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8 de septiembre de 2014 - Número 148

Los Derechos de la Naturaleza o el derecho a la existencia (I)

Alberto Acosta*

Escrito como Prólogo al libro de Eduardo Gudynas, este texto concibe la Naturaleza con mayúscula porque propone un asunto mayúsculo, mucho más grande y trascendente de lo que nos habíamos acostumbrado a entender, al menos en la civilización occidental.
Los Derechos de la Naturaleza o el derecho a la existencia (I)

“Hoy predomina una ética ecológica, fundada en el deseo de sentirse parte del cosmos, en la apreciación de las relaciones de todo con todo para salvar el sufrimiento por la fractura, exclusión y separación del mundo”.

Enrique Leff; Saber ambiental, 2007.

Entender la Naturaleza con mayúscula es el llamado que nos hace Eduardo Gudynas para abordar un tema vital, que se posiciona cada vez más en el debate. No se trata simplemente de asumir la Naturaleza con mayúscula para denominarla como nombre propio y relievar así su importancia. Su visión va más allá. La Naturaleza con mayúscula propone un asunto mayúsculo, mucho más grande y trascendente de lo que nos habíamos acostumbrado a entender, al menos en la civilización occidental. Y en ese tenor Gudynas propone comprender también la Naturaleza desde otras lecturas y otras culturas, como es el caso de la existente desde el mundo de la Pacha Mama, en el que las personas integran la Naturaleza.

A partir del reconocimiento de que la Naturaleza no es infinita, que tiene límites y que estos límites están a punto de agotarse, si no lo han sido ya, Gudynas nos invita a ubicar el tema en su verdadera dimensión. 

Hacer honor a este esfuerzo de Eduardo Gudynas, con estas pocas líneas, es una tarea compleja. El reto lo asumo con enorme entusiasmo, procurando presentar las principales ideas fuerza del autor. Y en esa dirección he obviado poner las citas académicamente correctas de muchas de las reflexiones que haré, en su mayoría provenientes del mismo texto de Gudynas, con el fin de facilitar la lectura de este prólogo que espero sirva de estímulo para atraer a la mayor cantidad posible de lectores y lectoras.

El mundo del futuro visto desde un presente irrepetible

Desde los albores de la Humanidad el miedo a los impredecibles elementos de la Naturaleza estuvo presente en la vida de los seres humanos. Algunas culturas entendieron que, al formar parte de lo natural, debían tener respeto y buscar las formas más armónicas de convivencia entre todos los seres vivos. Muchas de esas culturas biocéntricas aún superviven en la actualidad. Son culturas que asumieron en la práctica, como algo normal, lo mayúsculo de la Naturaleza.

Pero en otras culturas, sobre todo en las que sostendrían el surgimiento y consolidación de la actual civilización, la capitalista, transformaron paulatinamente la ancestral y difícil lucha por sobrevivir en un desesperado y sistemático esfuerzo por dominar la Naturaleza. El ser humano de la modernidad, con sus formas de organización social antropocéntricas, se puso –figurativamente hablando– por fuera de la Naturaleza. Se llegó a definir la naturaleza, con minúscula, sin considerar a la humanidad, también con minúsculas, como parte integral de la misma. Y con esto quedó expedita la vía para someterla y manipularla. 

Frente a esta añeja visión de dominación y explotación, sostenida en el divorcio profundo de la sociedad humana y la Naturaleza, causante de crecientes problemas globales, han surgido varias voces de alerta. 

Gudynas viene sosteniendo desde hace muchos años, que la acumulación material –mecanicista e interminable de bienes–, asumida como progreso, no tiene futuro. Los límites de los estilos de vida sustentados en la visión ideológica del progreso antropocéntrico le preocupan. Si queremos que la capacidad de absorción y resilencia de la Tierra no colapse, debemos dejar de ver a los recursos naturales como una condición para el financiamiento económico. Y por cierto debemos aceptar que lo humano se realiza en comunidad, con y en función de otros seres vivos, como parte integrante de la Naturaleza.

