Suscríbete Hemeroteca

15 de junio de 2014 - Número 145

A propósito del libro "Semblanzas": Un volcán llamado Filemón

Carlos D. Mesa Gisbert*

Filemón Escóbar cumple ochenta años el próximo 26 de octubre. Y llega a sus ochenta como a todos nos gustaría llegar a los nuestros: lúcido y batallando. Expresión acaso de esa batalladora lucidez es Semblanzas, un libro de retratos del que reproducimos aquí el prólogo de Carlos Mesa.
A propósito del libro

Este es un libro inusual. Las Semblanzas de Filemón Escóbar (a quien sus amigos conocemos como Filippo) no son solamente la rememoración de unas vidas y la proyección de la suya propia en personas que ha conocido a lo largo de tantos años. Se trata de una extraña y desafiante combinación entre la memoria, la historia y los fragmentos de vidas que son fragmentos de nuestra intensa Bolivia. Es un cúmulo de miradas críticas, de homenajes, de interpelación, de militancia; pero esencialmente es una propuesta de futuro.
Filippo es, por encima de todo, un militante de su país y de su pueblo. Militante por la experiencia desgarrada del trabajo obrero, por la fuerza de vendaval de los trabajadores organizados, fuerza de la que él mismo fue artífice y parte. Militante por su aprendizaje de la política en la radicalidad del trotskismo, por su inclaudicable compromiso con los mineros y su Federación, por su fe en que la Central Obrera podía ser un órgano de poder, por la lucidez con la que percibió los errores de una izquierda que parecía enamorada del suicidio político, por el descubrimiento de la vitalidad del movimiento cocalero, por su apuesta –para él, hoy una amargura– en un líder y su movimiento, que pudieron entender y no lo hicieron, lo que es la reciprocidad como principio esencial de la síntesis boliviana…
Quien conozca a Filippo sabe que se enfrenta a un volcán. La mirada penetrante, inquisidora hasta lo más hondo, la voz ­esculpida por el cigarrillo, el alcohol y la coca, que como un intérprete de ópera maneja los registros de la suavidad y del estallido. La erupción volcánica de Filemón Escóbar no tiene límites, se adivina cuando su cuerpo como una cuerda tensa del violín en su nota más aguda, está crispado. Se levanta del asiento como impulsado por una descarga, acerca su rostro al tuyo, a milímetros, hasta que su respiración se siente. Los ojos atropellan a los tuyos y un vozarrón de la entraña increpa, atropella, exclama, injuria, define, dice, expresa ideas vomitadas con la furia de quien cree que cada cosa que dice es la más importante del mundo.
Este libro, Semblanzas, transmite en palabras impresas ese espíritu. Filippo no tiene reglas ni las acepta como para guardar las formas de lo político o literariamente correcto. El volcán está a veces quieto (las menos) o expulsa humo desde su fumarola, o simplemente se quiebra y estalla.
¿Por qué en estas semblanzas están quienes están? ¿Por qué me incluye y, por si fuera poco, me pide que escriba el prólogo de este libro? Sobre lo primero poco tengo que decir, me honra como defensor de la democracia y me increpa como responsable del gobierno de Evo Morales. Por eso no escribiré lo que pienso de esos juicios, eso le toca al lector. Sobre lo segundo, porque es mi amigo y yo soy su amigo, es legítimo que un amigo prologue este libro.
¿Por qué Marcelino Jofré o Boris Yaksic? ¿Por qué José Mirtenbaum? Uno puede entender la trascendencia de Lechín, Lora, Marcelo, Pimentel y Federico Escóbar, Domitila u Oscar Salas. Creo que la razón se explica sola, está en el libro, marca un tránsito histórico que cubre casi un siglo y coloca en su lugar a personajes poco conocidos por el gran público. Pero hay razones muy profundas que justifican la inclusión de figuras menos conocidas.
Creo que para Filippo el corazón de Bolivia, el que late, el que bombea la vida, el que se desangra, el que le da la razón de la existencia a la nación, es la minería. El autor es hijo de esa entraña, la del socavón, la del rajo, la de la guía y la explosión, y el escarbar la piel esquiva de la Pachamama para vivir y morir siempre y al mismo tiempo.
