley; alquilaron una hermosa casa en un barrio residencial y nos llevaron a vivir con ellos a mi hermana Elena y a mí. Como mi tío Albert venía con la misión de examinar la situación financiera de la empresa The Bolivia Railway Co. , tarea que le iba a tomar unos meses, habían estudiando con su esposa el español y, al pasar por España, donde se quedaron más de un mes para mejorar su conocimiento del idioma, adquirieron algunas buenas traducciones de literatura inglesa (Dickens a la cabeza) y unos pocos libros de autores españoles. Fue mi tía Lily quien me introdujo en la lectura del Quijote; y por ella conocí a Byron, a Shelley y también a Poe, a Heine y a Bécquer. Algunas noches mi tía nos relataba, a mi hermana y a mí, cuentos de autores ingleses que no estaban traducidos al español. Fue ella, sin duda alguna, quien despertó mi vocación por la literatura.
En cuanto a la elección misma de esta forma de expresión, lo que aconteció unos años más tarde, pienso que hubo una concurrencia de motivaciones. Yo había sido el niño débil, mi hermano el fuerte y el preferido, y tuve un padre en extremo severo, con la consecuencia de la falta de amigos que compartieran mi mundo íntimo. Me refugié en los libros, leía cuanto caía en mis manos y, después de la muerte de mi padre, hasta altas horas de la madrugada. Pronto descubrí que tenía facilidades para escribir, un instintivo dominio de la sintaxis, que ejercité redactando cartas destinadas a algunos compañeros de estudio y a algunas muchachas. Es decir, descubrí que poseía un instrumento de comunicación, una forma de salir de mí mismo, de expresar mis sentimientos. Tal vez por ello mismo los primeros versos que logré publicar no fueron versos de amor, como los de cualquier poeta adolescente, sino que estaban dedicados a una calle, “devalada del bullicio ciudadano”. El adjetivo “devalado”, inusual y pretencioso, indicaba ya mi preocupación por el idioma, y la calle, esa calle solitaria, era yo mismo queriendo “hacerse presente” ante el mundo.

Mis padres literarios

¿Cuáles son mis padres literarios, quiere usted decir? Por supuesto, uno proviene siempre de alguien. En mi caso, sin embargo, me costaría decidirlo. En poesía nunca fui rubeniano [Rubén Darío], ni un nerudiano [Pablo Neruda], ni un vallejiano [César Vallejo], ni un borgiano [Jorge Luis Borges], para citar a quienes más absorbente influencia han ejercido en el tono de la poesía latinoamericana de mi tiempo. Tampoco en mi prosa narrativa es visible ninguna procedencia. No lo menciono como una virtud, pues todos ellos, con Huidobro y algunos más, entre los americanos, son mis predilectos, los sigo leyendo, y me hubiera gustado escribir algo a la altura de lo que ellos produjeron. Releo con placer a Stendhal, a Sófocles (en las lastimosas malas traducciones que hay de sus siete tragedias), a Shakespeare, a Dostoievski, a Chejov, a Gogol; entran asimismo en mis lecturas Góngora, Lope, Quevedo, Baudelaire, Kafka, Joyce, Pound y, ciertamente, leo lo que en poesía, teatro y narrativa se produce contemporáneamente donde quiera que sea. Pienso que quien aspira a escribir (poesía o lo que fuera) debe tener una formación literaria y el escritor, quienquiera que sea, no puede dejar de mantenerse al tanto de lo que en literatura y estos órdenes de cosas sucede o se hace en el mundo.

