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15 de agosto de 2014 - Número 147

Zavaleta inédito: Cuatro entrevistas

René Zavaleta Mercado*

René Zavaleta Mercado respondió a entrevistas y encuestas durante toda su vida. Perdidos en publicaciones periódicas de diverso tipo, muchos de esos diálogos son, casi, inéditos (i.e.: son textos que no fueron rescatados del sueño eterno de archivos y hemerotecas). En vísperas de la aparición, a fin de año, del tomo tercero y final de la Obra Completa de Zavaleta Mercado, transcribimos aquí cuatro de esas breves entrevistas/encuestas “inéditas”, correspondientes a cuatro momentos de su biografía intelectual y política. En principio, dos breves conversaciones sobre “el escritor y sus responsabilidades” que Fernando Díez de Medina publicó en su revista Nova (1962-1963); luego, el fragmento de una entrevista (conducida y publicada en inglés) de 1972 sobre los hechos de 1971 y la creación del MIR; y, finalmente, una larga respuesta, ya más analítica, a una encuesta del historiador Josep Barnadas sobre la Revolución de 1952 (a 30 años de su aniversario).
Zavaleta inédito: Cuatro entrevistas

El escritor y su responsabilidad [1962]
[Esta y la siguiente entrevista fueron realizadas por la revista Nova, dirigida por Fernando Díez de Medina].

¿Hay ascenso o descenso en la cultura boliviana a partir de 1952?
René Zavaleta Mercado: Hablar de ascenso o descenso, con relación a la cultura boliviana post-1952, es una simplificación, un anhelo de cuantificación. Las diferencias con los años anteriores a 1952 son más bien cualitativas: lo que hasta entonces se llamó cultura nacional fue una cultura de evasión, un complejo de formas de desarraigo. Desde 1952 se ha dado una suerte de restitución o renacimiento de lo que Vladimir Weidlé llama “cultura horizontal”, la de las formas colectivas, la del tiempo histórico, sin la cual ninguna cultura vertical es verdadera.

¿Debe o no intervenir en política activa el escritor?

R.Z.M. En principio, el escritor no tiene otra obligación que la de expresarse tal como es en sí mismo pero no por sí mismo. Detrás de cualquiera expresión está, empero, todo lo que el escritor es: uno nunca es solamente uno mismo sino que además es siempre existencias mayores, hechos genéricos. Cuando el escritor es él, es a la vez –porque esta dialéctica es propia de lo que es auténtico– su clase, su raza, su pueblo, su tiempo. Como la política es la expresión en la superestructura de la lucha de las clases, de hecho el escritor es un político cuando se expresa. Algunos creen en la profesionalización de la política pero en realidad la política nunca es pasiva: es la ciudad en acción, en cuanto se conduce. Lo único apolítico es la muerte.

¿Cuál es el punto apremiante de la problemática nacional?
R.Z.M. En Bolivia hay, sin duda, una pedagogía al servicio de la frustración. Una nacionalidad dramática no es forzosamente una nacionalidad destruida. Y, por el contrario, un cierto grado de acoso es saludable para que un pueblo mantenga su forma histórica, su “tempo”. Pero es cierto que el apremio de este país no es hallar una forma de su existencia sino defender su existencia misma. Tal vez podamos recordar a Kafka que dijo: “Estoy acosado, estoy elegido”.

Hablan los escritores: “En Bolivia no habido nunca crítica sistemática en ningún orden”.[1963]

Para usted, ¿cuándo empieza la historia de Bolivia?
René Zavaleta Mercado: Prefiero responder por la negativa: si la historia se refiere a la situación del hombre y de los hombres ante el transcurso del tiempo, es indudable que la historia de Bolivia no comienza con los españoles. Los hispanistas prefieren decir que no tenemos historia para no caer en la fórmula, visiblemente viciosa, de que la historia de Bolivia comienza con los españoles. La conquista es un enriquecimiento pero no la iniciación del ser histórico de Bolivia que no es, por eso, un país nuevo. Seguramente cuando se afirma que no tenemos historia se nos remite a un criterio subjetivista y a la larga hermético que piensa que no hay historia sino cuando los hombres tienen un sentimiento del tiempo. Si se me permite una traslación, considero que no hay posibilidad de una historia para sí sino allá dónde hay una historia en sí.

