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15 de agosto de 2014 - Número 147

Las Semblanzas de Filemón

Carlos Crespo Flores*

"Semblanzas" representa el alejamiento de la llamada izquierda tradicional, de la cual él ha sido parte. Pero también su declaración de fe por la filosofía del “Vivir Bien”, expresada en conceptos como la “economía de la reciprocidad”, o la “complementariedad de opuestos” (pp. 302). Estos conceptos no quedan claros en el libro, pero podemos obtener una idea respecto al segundo de ellos cuando el autor hace referencia a China […].
Las Semblanzas de Filemón

Los que hemos participado en alguna de las t’ojpas que Filemón Escobar ha organizado o promovido, conocemos varios de los argumentos, anécdotas e imágenes defendidas y descritas en su último libro Semblanzas. El texto es una colección de brochazos e impresiones de personajes de la política boliviana, particularmente sindicalistas mineros, políticos e intelectuales que, en realidad, constituyen una excusa para analizar el proceso Evo Morales. El libro es un ajuste de cuentas con su pasado como fundador del IP-MAS.
Al mismo tiempo, Semblanzas es una fuente de información valiosa para futuras investigaciones sobre la cultura política minera y sindical post 52’, la vida cotidiana en las minas y los procesos sociopolíticos post 52, en general. Descripciones del interior mina, las jerarquías en el trabajo del socavón, la sirena, nos llevan al agreste paisaje minero de Siglo XX, Catavi, Huanuni.
Un elemento común a las diversas semblanzas presentadas en el libro es la reivindicación de la ética en la política y la vida sindical pre y post 52’: la dirigencia como servicio al otro, a la base, al elector, era un principio orientador de la actividad de estos personajes. Filemón recuerda a dirigentes mineros como César Lora e Isaac Camacho no solo como grandes dirigentes sino como personas que cumplían con responsabilidad sus actividades laborales, constituyéndose, en algún caso, en un ejemplo para el resto de compañeros. Estos valores y prácticas están hoy venidas a menos en el movimiento sindical. Parte constitutiva de esta ética es la independencia del movimiento sindical, que es defendida por Filipo en un tiempo en que la COB ha sido cooptada por el gobierno de Evo Morales y del instrumento político (p. 259).
Filemón, como a lo largo de toda su vida política, sigue creyendo que los cambios sociales y políticos dependen de contar con un aparato, de la capacidad de los militantes de incidir en los eventos políticos y sindicales, en los documentos políticos, de introducir un cuadro en la dirección de la FSTMB o la COB, en suma cambios elitistas, de arriba abajo. Este ha sido un rasgo característico de la práctica política de la izquierda boliviana. Es este otro elemento que conecta a las historias retratadas.
El libro, al ser un recuento del periodo post 52, me ha permitido brindar evidencias de una proposición que sostengo: “el gobierno de Evo Morales está cumpliendo o aplicando la agenda histórica de la izquierda boliviana, y Filemón Escobar, así como los personajes retratados, forman parte de ella: “una izquierda que viene de la senda del stalinismo hoy encaramado a la Revolución Cubana y de las posiciones del trotskismo a nombre del Lorismo” (80).
El MAS en el gobierno ha unido a la izquierda boliviana; ex maoístas, comunistas soviéticos, trotskistas, socialistas, guevaristas, izquierda nacional, en fin… La fauna diversa de la izquierda boliviana está con el “proceso de cambio”, como evidencia la exclamación de Ramón Rocha Monroy: “A ellos y a todo el Estado Plurinacional les digo: A cerrar filas. A defender este proceso de cambio. Basta de vacilaciones”. Hoy la izquierda está con Evo, no solo en la base dirigencial de apoyo sino también en el aparato represivo estatal.
La agenda de la izquierda boliviana históricamente ha sido industrialista y extractivista. Para la izquierda boliviana la industrialización permitirá la soberanía y, por tanto, la “liberación nacional”. Iluminados por la teleología industrialista, militantes históricos como Sergio Almaraz, Marcelo Quiroga Santa Cruz (retratado en el libro) o René Zavaleta Mercado, lucharon por la instalación de los hornos de fundición. La clásica definición leninista del comunismo como “soviets más electricidad” ha sido incorporada a la ideología izquierdista nacional. El libro visibiliza esta realidad y Filemón la ratifica: “Una y mil veces escribimos que Guillermo Lora, a nombre del programa del POR, era nada menos que industrialista igual que el señor Stalin” (p. 132). En el retrato del dirigente minero César Lora, hay un llamado de atención de éste a su hermano Guillermo referido al futuro de la empresa estatal minera: “Al MNR le ganaremos cuando sea más fuerte la COMIBOL, defender la COMIBOL y transformarla en altamente rentable es nuestra victoria y no la del MNR” (p. 97). En torno al escritor Jaime Mendoza y a su tesis del “macizo andino”, Escóbar recuerda que Lora criticaba al novelista y ensayista potosino con argumentos progresistas e industrialistas: “Semejante