Es desde el fondo del socavón, el de la injustamente olvidada novela de Óscar Dávila, en la lógica implacable y visionaria de los tres: Jofré, Yaksic y Dávila, que podemos entender las razones de la sinrazón de un camino seguido por la minería boliviana que no aprendió ni las lecciones técnicas, ni las económicas, ni las sociales, que no entendió el fundamento profundamente humano que era el imperativo para hacer de la minería lo que alguna vez estuvo a punto de ser para los bolivianos. Irónicamente, el viejo dirigente sindical, intachable en su vida política y sindical, apela a Roberto Querejazu, biógrafo de Simón Patiño, para destacar con amarga nostalgia lo que fue el complejo minero de la Patiño en el periodo que va de los años 20 a los años 40 del siglo pasado. El lector concluye, tras la lectura, que lo que Patiño hizo en ese tiempo fue mucho más y mejor en términos técnicos, de infraestructura y de condiciones para los mineros, que lo que nos contaron desde la política y de lo que podíamos sospechar. Esa infraestructura permitió a la COMIBOL seguir por unos años ofreciendo características que se terminaron desmoronando con el tiempo.
En estas semblanzas el libro es una apasionante historia de un momento estelar de la minería boliviana.
Juan Lechín y Guillermo Lora expresan como una moneda las dos caras de un mismo camino, la reflexión y la acción político-sindical. Filippo demuestra con mucha claridad por qué Lechín y el propio MNR impusieron su implacable pragmatismo en la conducción de la Federación de Mineros y la COB. La construcción obrera, la organización, la inflamada discusión de ideas, el lado brutal del poder minero y político, las masacres, la clandestinidad, la resistencia heroica, la reivindicación transformada en bandera político-partidaria; todo ello fue una acumulación de fuerzas contradictorias que cambió el curso de la historia.
Lora, en cambio, aparece en estas semblanzas como un intelectual de fuste; pero anclado en una idea obsesiva e inamovible –retardataria al fin–, incapaz de hacer una lectura correcta del momento de la historia, crítico incesante y desmesurado del MNR ante la evidencia incuestionable de su triunfo.
Filemón hace en estas páginas un profundo debate sobre las raíces de la tesis de Lora y su inspiración –para decir lo menos– en documentos de Trotsky. La Tesis de Pulacayo no es otra cosa, nos dice, que una adaptación del Programa de Transición de Trotsky. Escribe esto quien estuvo dentro, quien debatió las ideas y siguió por unos años a esta excepcional figura, una de las más relevantes del pensamiento político boliviano.
El toque irónico está en la veta de Lora que el autor destaca, la de crítico literario. Pero primero le hace un homenaje genuino, aprendió de Lora a tener paciencia para leer, interés por escribir e iniciativa para formar una biblioteca personal. En el jefe trotskista ve la crítica literaria desde la trinchera, desde el “imperativo” de que la literatura esté vinculada al cambio y a la revolución y, en consecuencia, es una crítica que descalifica a aquellos que proponen en su obra caminos que aherrojan a la sociedad. Escóbar tiene razón, en la más que abundante obra intelectual de Lora se podría hacer una selección de sus textos de crítica literaria o plástica (su ensayo sobre Alandia) y contaríamos con muy valioso material para entender una época. Los fragmentos escogidos abundan en la destreza de Lora. La pregunta de si hubiese sido mejor para el país un gran crítico literario que un político radical no tiene respuesta. Las cosas son lo que son.
