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15 de junio de 2014 - Número 145

La política monetaria: ¿Arte o ciencia oculta?

Juan Antonio Morales*

Reseña y comentario del libro "Economía monetaria" de Armando Méndez, que le permite de paso a Morales sugerir una evaluación la actual política monetaria estatal en Bolivia.
La política monetaria: ¿Arte o ciencia oculta?

El libro de Armando Méndez Morales Economía monetaria (IBCE, segunda edición 2013) constituye una contribución muy valiosa al acervo de publicaciones científicas del país, acervo que sigue siendo muy pequeño. Será ciertamente de utilidad para los estudiantes y los otros estudiosos de la economía.
La política monetaria, como nos dice Méndez, “se basa en la teoría monetaria”. Los resultados esperados de ella, con todos los márgenes de error que le son inherentes, tienen que ser consistentes con lo que predice la teoría. Méndez nos ofrece una soberbia revisión de la teoría monetaria y del estado del arte. Su libro, como todo buen libro, es una invitación al debate por la cantidad de interrogantes. No todos los temas que aborda Méndez pueden ser tratados en este comentario.
La política monetaria en un país de las características de Bolivia, con escaso desarrollo financiero, presenta particularidades que la distinguen de la de los países industrializados y aún de la de los países dichos de “economía emergente”. Además se le ha impuesto al Banco Central de Bolivia obligaciones que lo están llevando por caminos diferentes a los que siguen los otros bancos centrales de la región y del mundo. Más aún, la ley de servicios financieros, aprobada el año pasado, obstruye aún más los canales de transmisión de la política monetaria, que ya eran estrechos, lo que le hace perder eficacia y la confina a operaciones muy tradicionales, no dando oportunidad para innovaciones.

Poderoso caballero es don dinero
La principal y primordial función del dinero es de servir de medio de pago. La tecnología de los sistemas de pago, que ya tenía una historia de varios siglos, en el siglo pasado ha tenido transformaciones de gran alcance, que han producido ganancias muy substanciales de eficiencia para las economías. El sistema de bancos comerciales es una pieza clave del motor monetario y de su interacción fluida con el Banco Central depende, en gran parte, su buen funcionamiento.
El dinero es esencialmente una convención social y su utilidad viene de su aceptación general. Para que sea de aceptación general debe conservar su valor en el tiempo y para que eso suceda tiene que haber límites a su cantidad. Los topes a la oferta de dinero y a su tasa de crecimiento son un elemento central en la argumentación de Méndez (y de los otros monetaristas como él). Hay un gran consenso entre los economistas que la meta final de la política monetaria debe ser el control de la inflación.
Un tema importante de discusión es si el dinero puede tener efectos en la economía real. La evidencia parece ser concluyente: en el largo plazo, fuertes expansiones de dinero no tienen efectos reales positivos y sólo producen inflación. Tampoco lo tienen cuando se originan en desarreglos fiscales como nos la recuerda la alta inflación que sufrimos en la década de los años ochenta.
En el corto plazo empero la política monetaria puede tener efectos reales significativos. Más aún, la estrecha relación entre inflación y crecimiento monetario parece romperse en el corto plazo y, sobre todo, cuando la inflación ya ha sido baja por un tiempo. Todos los países industrializados y muchos países de economía emergente han abandonado las metas monetarias para controlar la inflación. Han ido a su control usando como instrumento principal la tasa de interés de corto plazo.

Desfile de modelos

El libro de Méndez consigna una gran cantidad de modelos, que para su mejor comprensión se ilustran con gráficos y, ocasionalmente, con fórmulas matemáticas. Se ha de valorar esta formalización.
Méndez nos ofrece un tratamiento formal de los dos grandes problemas de la política monetaria de casi todos los países de débil desarrollo institucional: 1) su subordinación a las necesidades de financiamiento del sector público; y 2) las expectativas de inflación y la credibilidad incompleta.
Hay la presunción de que en el país el principal canal de transmisión de la política monetaria es el del crédito. Para las pequeñas y medianas empresas que sólo tienen acceso al crédito bancario y a sus propios recursos para financiar tanto su capital de operaciones como sus inversiones, el que los bancos tengan más fondos prestables incrementa su demanda por bienes. Como hay una fuerte incidencia de las asimetrías de información entre banqueros y prestatarios, las posibilidades de acceso a créditos aumentan, más allá de lo que sucede con la tasa de interés, cuando hay expansión monetaria. Méndez modela indirectamente el canal del crédito al introducir el dinero (deflactado por los precios) en la curva de equilibrio del mercado de bienes, lo que es inusual.

Con un ojo hacia el mar y el otro hacia la montaña
Como es frecuente en países pequeños, muy dependientes de recursos naturales, la política cambiaria boliviana ha sido y es de tipo de cambio fijo. Esta política empero puede tener algún grado de flexibilidad como lo fue con el tipo de cambio fijo deslizante (“crawling peg”) empleada entre 1985 y el 2011. Desde noviembre 2011 el BCB abandonó esa política, aunque todavía está en el armario, del que la podría sacar. La política del tipo de cambio deslizante permitía que la tasa de inflación nacional fuera un poco más alta que la inflación internacional, sin perder competitividad. Tenía empero el defecto de aumentar la dolarización.
El tipo de cambio fijo, tal como se lo está aplicando, tiene méritos pero conlleva también grandes peligros. En la medida en que sea creíble, y lo es por el respaldo de los 14 mil millones de dólares de reservas internacionales, la inflación interna y las tasas de interés internas tenderán, en principio, hacia la inflación internacional y hacia las tasas internacionales de interés. Con tipo de cambio fijo, la política monetaria es también muy simple. De hecho, lo único que se tiene que hacer es controlar el crédito interno neto, lo que en la coyuntura interna querrá decir controlar el uso de los depósitos del sector público en el BCB y los encajes de los bancos. Se complementa estas políticas recogiendo dinero del público mediante operaciones sui géneris de mercado abierto.
Sin embargo, si la convergencia hacia la tasa de inflación internacional, medida en dólares, es demasiado lenta, por ejemplo por una política salarial inadecuada que eleva los costos de las empresas, se irá perdiendo competitividad. Si en el público se llega a la convicción de que se ha perdido competitividad y que lo único que está barato es el dólar, se activará la compra de divisas y se perderán reservas, al principio lentamente y a medida que vayan bajando, el proceso se acelerará. Por la experiencia histórica se sabe que los costos de las crisis cambiarias son muy elevados.
   La política de mirar con un ojo al punto fijo del tipo de cambio y con otro al crédito interno tiene pues límites. Tampoco deja mucho espacio para una política monetaria innovadora y las ganancias que ha producido la deseable bolivianización son meramente ilusorias.

* Economista

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