tesis andinista no puede aplicarse a nuestra época cuando el hombre actúa sobre la geografía y la transforma a diario, corresponde más bien a nuestro pasado primitivo y cavernícola” (p. 132). Del programa del POR, Filemón cita: “No se puede concebir la industrialización sin la creación del mercado interno; esta tarea supone que las masas campesinas se conviertan en consumidoras, lo que no será posible si no se tecnifica la producción agropecuaria, si no se bombardea el campo con productos manufacturados baratos y si no se logra la separación entre las actividades artesanales y agrarias, ahora resumidas en una sola persona…” (pp. 132-133). Como alumnos disciplinados del programa de transición trotskista que son, saben que la industria pesada supone consumidores. Por tanto, integrar a los indígenas al mercado de consumo ha sido el sueño “misti” compartido por izquierdistas y derechistas.
Filipo reconoce que el gobierno de Evo Morales continua esta tradición. “El MAS es industrialista”, se queja el sindicalista minero (p. 147) y la decisión de construir la carretera por el TIPNIS es la constatación mayor. Por eso, se equivocacan los disidentes y desencantados del MAS y de su líder al considerar que “Evo ha cambiado”. No hay tal: contagiado del optimismo progresista de la izquierda boliviana, la ideología productivista-extractivista del mandatario ya la encontramos en su época de dirigente cocalero, cuando se oponía al desarrollo alternativo de los gringos, no por sus alcances, con los cuales estaba totalmente de acuerdo, sino porque estaba vinculado a una estrategia represiva de la coca, a nombre de lucha antinarcóticos.
Otro rasgo de la izquierda boliviana ha sido su amor por el Estado, al asumir que los cambios sociales y políticos pasan necesariamente por la toma del poder del Estado, sea bajo la forma revolucionaria o electoral. Más aún, el industrialismo y extractivismo de nuestra izquierda está vinculado a la ideología estadocentrista; el Estado debe impulsar la industria pesada. Así, la industrialización será planificada, impulsada y protagonizada, por el Estado. La izquierda boliviana ha estado convencida de esta visión. El libro lo ratifica: todos los sujetos de las semblanzas creían en un Estado poderoso, capaz de organizar la economía y el desarrollo del país sustentándolo principalmente en la minería y en la explotación de los RRNN. Es exactamente lo que el MAS está construyendo, aplicando una fundamental agenda izquierdista.
La idea de un Estado poderoso ha llevado a las peores dictaduras. El stalinismo es uno de sus más tenebrosos rostros. Filemón considera que estamos en riesgo de que se consolide una dictadura stalinista en Bolivia, dado el creciente autoritarismo e intolerancia del llamado “proceso de cambio”. Una de las expresiones de esta amenaza es la relación de Evo con Cuba. A propósito de este asunto, él se recrimina a sí mismo por haberle propuesto a Antonio Peredo la candidatura a la Vicepresidencia, el 2005, y haberle entregado “el Instrumento Político a la vieja izquierda tradicional y radicalmente procubana” (p. 340). A lo largo de su vida política sindical, particularmente en las épocas de dictadura, Filemón estuvo en contacto con Cuba, coordinó actividades con ellos. Sobre estas incidencias, el autor da apenas unos pincelazos en el libro. Su conocimiento del funcionamiento del estado cubano y su sistema represivo, le permite afirmar categóricamente la presencia caribeña en el palacio de gobierno. Entre ellas, las, ahora ya, tenebrosas oficinas de inteligencia. Se podría afirmar que las decisiones políticas estratégicas del actual régimen han sido principalmente acciones de inteligencia, orientadas a dividir, corromper, cooptar, reprimir, perseguir: Chaparina, el caso anarcoterrorismo, el Porvenir, los separatistas cambas, y un largo etcétera. Por otro lado, Filemón considera que es una estrategia del gobierno promover las peleas entre los bolivianos: mineros vs. cooperativistas, cocaleros vs. indígenas, municipio vs. municipio, t’aras vs. q’aras. Lo es, aunque no sea novedosa pues el MNR la practicó a fines de los años 50 en el movimiento campesino: la ch’ampa guerra como dispositivo para debilitar y neutralizar toda iniciativa autónoma de base, solo que hoy es utilizada como parte de una estrategia político-represiva.
El estadocentrismo de la política y la acción colectiva por parte de la izquierda criolla tiene un fuerte contenido nacionalista. La nacionalización de los recursos naturales ha sido sinónimo de estatalización. Hoy, el gobierno de Evo está cumpliendo esta agenda: nacionalizar, esto es, estatalizar la naturaleza y sus servicios. Desde ahí se negocia la presencia privada y corporativa. A propósito del nacionalismo, Escóbar recuerda un texto de Guillermo Lora en que éste se preguntaba si es que se había desarrollado un arte emergente de la revolución nacional, como había sucedido en otros procesos revolucionarios. Lora respondía a esu pregunta negativamente. (p. 160). Preocupación semejante tiene Virginia Ayllón, quien se hace similar pregunta para el “proceso de cambio” liderado por Evo Morales, con similar respuesta a Lora.
