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La mesura en la apreciación de la situación nacional

La mesura en la apreciación de la situación nacional

La mesura en la apreciación de la situación nacional

Con motivo del aniversario de la fundación de la República se han emitido diversas apreciaciones sobre la situación del país en general y de la economía en particular. En tal contexto, la referencia a la macroeconomía ha sido obligada, porque ese cuadro muestra indicadores y coeficientes muy sólidos, que difieren sustantivamente de la situación imperante en épocas pasadas. Pero nada de eso se ha logrado exclusivamente durante la gestión del presidente Morales. Lo cierto es que la circunstancia actual es el resultado combinado de una confluencia de factores externos e internos, algunos de los cuales extienden sus raíces a lo largo de varias décadas. Y si la gente percibe mejoras evidentes en su actual bienestar y en su mayor participación en la vida pública, eso debe atribuirse en justicia a una dinámica acumulativa de transformaciones ocurrida en el pasado.
Es evidente que han mejorado los indicadores sociales y que algunas antiguas carencias y privaciones han disminuido notoriamente. Los diversos bonos en efectivo y un acceso más extendido a varios servicios públicos han traído consigo una reducción importante de la pobreza. Y no se puede desconocer tampoco que han mejorado significativamente algunos servicios públicos, entre los que destaca a no dudar el de las telecomunicaciones, con sus repercusiones correspondientes en materia cultural. El comercio se ha ampliado considerablemente y ahora se dispone de una enorme cantidad de centros comerciales de nivel internacional, que no existían hace 20 años atrás.
Todas las encuestas señalan claramente que la población reconoce los cambios mencionados, y que sus expectativas son de un mayor bienestar aun en el futuro. Conviene por eso dejar constancia de algunas insuficiencias y limitaciones, que podrían comprometer la continuidad del presente auge económico. Por principio de cuentas, existen indicios suficientes que anticipan un agotamiento del ciclo internacional de altos precios de las materias primas, así como una contracción del crecimiento de la economía mundial.
En segundo lugar, un par de años de buen desempeño no bastan para reposicionar al país del último lugar en materia de ingreso por habitante y de desarrollo humano en América del Sur. Como las economías vecinas no se han estancado en las décadas pasadas, no han menguado las principales brechas económicas y sociales que nos separan de ellas. Baste recordar al respecto que el PIB por habitante de Chile sigue siendo más de siete veces el de Bolivia; el de Argentina más de cinco veces; el de Brasil más de cuatro veces y el de Perú más de tres veces.
Por otra parte, está admitido por las propias autoridades gubernamentales que se ha acentuado el modelo primario-exportador y que no se ha modificado la inserción internacional dependiente de los recursos naturales. Por lo tanto, la plataforma productiva después de la bonanza sigue siendo la misma que antes, y eso indica a las claras que el impulso de crecimiento derivado de la demanda interna no es suficiente para inducir cambios estructurales.
La economía de los recursos naturales ha sido impulsada por precios negociados en el pasado en el caso de los hidrocarburos, y por el auge de precios internacionales ocasionados por la demanda de China en el caso de los minerales. Ni en uno ni en otro sector se han realizado inversiones importantes en exploración para aumentar las reservas probadas de dichos recursos. En consecuencia, aún en el caso de que se mantuviera en el futuro un nivel elevado de precios internacionales, no habría capacidad productiva para aumentar significativamente los volúmenes de producción.
Otra preocupación deriva del hecho de que la distribución sin contraparte de recursos monetarios directos o de utensilios tecnológicos a la población, suele generar demandas y expectativas sin compromiso alguno de realizar mayores esfuerzos propios, lo que constituye una mala receta para elevar la productividad general.
Por último, si las propias autoridades reconocen ahora que podrían presentarse estrecheces fiscales en el futuro en la medida en que los gastos corrientes y de inversión están aumentando a una tasa superior a la de las recaudaciones, parece llegada la hora de flexibilizar el sistema de precios relativos, con miras a evitar correctivos traumáticos en el futuro.


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