Son ya muchos los expertos que han demostrado en particular las limitaciones del crecimiento económico. Gudynas sintetiza esta realidad en varios puntos inquietantes, entre los que destaca la creciente ola de extinciones masivas; así como la existencia de disfuncionalidades ecológicas a escala planetaria, tales como el cambio climático, alteraciones en los ciclos de fósforo y nitrógeno y la acidificación marina que han sobrepasado límites planetarios. Y es muy claro al señalar que esto implicaría riesgos de deterioros ecosistémicos que serían posiblemente irreversibles. 

Su lectura de estos temas tiene otras virtudes a resaltar. Él no simplemente recoge y analiza los informes globales sobre los problemas ambientales, sino que los lee críticamente desde una visión latinoamericana. En medio de la creciente vorágine ambiental, Gudynas demuestra que Nuestra América no está libre de sus devastadores impactos. Por el contrario este continente contribuye cada vez más a agravar la situación global, por ejemplo, con la creciente afectación al uso del suelo o la expansión cada vez más acelerada de la frontera extractivista.

Estos y otros problemas explican los severos impactos sobre la biodiversidad, nos dice Gudynas. No sorprende ya que muchos países latinoamericanos están entre los que exhiben los mayores números de especies en peligro. Muchas otras especies, en tanto son desconocidas para la ciencia, seguramente también están amenazadas, o incluso ya se han extinguido. Y él concluye con un mensaje que grafica lo mayúsculo del problema: Los cambios globales también golpean duramente en América Latina, tal como lo evidencia el número de eventos extremos (sequías o inundaciones), la reducción de glaciales andinos, o las afectaciones a los ciclos de lluvias. 

Del antropocentrismo al biocentrismo: un camino inevitable

A Gudynas, desde hace tiempo atrás, no se le escapa la necesidad de comprender las razones de esta situación. En sus análisis ha buscado estudiar los impactos que ocasiona la megaminería, la actividad petrolera, los procesos desordenados y masivos de urbanización, la ampliación de la frontera agrícola de corte extractivista, el uso perverso de organismos genéticamente modificados, entre otros focos de destrucción socioambiental. 

Su atención también ha localizado la reflexión en regiones específicas de esta América, como lo es en la Amazonia. Él, una persona nacida en un país más cerca de las pampas que de las selvas, se ha transformado en un profundo conocedor de la realidad amazónica. Cabría recordar los debates con Eduardo Gudynas para cristalizar la Iniciativa Yasuní-ITT en Ecuador, que contribuyeron a redefinirla al margen de los estrechos límites crematísticos, considerando lo que implicaba para dicha Iniciativa la aprobación constitucional de los Derechos de la Naturaleza. Y en su afán por comprender mejor el mundo, particularmente el nuestro, Gudynas se adentró también en las regiones andinas y de la cuenca del Pacífico, sin descuidar, en ningún momento, las cuestiones globales. 

De todo ello, con una envidiable capacidad de síntesis, sin perderse en los vericuetos ideológicos de corto plazo, Gudynas rompe lanzas en contra del antropocentrismo. Un sistema que impone una valoración que es extrínseca, y que solo puede ser otorgada por los humanos. Valores que, hay que decirlo, en la actual civilización dominante, la capitalista, se derivan, sobre todo, de las demandas del capital. Así, una planta, un animal, una cascada, los minerales, el petróleo o los bosques no poseen valores en sí mismos o propios, sino que sus atributos les son otorgados por las personas. 

Este es un punto crucial. El manejo utilitarista de la Naturaleza es uno de los componentes articuladores del modelo de desarrollo al que le es necesaria la apropiación de los recursos naturales, para sostener el crecimiento económico. Y este es otro de los elementos en disputa.