¿El escritor sudamericano más sobresaliente?

R.Z.M. Me parece difícil dar un nombre en términos tan excluyentes.

¿Los mejores libros bolivianos en el siglo XIX y en el siglo XX?
R.Z.M. Puedo mencionar tres: Últimos días coloniales en el Alto Perú de Gabriel René Moreno, La Prometheida de Franz Tamayo, que personalmente no me gusta, y Sangre de mestizos de Augusto Céspedes.

¿La misión del escritor en la sociedad moderna?
R.Z.M.: Es decisivo citar estas palabras de Pablo Picasso: “La pintura –dice– no ha sido hecha para adornar departamentos. Ella es un arma de guerra, para atacar y defenderse del enemigo”. En las semicolonias, y en especial en los países de signo frustráneo como Bolivia, tal cosa es todavía más flagrante: el escritor es una respuesta, es un arma de su país. Esta es una militancia. Un verdadero intelectual es un hombre libre, de manera eminente, pero eso no debe confundirse con el desarraigo. La desconexión respecto a los hechos de la realidad se llama alienación y no libertad. Por eso el intelectual, si es a la vez un hombre auténtico, escucha los llamados de su lugar y de su tiempo.

¿Moralidad, inmoralidad o amoralidad del artista?
R.Z.M. Yo no me planteo en esos términos los problemas de la creación en el artista. Supongo que el artista tiene que obedecer a su propio ser y ésta es una ética aparte que se resuelve de una manera completamente personal en sus encuentros con la moral común.

¿Hay crítica seria en nuestro país?
R.Z.M. En Bolivia no ha habido nunca crítica sistemática en ningún orden.

¿Influencia existencialista en nuestros intelectuales?
R.Z.M. Ha de haberla sin duda pero no conozco un caso específico.

¿El fenómeno definidor de la época histórica que atravesamos?
R.Z.M. Son, a mi juicio, por lo menos dos: la rebelión de las masas y la universalización de los hechos históricos por el capitalismo. Por el imperialismo, que es su última etapa, el mundo es por primera vez mundial.

¿A qué atribuye el marasmo intelectual en Sudamérica?
R.Z.M. Habría marasmo intelectual en América Latina si alguna vez hubiera habido un florecimiento. Existe una relativa pobreza intelectual que corresponde a su carácter de zona marginal del mundo. Sastre ha dicho que algunas veces la cultura es un problema de proteínas.­

¿Hubo cambio en la mentalidad nacional en los últimos diez años?
R.Z.M. Hay, por cierto, cambios históricos que se irán expresando cada vez más en lo que usted llama la mentalidad nacional. Pero si nos atuviéramos a algunos pruritos y desazones que circulan como por rutina, parecía que aquí no ha pasado nada.