Aunque no aparecen en las semblanzas, Javier Medina y Rafael Puente están presentes en diversos momentos de las historias y reflexiones. El año 1980-81, Vanguardia Obrera se divide en tres fracciones: la tendencia procubana de Rafael Puente, la posición “cobista” de Filemón y la autonomista liderizada por Javier Medina. Fue una ruptura dolorosa que involucró a una generación de jóvenes utilizados por estos líderes para sus fines propios. Del libro se concluye que, hoy, Filemón está reconciliado con Medina, quien es, como se sabe, teórico del discurso oficialista del “Vivir Bien”, y quien está distanciado de Puente, aunque hayan sido parte del IP-MAS.
En general, las mujeres en Semblanzas son esposas fieles, buenas amas de casa (como doña Domitila), hacendosas, calladas (como la esposa de Marcelo Quiroga Santa Cruz). No parecen tener vida propia. Se las retrata en función al compañero. Su participación en las luchas sociales del sindicato minero, por ejemplo, está ligada a su rol en el hogar. Son responsables de garantizar la alimentación, educación y salud de la familia minera. Es que la izquierda boliviana ha sido sexista, machista y patriarcal. Filemón lo evidencia y es parte de este imaginario. A propósito de don Juan Lechín, afirma que “el que fuese, o no, mujeriego, con una buena ‘pinta’, o no, no alteran el resultado [de ser caudillo] ni lo condicionan” (p. 94). Ni una palabra sobre violencia doméstica en las familias de los dirigentes mineros, o en las de los políticos izquierdistas, en general. Tampoco hay referencia al abuso sexual de los jefes de partido y de los líderes contra las camaradas. Lo que vemos hoy en las prácticas sociales de la militancia y liderazgos del MAS solo reproduce una práctica institucionalizada de la cultura izquierdista.
¿La COB fue un soviet? Filemón lo afirma y culpa a la izquierda por no haber podido “concebir a la COB como nuestro Soviet” (p. 104). Se me ocurren dos pinceladas en torno a esta antigua posición filemonista. El soviet se estructuraba –y organizaba a la ciudad– de abajo hacia arriba, de manera descentralizada y autónoma, inspirada en las prácticas anarquistas. En cambio, la COB, desde su creación, ha sido una estructura jerárquica, de decisiones de arriba hacia abajo, con caudillos sindicalistas: sello del sindicalismo autoritario de cuño marxista y nacionalista con el que fue estructurada. En segundo lugar, dados los antecedentes de la izquierda boliviana, estadocéntrica, y por tanto centralista y autoritaria, esperar que hubiera podido entender a la COB como una entidad autónoma, descentralizada, de autogobierno es “pedir peras al olmo”. En la Rusia soviética fueron los anarquistas quienes reivindicaron, hasta el fin, a los soviets como dispositivo organizativo y de cohesión de la revolución. Los marinos de Kronsdtadt fueron masacrados por el ejército rojo, en 1921, defendiendo el poder de los soviets. En Bolivia, los que podían haber enarbolado tal consigna ya no estaban: la anarcosindicalista Federación Obrera Local (FOL) había sido casi liquidada luego de las revueltas indígenas de 1947. Estigmatizados y criminalizados (como hoy), la movida anarquista fue desplazada por el sindicalismo autoritario, de inspiración marxista y nacionalista, discursos que apostaban por la forma partido. De hecho, el anarquismo está ausente en el horizonte y recuento “filemoniano”, ignorando un movimiento político y social fundamental en el periodo previo al 52..
Semblanzas representa su alejamiento de la llamada izquierda tradicional, de la cual él ha sido parte. Pero también su declaración de fe por la filosofía del “Vivir Bien”, expresada en conceptos como la “economía de la reciprocidad”, o la “complementariedad de opuestos” (pp. 302). Estos conceptos no quedan claros en el libro, pero podemos obtener una idea respecto al segundo de ellos cuando el autor hace referencia a China, afirmando que “tomó el rumbo de la ‘complementariedad de los opuestos’ con las potencias occidentales y hoy avanza a convertirse en otra potencia mundial…” (p. 302). China: una civilización imperial, hoy en una nueva fase de expansión bajo la forma estado, con una política industrialista, extractivista, ambientalmente depredadora (aporta al 22% de los gases de invernadero), convertida en eslabón clave del capitalismo global, ¿será una imagen a seguir? En ningún caso. Solo evidencia que Filemón no ha abandonado la ideología izquierdista de que los cambios pasan por el Estado; que la industria pesada occidental es la base de la soberanía y de liberación nacional, pero con rostro indio, la “oposición complementaria”, el ideal donde t’aras y q’aras cooperan y coexisten, desplegando todas sus potencialidades.

* Investigador del CESU-UMSS. Una versión preliminar de esta reseña del libro Semblanzas de Filemón Escobar (Plural Editores, 2014) fue expuesta en la presentación del texto en el CESU-UMSS (Centro de Estudios Superiores Universitarios-Universidad Mayor de San Simón).

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