En la actualidad se multiplican los reclamos, sobre todo en los países industrializados, por una economía que propicie no solo el crecimiento estacionario, sino el decrecimiento. Y en el así llamado mundo subdesarrollado, un campo que ha sido analizado a profundidad por el autor de este libro, los límites del extractivismo reclaman respuestas coherentes. La idea de que el solo crecimiento propicia el desarrollo se debilita cada vez más, aunque no ha perdido su vigencia, inclusive en países con gobiernos que dicen tener una mayor sensibilidad con la Naturaleza.

En este terreno, los debates del Norte global y los del Sur global encuentran cada vez más puntos de contacto.

Hoy se reconoce ampliamente la necesidad de buscar soluciones ambientales vistas como una asignatura universal. Por un lado, los países empobrecidos y estructuralmente excluidos deberán buscar opciones de vida digna y sustentable, que no representen la reedición caricaturizada del estilo de vida occidental. Mientras que, por otro lado, los países desarrollados tendrán que incorporar criterios de suficiencia en sus sociedades antes que intentar sostener, a costa del resto de la Humanidad, la lógica de la eficiencia entendida como la acumulación material permanente. A la par, los países ricos deben asumir su corresponsabilidad para dar paso a una restauración global de los daños provocados, en otras palabras deben pagar su deuda ecológica.

La crisis provocada por la superación de los límites de la Naturaleza conlleva necesariamente a cuestionar la institucionalidad y la organización sociopolítica. No hacerlo amplificaría aún más las tendencias excluyentes y autoritarias, así como las desigualdades e inequidades tan propias del sistema capitalista.

Ante estos retos, aflora con fuerza la necesidad de repensar las verdaderas dimensiones de la sustentabilidad, que no pueden subordinarse a demandas antropocéntricas. Esta tarea requiere una nueva ética para organizar la vida misma. Se precisa reconocer que el desarrollo convencional nos conduce por un camino sin salida.Entendámoslo, los límites de la Naturaleza están siendo desbordados por los estilos de vida antropocéntricos, particularmente exacerbados por las demandas de acumulación del capital. 

Este esquema antropocéntrico propicia la destrucción sistémica. Como dice Eduardo, por un lado, la Naturaleza es fragmentada en componentes, los que son reconocidos como “recursos”, los recursos naturales. Por otro lado, la apropiación de esos “recursos” necesariamente exige poder controlar, manipular y poseer el ambiente, dentro del preponderante mandato humano de dominar la Naturaleza. Y así se defienden las posturas que permiten extraerlos, separarlos, traspasarlos, modificarlos. Bajo ese tipo de apropiación, la utilidad discurre por intereses que giran alrededor del beneficio y la rentabilidad. Inclusive se llega a la irracional pretensión de hablar de capital natural, dando la idea de que puede ser sustituido por capital financiero.

La tarea parece simple, pero es en extremo complicada. En lugar de mantener el divorcio entre la Naturaleza y el ser humano, hay que propiciar su reencuentro. Para lograr esta transformación civilizatoria, una de las tareas iniciales radica en la desmercantilización de la Naturaleza. Los objetivos económicos deben estar subordinados a las leyes de funcionamiento de los sistemas naturales, sin perder de vista el respeto a la dignidad humana procurando asegurar equitativamente la calidad en la vida de las personas. La economía debe echar abajo todo aquel andamiaje teórico que vació de materialidad la noción de producción y separó el razonamiento económico del mundo físico, es decir de la Naturaleza. Entonces, como recomienda José Manuel Naredo, es preciso superar la ruptura epistemológica que supuso desplazar la idea de sistema económico, con su carrusel de producción y crecimiento, al mero campo del valor.

Escribir ese cambio histórico es el mayor reto de la Humanidad si es que no se quiere poner en riesgo la existencia misma del ser humano sobre la tierra. Y eso solo se podrá hacer desde visiones biocéntricas, que entiendan lo comunitario en todos los ámbitos de la vida, lo que no representan negar las individualidades.


  • 1. * Economista ecuatoriano. Profesor e investigador de la FLACSO-Ecuador. Ex ministro de Energía y Minas. Ex presidente de la Asamblea­ Constituyente.
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