Sobre la creación del MIR [1972]
Fragmento de una entrevista realizada en noviembre de 1972 y publicada por la revista del North American Council for Latin America (NACLA) en febrero de 1974. El texto, en inglés, lleva el título “Bolivia será socialista o nunca será un país moderno”. Traducimos y reproducimos un fragmento en el que Zavaleta explica su participación en la creación del MIR.
NACLA: ¿Nos podría decir algo sobre la formación del MIR boliviano [aquí el referente es el MIR chileno] y el papel que cumplió en la Asamble Popular durante el gobierno de Torres?­
René Zavaleta Mercado: El MIR fue creado en mayo de 1971, tres meses antes de la caída del gobierno de Torres. Era el resultado de una fusión del Grupo Espartaco, de la Democracia Cristiana Revolucionaria, un segmento del Partido Comunista (marxista-leninista), los marxistas independientes y de la facción marxista dentro del MNR, de la que era miembro.
Todos estos grupos estaban descontentos, algunos por su aislamiento (e.g. los del grupo Espartaco), otros porque ya no podían permanecer en sus partidos, pues éstos se habían desplazado hacia la derecha (e.g. los sectores de izquierda del MNR) y otro porque se habían radicalizado luego del movimiento guerrillero en Ñancahuazú (e.g. los demócrata-cristianos revolucionarios).
El MIR ni participó en el gobierno de Torres ni lo apoyó. Sin embargo, peleó el 21 de agosto de 1971 contra las fuerzas militares reaccionarias, pero lo hizo defendiendo la Asamblea Popular, no el gobierno de Torres. Desde el principio, sostuvimos que la Asamblea Popular era el legítimo gobierno de Bolivia, incluso si ello suponía aceptar la existencia del régimen de Torres.­
Pero no éramos lo suficientemente fuertes para influir en la Asamblea de manera decisiva. Básicamente, criticamos la escasa atención prestada por la Asamblea al problema de su propia defensa armada. Y los hechos del 21 de agosto [el Golpe de Banzer] probaron que la Asamblea había descuidado ese aspecto de su organización…
En Bolivia, la izquierda siempre tiende a exagerar la necesidad de una preparación militar o a descuidarla totalmente. El Ejército de Liberación Nacional, ELN, sufrió el primer error mientras que la Asamblea Popular, el segundo. […]
Esto [las deficiencias militares de la Asamblea] deriva de ciertas circunstancias históricas. El movimiento de masas en Bolivia siempre ha sido más vigoroso que aquellos partidos cuyos militantes provienen de esos mismos movimientos. Si bien es cierto que este rasgo ha promovido el espontaneísmo en la clase obrera, lo que pasó en la Asamblea deriva lógicamente de este defecto. El problema más serio de una Revolución en Bolivia continúa siendo la inexistencia o existencia sólo parcial de partidos obreros en el seno de los movimientos de masas que es, sin embargo, quizás el más avanzado en Latinoamérica.

A 30 años de la Revolución de Abril
A 30 años de la Revolución de 1952, la revista Historia Boliviana, dirigida por Josep Barnadas, solicitó de un grupo de casi 20 intelectuales sus respuestas a un breve cuestionario. Las preguntas eran las siguientes: 1. ¿Podría señalar los logros más importantes de la Revolución Nacional? 2.¿Podría señalar, asimismo, las omisiones o defectos más importantes de la Revolución Nacional? 3. ¿Considera que la Revolución Nacional es un ciclo cerrado ya en la historia boliviana? 4. ¿Cuáles serían, en su opinión, las dos obras publicadas que mejor han interpretado el fenómeno revolucionario, sus problemas y su desenlace, y dónde reside su valor?
René Zavaleta Mercado respondió con una carta dirigida a Barnadas:
 
México, 12 de agosto de 1982
Señor don
Joseph Barnadas
Cochabamba.

