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Mansilla, H. C. F.

Por qué coleccionar
fotografías u otras cosas

Ilustramos este número de Nueva Crónica con fotografías de una colección familiar heredada por el ensayista boliviano H.C.F. Mansilla. Buena parte de estas imágenes corresponden a un género hoy desaparecido: son “tarjetas de visita”, acaso la manera dominante de la difusión de la fotografía en la segunda mitad del siglo XIX. Entre ellas, una de las pocas imágenes fotográficas del presidente Manuel Isidoro Belzu, tomada seguramente poco antes de que cayera acribillado por Melgarejo y sus tropas en 1865.

La sociedad boliviana se percibe a sí misma como precaria y frustrada, pero esta visión, por más extendida que sea, no corresponde del todo a la realidad. La conciencia intelectual de la nación ha sido teñida de pesimismo por la historia trágica de sus guerras, el desempeño mediocre de sus clases dirigentes y las expectativas de desarrollo nunca satisfechas. La realidad, aunque no da pie a un optimismo radiante, es siempre más compleja y por ello abierta a pequeñas sorpresas. Por ejemplo: una mentalidad escéptica puede ser vigorosa y creativa. Combinamos nuestro talante pesimista con el anhelo de conservar lo que nos parece valioso, y así coleccionamos todo aquello que sirve para asegurar nuestra identidad grupal e individual.
Es de justicia recordar a determinados autores bolivianos que pusieron su grano de arena al magno empeño de construir la identidad nacional, autores que por avatares históricos han quedado al margen del reconocimiento público. Sobre ellos se ha extendido el cómodo manto del olvido y del silencio. Entre ellos se halla el novelista y político cochabambino Mariano Ricardo Terrazas (1833-1878), que militó en el Partido Rojo y fue agente diplomático en Europa. Pertenece a los escritores adscritos al romanticismo. Sus novelas, incluyendo su obra más lograda, Misterios del corazón, no han concitado el interés de sus compatriotas. En este contexto hay que llamar la atención sobre su crónica novelada El sitio de París, de la cual sólo existe una reducidísima edición del siglo XIX, de acceso casi imposible. Este libro, que describe escenas y problemas de la vida parisiense durante la guerra franco-prusiana (1870-1871) y el consiguiente sitio de la ciudad, nos ofrece una interesante perspectiva que hoy calificaríamos como un intento de comparación y evaluación de culturas. Menciono a Terrazas a causa de la originalidad de su perspectiva y la agudeza de sus observaciones y también porque él inició una modesta colección de fotografías, algunas de ellas de la primera mitad del siglo XIX, probablemente las más antiguas de Bolivia. Por vínculos familiares heredé de él esa curiosa colección, que fue ampliada, de modo fortuito, por la generación de mi abuelo paterno. De esta familia cochabambina tengo un recuerdo entrañable: eran católicos practicantes y conservadores, pero, simultáneamente, cultivaban un buen gusto memorable en la configuración de la vida cotidiana y en la elección de objetos que debían ser preservados de generación en generación. Las fotografías que hoy se publican muestran, a veces de manera indirecta, la calidad de la ejecución técnica y el amor por el detalle. Es decir: el designio de crear belleza, aunque sea de manera inconsciente. Son los esfuerzos consagrados a pervivir en el tiempo. Estos productos no quieren ser la travesura ocasional, la destreza en las relaciones públicas o un mero mensaje ideológico y, por lo tanto, constituyen la contraposición frente a las inclinaciones relativistas de nuestros días. El tiempo arruina casi todo, pero aun así queremos perdurar llevados por un ímpetu romántico. Por ello guardamos objetos preciosos como las fotografías que nos vinculan con nuestro propio pasado, pues, como dice Hannah Arendt, “al término de nuestra vida sabemos que sólo es verdad aquello a lo cual le pudimos conservar la lealtad hasta el final”.

H. C. F. Mansilla

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