Filippo repite obsesivamente en el libro, y tiene razón, que la izquierda no comprendió su papel en los momentos más dramáticos de la historia reciente. No entendió que la caída del MNR (Paz en 1964) traía consigo la imposición por largos 18 años de la dictadura militar más antiobrera que imaginarse pueda. No entendió que el proceso Ovando-Torres era una etapa progresista de transición que quedó brutalmente cortada por el golpe del 71. La Asamblea Popular, de la que el propio Filemón fue activo militante, desarrolló un discurso enajenado y ultra, prescindiendo de las condiciones objetivas de la realidad del momento. No entendió que el acoso cobista a la UDP y su presidente Hernán Siles era una forma de aliarse con la derecha para hacer luego posible el 21060 y el giro al liberalismo. La izquierda, dice, no quiere responsabilizarse de ese error histórico. Finalmente, digo más yo que él, no entendió que el proceso político inaugurado en 2003, rodeado y cercado por sectores radicales de izquierda al lado de sectores radicales de la derecha, imposibilitó la construcción de un camino a un nuevo pacto social en un contexto verdaderamente democrático y pluralista, que la Asamblea Constituyente de 2006-2007 no tuvo.
Marcelo Quiroga y Filemón. Su primer contacto sirvió para ayudar a salvar la vida de los guerrilleros de Teoponte, cuando Quiroga era ministro de Ovando. A partir de allí compartieron reflexiones sobre la radicalidad de una izquierda que miraba por encima del hombro el proceso Ovando-Torres. Filippo recuerda los orígenes burgueses de Marcelo, a la vez que la naturaleza genuina de su adscripción intelectual y ética con la izquierda.
Luego Marcelo convertido en mito, en referente ideal de una izquierda lúcida, como fundador del Partido Socialista a pesar de su origen. Y aquí el toque personal. Filippo lee la célebre novela de Cerruto Aluvión de fuego y encuentra una premonición en la muerte del personaje de la novela, es el anuncio del crimen en forma y fondo del líder socialista a manos de la dictadura de García Meza.
A esa altura de la narración, el lector se dará cuenta de que Escóbar va y viene, avanza y retrocede en los tiempos, los superpone, los mezcla, los personajes retratados le dan pie para recordar de nuevo hechos que parecían ya superados. No es un relato cronológico, sino un rompecabezas que cada perfil permite armar.
El de César Lora, hondamente humano, cambia el rumbo de esta obra. Es la vida del campo, la de la cotidianeidad, el recuerdo de ese hombre fuerte que puede doblar el cuello a los bueyes tomándolos de los cuernos. Son posibles las anécdotas, como la de las chirimoyas hirvientes. La amistad de dos jóvenes en la plenitud de sus vidas. Hasta que aparece la minería y la política. Otra ironía, César Lora aprende política con José Fellmann Velarde, no con su hermano Guillermo.
Aparece entonces la saga de los grandes dirigentes mineros del siglo XX boliviano: César Lora, Isaac Camacho, Federico Escóbar e Irineo Pimentel. Más de una década espléndida para la construcción ideológica y la acción político-sindical: 1955-1967. Desde el último año del primer gobierno revolucionario a los primeros años del gobierno del llamado “Sistema de mayo” por las acciones del barrientismo contra los mineros. La muerte surge compañera, la muerte previsible, la muerte por la debilidad organizativa de un partido (el POR), por el error de cálculo sobre el enemigo, la muerte tras tres meses de escabullirse del poder militar. Asesinan a César Lora. Escóbar recuerda la página empapada en sangre de la minería boliviana en el gobierno de René Barrientos. Tras la masacre de San Juan en 1967, es asesinado Isaac Camacho. Las vidas de Camacho, de Irineo Pimentel y Federico Escóbar marcan una saga, una mirada de país, una utopía, una idea profunda sobre lo que debía ser una revolución en un camino poco emparentado con el 52. Escóbar y Pimentel, a diferencia de Lora y Camacho, mueren víctimas de accidente y enfermedad.