La diplomacia y el periodismo
Seguí lo que (en mi país) puede llamarse una carrera diplomática, una carrera con tropezones y caídas a causa de los cambios políticos. Me inicié como auxiliar del consulado de Bolivia en Arica, no secretario sino auxiliar; el de secretario de consulado fue el segundo peldaño, con los correspondientes relapsos en la Cancillería, hasta llegar a Embajador en el Uruguay. No es la función diplomática, como a menudo se cree, la tarea más adecuada para un escritor. La diplomacia dispersa, y las obligaciones sociales, que son parte complementaria del oficio, apartan de su obra al artista, lo socavan. Creo que Saint-John Perse es un gran poeta a pesar de la diplomacia, como Verlaine y Poe fueron poetas a pesar del alcohol y otros lo han sido a pesar de las drogas. A mí me hizo mucho daño, quizá más que el periodismo, tarea que alterné con la diplomacia y que ejercí cada vez que un cambio de gobierno me arrojaba fuera del servicio. A mí la diplomacia no me favoreció, pero de algo tenía que vivir. Me favoreció menos que el periodismo. El periodismo daña si uno no puede salir de él, pero uno aprende, por otra parte, cierta soltura en el manejo de las palabras. El periodismo no da lenguaje, pero facilita su manejo.

Los viajes
Los viajes son la ventaja de los dos oficios que he mencionado, la diplomacia y el periodismo. Los viajes perfilan la visión del mundo y le muestran al escritor una perspectiva menos imprecisa de su propia realidad. Creo que los viajes nos enseñan a ser humildes.

Aluvión de fuego
Simplemente la escribí porque estaba solo y me sobraba tiempo. Me habían destinado al Consulado de Arica, donde no conocía a nadie; el cónsul y el secretario eran personas mayores para quienes un muchacho como yo no significaba nada; se limitaban a señalarme algunas tareas y luego me ignoraban. ¿Dónde iba ir yo, qué hacer, además de acodarme un rato frente al mar? Busqué una ocupación de algún aliento y me puse a escribir en la habitación del hotel, sin tener una visión precisa de lo que debía ser una novela. A ello hay que atribuir, principalmente, los defectos de los que adolece Aluvión de fuego, sobre todo en cuanto a estructura. Pero contiene, en cambio, algunas anticipaciones. Por de pronto, es una novela de masas, no un examen psicológico, en un tiempo en el que la novela americana se demoraba morosamente en el rastreo de las intimidades del personaje. Además, está el ingrediente del lirismo, el planteo social, el empleo de un lenguaje creativo. Adelanta lo que en cinematografía se ha llamado después “disolvencias”, vale decir que va dejando fuera del relato detalles, ligazones y aun facetas de personajes que la novela tradicional seguía laboriosa y linealmente a través de páginas de páginas; y, en fin, Mauricio, el personaje, es “el extranjero” antes de Camus, por culpa de una realidad alienante.

Sobre mis obsesiones

Puede ser que haya escritores con ideas-ejes y obsesiones, y con seguridad que los hay. Por mi parte, carezco de obsesiones y no creo en ellas como agentes de la pasión lúcida, la libertad esencial a la obra de creación del artista. Claro está que las pasiones son también una forma de fijación. Ahí tiene usted esa frase de Ezra Pound: “Solamente hay dos pasiones en el arte: el amor y el odio, con variaciones infinitas”. Si alguna pasión me domina, como escritor, es la de hacer lo que hago de la mejor manera posible. Creo que el arte es una búsqueda, no sólo de la forma, sino del todo en sí, pensamiento poético y ropaje de la expresión. El resultado es un organismo indivisible.

La música y el teatro
Cuando tenía doce o trece años quise hacerme violinista. Mi padre me compró un violín barato que yo recibí como si se tratara de un Stradivarius, pero el profesor que elegí resultó ser homosexual y todo terminó en un fracaso. He escrito también un par de obras de teatro, sin mucha fortuna, pues quienes las conocen piensan que son irrepresentables porque carecen de lenguaje teatral, lo que las reduce a la frustrada condición de “teatro para leer”. Los entendidos opinan que el teatro tiene que escribirse “sobre las tablas”, y en Bolivia sobra la madera pero todavía escasean las tablas.

