Suscríbete Hemeroteca

16 de mayo de 2014 - Número 144

Una historia del terrorismo

Carlos Antonio Carrasco*

Tamaña audacia la del francés Michaël Prazan: escribió en 523 páginas, editadas por Flamarion (2012), la historia del terrorismo (Une histoire du terrorisme). Este es un comentario y, sobre todo, un resumen de las contribuciones de Prazan (que, además de escritor, es un conocido documentalita filo-sionista)
Una historia del terrorismo

Porque el crimen político existió desde siempre y es, en parte, componente recurrente de la lucha por el poder. Entonces se explica que el autor se concrete al recuento de este fenómeno, a partir de la Segunda Guerra Mundial, sin detenerse en hechos más distantes como las acciones de los zelotas, los hassasins y los anarquistas. Prazan divide su historia así: los años de la liberación, los años de la pólvora y los años Jihad o sea la insurgencia islamista. En ella, relata en menudo detalle, los eventos más espectaculares que podrían encuadrarse dentro de una amplia definición de terrorismo que, supongo, es el uso sistemático del terror para coaccionar a las sociedades o los gobiernos en la adopción de determinados objetivos.
El común denominador de esas tres épocas, en todas las regiones del mundo, en que se hubiesen perpetrado los violentos hechos, es que los protagonistas que fueron estigmatizados como terroristas ayer, al acceder a puestos gubernamentales, se transforman hoy en personajes enteramente respetables. Otros, con menor suerte, purgan largas penas de cárcel, algunos fueron ahorcados o fusilados y los menos se acogieron a una jubilación sin mayores sobresaltos.
Prazan nos ofrece bien documentadas biografías de quienes ocuparon sus días y sus noches colocando bombas, secuestrando aviones, barcos o gente, destruyendo edificios y, en todo caso, sin merced alguna por las bajas civiles, cuyo mayor número aumenta la notoriedad de los perpetradores, pues sus acciones sólo persiguen captar los titulares de la prensa, exaltar sus hazañas y publicitar la causa de su combate.
Prazan juzga oportuno comenzar por referirse al IRGUN y la HAGANAH, cuyos esfuerzos, basados en el terror, culminaron con la instauración del Estado de Israel, una vez desalojada de ese espacio la tutoría británica. Terroristas como Menahem Begin o Yitzak Shamir devinieron gobernantes. Pero pronto Israel tuvo y tiene que lidiar con otras redes terroristas como HAMAS­ y el HEZBOLLAH, que, a su vez, aspiran también a fundar un estado propio: el palestino.
La guerra de Argel, librada contra el despiadado colonialismo francés en los 60, llena decenas de páginas en las que sobresale la carismática Zohra Drif, que a sus 19 años inició la contienda colocando una bomba en el Milk bar de Argel en 1962. Condenada a muerte, fue absuelta, y hoy es la vicepresidenta del Senado argelino.
El ejemplo más emblemático es el recorrido de Yasser Arafat que impulsó AL FATAH, desviando aviones y terminó entablando negociaciones con Israel, en la Casa Blanca. Ganó incluso el Premio Nobel de la Paz.
En el texto, frecuentemente se cita al psiquiatra martiniqués Frantz Fanon: considera su libro Los condenados de la Tierra la “biblia negra” de los comandos terroristas por su incitación a la violencia como la única vía hacia el cambio.
Algo que se deja en claro es que los terroristas son instrumentos de sus financiadores, generalmente los llamados “estados-paria”, objeto de cuidadoso escudriñamiento por parte de Washington y las potencias centrales. Esas células clandestinas no están nunca libres de manipulaciones en uno y otro sentido por parte de los respectivos servicios de inteligencia.
En ese nivel, la instauración del régimen teocrático en Irán, seguido en 1979 por la toma de la embajada americana en Teherán, implantó una red de aguerridos terroristas que operaban en países adversos a los ayatolás, tendencia que mantiene aún a ese país en la lista negra.
En los años sesenta, entidades tales como el SDS (Students for a Democratic Society) y los Black Panters en Estados Unidos mostraron su influencia en Alemania con otra SDS o la banda Baader Meinhoff y llegaron hasta el Japón en contactos con la fracción del Ejército Rojo.
Pero en este libro el concepto de terrorismo es tan elástico que Prazan incluye en él la acción guerrillera de Che Guevara en Cuba, de Carlos Mariguella en Brasil (uno de cuyos epígonos fue Dilma Rouseff, ahora presidenta de ese país), a los tupamaros del Uruguay (uno de ellos, José Mujica, es primer mandatario desde 2010).
Un capítulo cojitranco revisa la Operación Cóndor en el cono sur, sin revelación alguna. Tampoco está ausente el venezolano Illich Ramírez Sánchez, alias Carlos, a quien se acusa de, al final de su carrera, convertirse en veleidoso mercenario.
Como no podía ser de otra manera, la historia finaliza relatando pormenores de la caza y ejecución sumaria de Osama Bin Laden en Paquistán. Sorprenden los datos que consigna acerca de su pasantía como empresario en Sudán, junto a sus 4 mujeres y sus 17 hijos. Más aún, la bio-data sobre su lugarteniente, el egipcio Ayman al Zawahiri, revela pormenores poco conocidos.
Termina el libro con una tenebrosa alerta sobre Irán, a través de un comentario recogido en Gaza, de labios del Dr. Mahmoud al-Zahar, alto dirigente del HAMAS, quien francamente reconoce que si un día obtuvieran armas nucleares, sería para usarlas, no para retratarse con ellas.

*Carlos Antonio Carrasco es doctor en Ciencias Políticas.

comments powered by Disqus
Una publicación de: