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15 de junio de 2014 - Número 145

Hacia una política postliberal

Fernando L. Garcia Yapur*

García Yapur resume en estas líneas la propuesta del teórico paraguayo Benjamin Arditi: la de una manera de política que llama “viral” (en contraste con las formas partidarias o corporativas). La idea de Arditi le debe mucho o todo, claro, a la ya antigua de lo “rizomático” del filósofo Giles Deleuze (y que contraponía a las lógicas arborescentes “tradicionales”). Acaso se prueba así una vez más que Deleuze, más que un caja de herramientas conceptuales, nos legó un repertorio de metáforas.
Hacia una política postliberal

Benjamin Arditi, profesor de teoría política de la UNAM, México, estuvo en Bolivia para entablar diálogos con distintos actores del espacio público y político. Y, en esos diálogos, se ocupó del despliegue de un nuevo formato de “darse de la política” que, como aclaró, no suple a los existentes o bien reconocidos: los formatos político-partidarios y político-corporativos. La nueva forma es la “política viral” en referencia a la ruptura de las estructuras arborescentes que caracterizan a las dinámicas convencionales de “darse de la política” que se despliegan a través de las estructuras partidarias y sindicales. Este nuevo formato, el viral, explica muchas de las emergencias políticas de la sociedad civil ocurridas en la última década en distintos lugares del globo, canaliza una forma de protesta y agitación ciudadana sin un centro o raíz y que llegó para quedarse, contaminando la dinámica de la política en general. En ese sentido, la política viral es un aditamento suplementario que complejiza el campo de lo político.

Política postliberal
En el libro La política en los bordes del liberalismo. Diferencia, populismo, revolución, emancipación, Arditi, recurriendo a las formulaciones teóricas de Bernard Manin y Philippe Shmitter entre otros, sostiene que en el campo de la interacción política han operado un conjunto de mutaciones para dar lugar al actual desemboque postliberal de la política. El “post” no implica una superación y abandono de lo liberal; en todo caso, es la incorporación de “algo” que no estaba previsto o bien delimitado por el formato liberal. Las mutaciones acaecidas tienen que ver con la incidencia que ha ido adquiriendo la expansión del espacio público a finales del siglo XX con el desarrollo de sus recursos tecnológicos en la ampliación y descentralización de la construcción de opinión pública y política; y, también, con la identificación de un continuo desborde de los esquemas de gobernabilidad por parte de actores que se resisten a ser cuantificados, sustantivados o encasillados. La política y el gobierno representativo (liberal) enfrentan el gran desafío de rendir cuenta de su eficacia funcional en un escenario donde las fronteras de lo público y privado y, de lo institucional y no institucional, se relajan, dejando una plataforma en la que nada está totalmente establecido ni definido. En ese sentido, más que una crisis de la representación política (muy en boga en la literatura académica de ciencia política) lo que acontece son procesos que adicionan y complejizan los asuntos de la representación, la intermediación y el activismo político.

Mutaciones de la representación política
Como se sabe, el formato liberal de la política vigente a lo largo del siglo XIX y parte del XX tuvo y tiene que ver con un sistema de representación donde la centralidad de lo político descansa en la dinámica electoral: la ciudadanía primaria de “un voto un ciudadano”, la competencia partidaria y la representación territorial. Un síntoma de acaecimiento post-liberal fue la presencia de las organizaciones de la sociedad civil como los sindicatos, los grupos de presión, movimientos sociales y ciudadanos, en las dinámicas políticas; ellos, en los hechos, puenteaban a las estructuras de representación formalmente establecidas: el sistema de partidos. En ese sentido, además del formato liberal de la política se adicionan los formatos “neo-corporativos”, “semipúblicos” como “otros” mecanismos de intercambio político que canalizan pulsiones de la sociedad civil organizada; construyendo, así, en palabras de Arditi: “el espacio político de las asociaciones”.
Fue también a lo largo de este periodo que ocurrieron mutaciones en la dinámica de la democracia en su componente deliberativo por la fuerte incidencia que adquirieron los medios masivos de comunicación en la ampliación del espacio público y la democratización social en y para la pluralización de la información. En este campo operaron dos procesos que a la larga traerían consecuencias irreversibles para la deliberación pública y el desempeño político: por una parte, la expansión de los mass media permitió una vasta e incesante proliferación de posiciones, visiones, estilos de vida, expectativas, demandas, etc. relajando las certezas y las estructuras rígidas de lo público y privado. Por otra, el decaimiento de los registros normativos de la política devaluó su grandilocuencia de “asunto serio”, de “profesionales de la política” y de las estructuras político-partidarias, para adquirir una fisonomía banal y simple: la dramatización mediática de la personalización de la política en las figuras de los líderes.

Democracia de audiencia y populismo
En ese sentido, la democracia del presente siglo es en parte una democracia de audiencia; por ejemplo, como sostiene Margaret Canovan, el populismo, a partir de estas mutaciones, es una “forma de darse de la política” que acompaña a la política liberal. A diferencia del pasado, en las actuales condiciones, el populismo es un resultado de la metamorfosis de la representación política ocasionada por la incidencia y mayor centralidad de los medios de comunicación y, de la audiencia pública de la sociedad de masas. En este contexto, según Arditi, el populismo tiene tres facetas que cabría diferenciarlas para tratarlas con mayor rigor y, así, evitar equívocos en torno a la vaguedad de la noción.
Una de ellas, siguiendo a Manin, es la de considerarla una “sombra” de la democracia liberal, puesto que se mueve sobre la posibilidad de la continua escenificación mediática y simbólica que caracteriza al formato general de “darse de la política” en los últimos tiempos; por ello, el populismo es un compañero inevitable de ruta.
La otra faceta es la que expresa la cara “redentora” de la política democrática. Según Canovan: “un fantasma que anuncia la redención”. La extensión e incidencia de los mass media, como la incorporación masiva de actores al campo de la política, ocasiona que los referentes de sentido de los distintos órdenes de la sociedad sean flotantes; en ese contexto, el populismo es un dispositivo veraz de activación de las dimensiones escandalosas y/o conflictivas de la democracia. A través de él se pone en juego y en nueva cuenta el campo de las relaciones, estructuras e intercambios políticos y sociales; es una forma que subvierte las estructuras anquilosadas o rígidas de la institucionalidad democrática para reinventarla. Esta faceta, la de actuar desde la “periferia interna” o desde los márgenes, retomando a Ernesto Laclau, es casi siempre de cariz nacional-popular ya que permite la articulación equivalencial de demandas y de movimientos sociales que ocasionan la renovación y la reinvención del orden establecido. Por ello, representa la presencia de un actor incómodo, “un borracho”, que se introdujo en la fiesta sin ser invitado y, además, se ocupa en ella de romper la compostura y desordenar lo establecido.
Finalmente una tercera faceta es la que Arditi denomina el rostro “ominoso” del populismo. No sólo es una “sombra” y un “fantasma” que merodea o acompaña a la política liberal, sino pudiera ser un “espectro” que anuncia el reverso de ella: el autoritarismo. El rostro ominoso aparece cuando el orden y la crisis de los referentes de sentido, el relajamiento de la institucionalidad, logra tal extensión e intensidad de sus efectos expansivos que inmediatamente emerge, en el seno de la sociedad, la demanda colectiva de instaurar un orden. También, cuando el fervor de la movilización popular permite que la política sea centralizada y monopolizada por uno: el líder y su gobierno y, así, gira en función a ese uno. El populismo en su faceta ominosa pretende ser una síntesis condensada de la política, “del proceso de cambio” y de la sociedad.

Agitación y emancipación
Siguiendo a Michael Foucault para quien gobernar es “definir el campo de acción del otro”, esto es, la facultad del poder para encasillar y establecer los contornos del campo político; las posibilidades de la acción política desde los sujetos dominados giran en torno a la capacidad de resistir, subvertir y dislocar. En ese sentido, la voluntad de los distintos sujetos a no ser cooptados, nombrados u ordenados por el poder rompe con el esquema convencional de la política como una decisión jerárquica y coactiva con efectos vinculantes.
Aparece el reverso: la política como acción (contingente y evanescente) que subvierte el campo de lo establecido. Arditi para dar cuenta de esta noción de política insurgente recurre a la idea propuesta por Jacques Rancière de sintonía entre democracia y política. Este filósofo francés establece que la política es la capacidad de (re)nombrar o de poner en litigio el orden establecido, una cualidad antiquísima de la política para colocar en movimiento la relación de las partes; puesto que, según sostiene, no existe, nunca existió, ni existirá, un orden pleno sin desacuerdo o sin conflicto. Entonces la política no es el orden policial (el orden institucional establecido, el denominado campo de acción estable y continuo); es, en todo caso, la presencia de los que no tienen nombre o parte en el escenario de lo visible, poniendo en nueva cuenta la relación de las partes. A ello denomina política de emancipación o proceso de subjetivación política en el que opera la emergencia contingente de los sujetos y, con ello, la puesta en lid de diferendos que replantean el orden democrático.
La política es democracia en la medida en que los que no tienen parte (por “x” o “y” razón), apelando a la relación de igualdad, ponen en relación polémica la distribución de las partes: el orden establecido. En otras palabras, es una forma de agitación sin un final feliz o telos preestablecido que en su efecto inmediato escenifica, visibiliza y replantea el tratamiento de un daño, una escisión, un quiebre, un exceso, una diferencia. La política, siguiendo a Rancière, es el desacuerdo: una puesta en escena de “n” asuntos y temas; por ello, la emancipación ya no es la vieja idea fundamental de “la toma del poder” y el “fin de la historia”, sino, una que siempre está en curso: el continuo subvertir rizomático de la “policía” u orden establecido. Este es el formato de la política viral.

* Politólogo.

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