Generaciones y grupos literarios
Cuando “se me reveló” la poesía, digamos a los 17 o 18 años, ya con un vaga conciencia de sus valores significantes y del empleo de la forma, que incluye al lenguaje, me encontré con la afirmación de un crítico boliviano de renombre que profetizaba la muerte de la poesía. Fue mi primer conato con uno de los representantes de “la generación perdida” boliviana, hombres entonces entre los 30 y 40 años que no dejaron ninguna obra si se exceptúa a Gregorio Reynolds, Octavio Campero Echazú y Primo Castillo. Le repliqué con un artículo que, tomando el título de Shelley, se empinaba bajo el rótulo de “Defensa de la poesía”. Debo reconocer que el sombrío vaticinio fue emitido en un momento en que la poesía (por lo menos en el ámbito local del crítico) se había congelado en fórmulas vacías, ecos del modernismo, con un lenguaje convencional hecho de imágenes trópicas, divorciado de un genuino sentimiento creador. De modo que hubo otros conatos, o más bien una lucha abierta que emprendí a lo largo de varios años, secundado por dos o tres poetas de mi generación, contra esa anquilosis de la expresión poética. La vanguardia puso en mis manos los instrumentos para restituir un ambiente de libertad creadora, imponer una renovación del lenguaje poético y buscar mis propias afirmaciones. Pero luego no he practicado el gregarismo literario; la poesía es una tarea de soledad.

Mi casa
La casa que ocupo es bastante amplia y satisfactoria si se considera que mis ambiciones, en este orden, no son extensibles. Se alza a 3.800 metros sobre el nivel del mar y tiene un jardín que yo mismo riego siempre que puedo. Vivo con mi esposa Marina Luna Orozco y con mi hija Madeleine, de 18 años. Hacemos una vida no precisamente burguesa pero sí relativamente tranquila en una ciudad a menudo intranquila. Con mis vecinos mantenemos una relación cortés, lo que aquí se llama “de sombrero” (aunque yo no use la expresión), es decir que no pasamos del saludo porque, realmente, no tenemos mucho en común. En cambio tengo buenos amigos: conversar con ellos puede ser una forma de desintoxicación. A veces nos vamos por unos días a los baños termales de Urmiri. Y leo cualquier cosa, desde luego toda la prensa, que con frecuencia suele ser más bien intoxicante. Leo sobre todo buenas novelas policiales. Y no le diré, hipócritamente, que con cualquier lectura “siempre se aprende algo”. Tengo simplemente el vicio de la lectura, lo que Duhmel llamaba “el vicio impune”. Estoy muy lejos de la imagen de un escritor “encuevado”; me gusta bailar y, de vez en cuando, tomarme unos tragos, pero nunca solo.

El oficio de la escritura
¿Métodos? No los tengo: ni me someto a un horario, ni llevo notas, ni espero a entrar en trance. Todo lo que necesito es aislamiento, una Royal portátil y una pequeña provisión de cigarrillos. Cuando escribo poesía, sí, me hace falta un lápiz y la necesidad de concentración es mayor y la soledad una condición indispensable; de ahí que la noche sea más propicia para alcanzar ese mundo privado. Corrijo mucho. El poema, al menos para mí, es una elaboración que no termina en la versión primera, que a veces suele ser apenas un esquema de la versión definitiva, que tampoco suele ser definitiva, porque en algunos casos sigo modificando lo que ya ha sido publicado (a menos que lo deseche en su integridad). Al fin y al cabo uno es dueño de su obra, y si el arte, y en particular la poesía, es una de las pocas aspiraciones a la perfección entre las realizaciones humanas, la búsqueda de esa perfección, el intento (quizá ilusorio) de alcanzarla, no puede sino ser inherente a las preocupaciones del artista. Además de muchas otras cosas, la poesía es un oficio, cuyo resultado es el poema, ese organismo verbal que le permite erguirse. Y si el poema es una entidad rítmica, que convoca palabras e imágenes, el esfuerzo del poeta de lograr esencialidad debe llevarlo a expurgar de su obra lo que Kafka llamaba “ruidos”, es decir, de todo aquello que al gastarse o empobrecerse perjudica el esplendor de la poesía.

[Transcripción de M. Souza].

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