La historia une luego a Simón Reyes y Filemón Escóbar. Después de intensas vidas paralelas como dirigentes desde vértices distintos –Reyes en el PCB– los une la marcha por la vida. Duro episodio de dos hombres que tuvieron la tarea de evitar una hecatombe sangrienta, cuando en 1986 miles y miles de mineros detenidos por el Ejército en Calamarca intentaban llegar a toda costa a La Paz para defender su fuente de trabajo. Ambos deciden parar la marcha y retornar a las minas. No fue una rendición, fue un acto de serenidad y sensatez que salvó a miles de compañeros del riesgo de morir, que evitó un enfrentamiento ante un hecho que –entonces– no tenía vuelta atrás, el fin de un ciclo de la minería y de la vida de la Corporación Minera de Bolivia (COMIBOL).
El autor escoge con justicia a Domitila, la mujer minera, mucho más que la protagonista de la famosa huelga de hambre del 77 contra la dictadura. Mujer con mayúsculas, pertinaz en su lucha de años y años por los derechos de los mineros y sus familias, y por las mujeres que dejaron con Domitila de ser un apéndice de cara a la sociedad, que en realidad nunca fueron; pero que nadie reconocía.
Tras la debacle del 86 y la marcha por la vida, tras el liderazgo de Óscar Salas –actor y víctima de un final más bien triste de una historia obrera– se produce el giro en la vida de Filippo y en la del movimiento popular.
Curiosamente, es José Mirtenbaum –un intelectual y académico– quien será la llave que gire el relato y explique el porqué de estas semblanzas cuya meta final es un gran cuestionamiento al gobierno de Evo Morales, a cómo fue estructurado el Estado Plurinacional y a lo que el autor considera la destrucción de una opción histórica.
El relato sobre la organización de la marcha por el Territorio y la Dignidad (1990) subraya el rol de Mirtenbaum en la formulación de algunas de sus ideas. Filemón destaca también que la fuerte ligazón filosófica que hoy tiene con la hoja de coca, el estudio de la Ley 1008 para usarla como un instrumento en favor de los cocaleros, la ideología de la reciprocidad, tuvo mucho ver con Josy, como llamaban cariñosamente a José…es un nuevo aprendizaje para Filippo. Como con César Lora, Filemón se rinde con Josy a la mirada humana, la de la amistad, la de la persona más allá de las virtudes intelectuales o la lucidez política. Habla con sentimiento del amigo muerto de un infarto, el amigo que es padre, que es esposo, que ayudó a Filippo a entrar en un nuevo mundo.
El libro se cierra con un alegato, el de un hombre con mucha rabia, alguien que llega desde los días en que florecieron los hombres valientes, a estos otros días de hombres apoltronados en el poder. “Para quiénes creamos el MAS” –repite tantas veces–, “lo que estamos viendo es la expropiación de una idea”. La vieja izquierda –cree– capturó un proyecto que tenía otro destino.
Filippo abrazó hace ya varios años la idea de la reciprocidad, la de la complementariedad entre opuestos, la de que se puede y debe objetar la existencia de un Estado nacional consolidado, la de las varias naciones (Ovando Sanz), adscribiéndose a la tesis india de Fausto Reynaga y los conceptos de Javier Medina, idea que intelectuales e historiadores posteriores definieron también como una dualidad. Para Reynaga, España y el Tahuantinsuyo, para varios investigadores contemporáneos la “República de Españoles y la República de Indios”. Sólo sobreviviremos si construimos una totalidad, insiste obsesivamente Escóbar, en la que ambos opuestos –en la lectura de Filemón, como proponía Zárate Willka– seremos capaces de encontrar el punto de articulación entre ambos.
Ese no es el camino de Morales, insiste Filemón, que ha apostado por la división, por la artificialidad de un Estado Plurinacional que ni fue Estado-nación, ni es ni fue plurinacional. Y aquí estalla la pasión inconmensurable del autor. Dará hasta su último aliento, no sólo para derrotar democráticamente al presidente Morales y su visión, sino para construir la utopía de la Bolivia en la que él cree, una Bolivia que está plasmada en la concepción de que la unión de dos grandes civilizaciones, por brutal que haya sido su choque en el pasado, posibilitará una mirada y una acción intercivilizatoria que logrará, por fin, el encuentro o el reencuentro del país consigo mismo.

* Ex Presidente de Bolivia.

comments powered by Disqus
Una publicación de: