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Temas de fondo: Representación e identidad

Si este número de Nueva Crónica fuera sometido a una lectura sintomática, deberíamos caer en cuenta, en principio, de todos aquellos temas coyunturales que parecen NO preocupar a nuestros colaboradores: la vacía farándula estatal del G77, las teatralidades y performances marítimo-judiciales, el deprimente fracaso del satélite Tupac Katari, la incapacidad programática y política de la oposición, etc. A sólo cuatro meses de las elecciones –y como al margen de su anecdotario de trivialidades– dos temas de fondo ocupan estas páginas: a) ¿cuál es la naturaleza del sistema de representaciones políticas (y culturales) desarrollado durante estos años “de cambio”; y, aún más importante, b) a quién o a quiénes representa ese nuevo sistema. En otras palabras: cómo estamos haciendo política y quiénes somos realmente.
Como lo prueban los varios textos en este número de Nueva Crónica dedicados al tema de la identidad, el cuestionamiento de los despliegues estratégicos y abiertamente intrumentales de la identidad es cada vez más frecuente. Es decir, se puede ya hablar de una denuncia, política, de los usos gubernamentales de lo identitario, usos que niegan o ocultan una realidad social más compleja, ambigua y dinámica que aquella de la simple afirmación, a cargo de intelectuales orgánicos, del “caracter indígena” de este o aquel proyecto hegemónico.  Lo que esto quiere decir, también, es que las reivindicaciones identitarias han empezado a ser consideradas en su dimensión retórica (o falaz). Bolivia, si es un país indígena, lo es de maneras muchos más complejas que las propuestas por la publicidad oficial. (Publicidad que no ha logrado disimular, por otra parte, políticas en definitiva anti-indígeneas. Ver, al respecto, el texto de Ayo).
Por otro lado, y en un momento en el que las formalidades de la democracia liberal son un recuerdo (pues hoy no hay ni siquiera la intención de preservar una separación de los órganos estatales, ya todos abiertamente supeditados al Ejecutivo), asistimos a la plena vigencia de una democracia de las corporaciones. Si los momentos del excedente (económico) son los momentos de la disponibilidad (para el cambio social), como quería el último Zavaleta Mercado (ver, aquí, el texto de Dunkerley), el generoso excedente del proceso de cambio –acaso el mayor en toda nuestra historia republicana– lo que ha producido es una democracia corporativa en la que, claro, aquellos al margen de las corporaciones habitan una suerte de nueva marginalidad política. (Ver, al respecto, la reseña de Molina sobre la investigación de Zegada y Komadina en torno a este tema).
Estos debates sobre la identidad y la representación, habría que recordarlo, se inscriben en un panorama económico en el que, al menos desde el Estado, no ha cambiado mucho. O en el que, en todo caso, sólo se intentan variaciones estatales del desarrollismo, variaciones que dejan en buena medida intacto el andamiaje neoliberal construido entre 1985 y 2006 (ver el texto de Talavera Simoni sobre impuestos y el de Morales sobre política monetaria).


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