Estimado amigo Barnadas:
Prefiero contestar a la encuesta sobre los treinta años de abril en la forma de esta carta. No crea que no lo haya hecho antes por falta de interés. La verdad es que se han interpuesto obstáculos de otra naturaleza. Yo lo conozco a usted, por [su libro] Charcas, desde hace años y créame que sería la última persona a la que deje sin respuesta.
Lo de abril es un tema cautivante y doloroso. No se puede hablar sobre eso sin experimentar una gran inquietud. Ahora, precisamente, acabo de asistir a un seminario sobre memoria histórica. Sobre ello le diré que yo no conozco un caso de memoria histórica más patente que el de abril. La desintegración de la unidad del combate, la logística de masa, la transformación de la cantidad en calidad militar son, por cierto, recuerdos de la Guerra del Chaco donde en las únicas ocasiones en que se venció o se luchó con éxito fue en las que se practicó esa manera. Pero es algo que viene de muy atrás y pertenece a la lógica de la multitud boliviana. Esto en cuanto al acto revolucionario. Si a ello sumáramos la preparación campesina de la insurrección urbana, que es algo que sólo ahora se ha probado de un momento taxativo y la consecuencia casi de inmediato campesina de la insurrección (que fue en lo fundamental proletaria) veríamos que es allá mismo donde se gestaron grandes acontecimientos como la vinculación o bloque histórico entre los obreros y los campesinos en la crisis social de 1979. Se trata, por tanto, de un sentimiento “adquirido” en lo fundamental.
Lo que somos hoy, por eso, a favor o en contra, estaba ya inmerso o no revelado en los días aquellos. Es un verdadero momento constitutivo. Allá se funda no sólo el Estado del 52 sino también toda la sociedad civil del 52. El grado en que los actores mismos, sobre todos sus actores cupulares, tuvieran conciencia de ello es discutible e irrelevante en cualquier caso. Para algunas gentes podría ocurrir a su lado la batalla de las Termópilas sin que ellas se dieran cuenta.
Esto es lo que hizo abril. También deberíamos ver lo que no hizo. Por razones que son complicadas de explicar, fue a la vez un momento constitutivo limitado. La prolongación de una lucha y su alcance numérico es un dato decisivo en estos casos porque los hombres no renuncian a sus creencias sino ante acontecimientos poderosos. Aunque la participación de los campesinos y de las regiones en la gestación del acontecimiento fue interesante, no fue más que eso, al menos en el principio. No es lo mismo una mortandad del 20 o del 25% de la población como ocurrió en la guerra de los mambíes en Cuba o el 10% de la mortandad general de la Revolución Mexicana. Jacobina en todas sus formas, la Revolución Nacional tuvo sin embargo en Bolivia una suerte de superficialidad en cuanto al relevo ideológico o sea a la transformación de la ideología profunda del país.
¿Qué se quiere decir con ello? La “disponibilidad” de las masas fue quizá la más importante de toda la república, al menos desde la Guerra de los Quince Años. Es cierto que eso mismo, por las razones dichas (extensión del acontecimiento e intensidad del dato interpelatorio), no puede compararse a momentos constitutivos contemporáneos como los mencionados. Con todo, hubo una suerte de complemento a ese déficit estructural por dos días: primero, porque no se pudo proseguir la sustitución ideológica en la manera que es clásica, acentuándola con la inversión del excedente económico en mediaciones estatales, porque el excedente era escaso, no se demostró capacidad social de incrementarlo hacia dentro y se había angostado a causa de la propia transformación social. De otro lado, porque la ideología del MNR era más antipatiñista que antiimperialista y más interosquera que antiseñorial, plebeísta y democrática. Las masas a su turno, con lo cual hablamos sobre todo de la clase obrera, eran sindicalistas, espontaneístas e insurreccionalistas. En esas condiciones no había quien delineara los fundamentos de aquello que se llama la reforma intelectual y moral, que es lo único que habría podido convertir abril en una revolución definitiva del espíritu y la materia del país. La falta general o caso general de lo que Moreno llamaba el “sentido viril de la soberanía” hizo el resto en favor de los norteamericanos que son los amos hoy de Bolivia y de la propia Revolución Nacional.
Es posible afirmar que abril dio pábulo a que se expresaran todas las ideologías latentes en una formación no resuelta (gelatinosa), en lo cual la Revolución fue democrática; pero no encarnó en último término sino la ideología clásica del país más su nueva eficiencia, es decir, la del momento constitutivo de los señores, los segundones y los encomenderos. En realidad, toda la clase dominante niega abril o al menos trata de apoderarse de abril; se reconstruye en el seno de abril. Al final, incluso con la letra oligárquica: eso es Tolata, lo de los rodhesianos, etc., eso es lo que explica que al mismo tiempo que en 1978-80 se produce un auge de masas sólo comparable al del 52, sin embargo todas las alternativas políticas pertenecen al estatuto de lo señorial o al menos al de sus parientes pobres.
Por desgracia, las cosas se han revertido en esta manera y hoy día la superestructura política es más reaccionaria que en la década de los 40 en tanto que los aspirantes a reemplazar al MNR como mediación de la política no tienen ni siquiera la gracia plebeísta que aquel partido de los excombatientes tuvo en casi toda su historia. Bolivia, en suma, es hoy más señorial, católica e hispánica que nunca. Frente a eso, es cierto, existe una revuelta expectante, a la vez agónica y atónita. El resurrecto proyecto señorial y el movimiento popular parecen por el momento destinados a paralizarse sin cesar. Eso, no obstante, no puede durar demasiado tiempo. En el bando popular el principal problema sigue radicando en su incapacidad casi congénita de razonar en términos materiales (y no mitológicos) acerca del país y de su propio poder.
Reciba el más cordial saludo.

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