Suscríbete Hemeroteca

15 de julio de 2014 - Número 146

Lo bueno y lo malo en la política: Maquiavelo, Kant, Gramsci

Arnaldo Córdova*

El historiador y politólogo Arnaldo Córdova, fallecido el pasado lunes 30 de junio a sus 77 años, fue acaso el principal artífice de una profunda revisión del legado revolucionario en la historia de México. Sobre el tema escribió un clásico: "La ideología de la Revolución Mexicana" (que apareció en 1973 y del que se han publicado, hasta hoy, medio centenar de ediciones). Además, Córdova fue investigador emérito de la UNAM, diputado y fundador del Partido de la Revolución Democrática (PRD). Para recordarlo, publicamos aquí un texto suyo de 1996.
Lo bueno y lo malo en la política: Maquiavelo, Kant, Gramsci

Entre más se remonta uno en el tiempo, encuentra que los hombres son más proclives a definir de común acuerdo lo que es lo bueno y lo malo. Eso debe ser, sin duda alguna, porque, viendo hacia atrás, el hombre es cada vez más comunitario y menos individualista. Dicho de otra forma, el hombre, entre más individualista, es más dado a diferir de sus congéneres en cuanto a lo que deben ser esos conceptos. El mundo moderno, fundado en el capitalismo, disolvió violentamente los modos de vida comunitarios en los que se fundaban las sociedades que le antecedieron y fue haciendo de las relaciones sociales relaciones cada vez más individualistas, al grado de que (como lo observó Marx, y fue una de sus mayores aportaciones teóricas) los hombres, en su conjunto, sólo tuvieron ya dos esferas de la vida en que entraban en sociedad: el mercado (incluida en él la producción) y la política. La economía, la política, la moral, la religión, el derecho, que antes habían estado inextricablemente unidos y mezclados, al grado de que ni en teoría era posible disociarlos, aparecieron como provincias de la vida social, interrelacionadas, sí, pero radicalmente diferentes y a veces contrapuestas entre sí. El individuo surgió, como un volcán, del antiguo mundo de la economía natural y de la comunidad en sus más diversas formas.
La oposición y diferenciación entre la moral y la política (así como entre la moral y el derecho o entre la religión y la política) no es una mera cuestión teórica. Es un hecho histórico. Maquiavelo no inventó diabólicamente la separación de la política respecto de la moral. Simplemente la percibió en la realidad de su tiempo y, con ello, como escribió Antonio Gramsci, les hizo un gran bien a la ciencia política y a la filosofía moral que, desde entonces, se desarrollaron sin barreras. Kant tampoco inventó la separación del derecho respecto de la moral. Sólo la constató y, a partir de ello, hizo avanzar portentosamente tanto la teoría de la moral como la teoría del derecho.
Es el individuo moderno, en su nuevo aislamiento social (de nuevo el genio de Marx: “el hombre es un ser que sólo en sociedad puede aislarse”), el que ha acabado por separar la moral. El verdadero aporte de Maquiavelo fue haber entendido desde el principio que la moral, para comprender la política, representaba un lastre que era necesario no eliminar, pero sí poner al margen. Fue casi exactamente la misma experiencia del pietista Kant cuando, él también, se vio forzado a establecer la línea divisoria entre la moral y el derecho. Kant entendió (y con ello decretó la muerte del antiguo derecho natural) que no hay verdadero derecho positivo que los individuos obedezcan sin rémoras de ninguna clase, si no es el derecho que legisla el Estado. Si los hombres obedecen primero a sus principios morales, no habrá derecho que valga. Para hacer del Estado de derecho y del derecho estatal (vigente) un verdadero derecho positivo (observado por los individuos), no había más salida que poner a la moral en otra esfera de la vida social, totalmente separada. Fue Kant, además, quien hizo de la ética una verdadera ciencia filosófica y quien, así, identificó la moral como una forma de vida totalmente individual, interna del individuo. Todo acto que pretenda ser moral o ético (es lo mismo) debe tener como legislador supremo al mismo individuo que lo practica y ya no más a una sociedad que ha dejado de ser una comunidad autoritaria. A ese proceso, teórico y práctico, a la vez, el propio Kant le llamó “revolución copernicana” de las nuevas relaciones sociales. No tuvo la generosidad para reconocer que la primera revolución copernicana había sido hecha por Maquiavelo.
Al hacer el recuento constante de las monstruosidades que se cometen en nombre de la política, muchos estudiosos de la vida social moderna han intentado, una y otra vez, moralizar la política e imponerle supuestas normas éticas que la deberían frenar en sus excesos o humanizarla en sus procedimientos. Lord Bertrand Russell escribió hace unos cuarenta años un pequeño libro (Human Society in Ethics and Politics), muy confuso sobre todo en sus concepciones morales, en el cual hizo el intento. Debo decir que en muchas de sus conclusiones yo estoy de acuerdo; pero Russell no tuvo más remedio que partir de una espantosa constatación: “Es tan fuerte en la naturaleza humana la tendencia hacia las pasiones feroces, que quienes se oponen a ellas incurren en el odio de los demás y que se inventan sistemas enteros de moral y teología para que la gente crea que la ferocidad es noble”. Eso era, precisamente, lo que Maquiavelo deseaba evitar: que la moral se mezclara con la política, porque, como hizo notar Gramsci, interpretando a Maquiavelo, la política acaba destruyendo la moral.
Maquiavelo no pensaba, como tema, en la ferocidad en la política, aunque sabía que casi siempre la acompañaba. Pensaba más bien en la eficacia del nuevo político, el príncipe maquiaveliano. En el éxito, en el triunfo, en el prevalecer de la política. No fue, de ningún modo, como muchos han querido verlo, el teórico del Estado absolutista, como lo dice varias veces, sin ningún fundamento, el propio Gramsci. Es increíble cómo a todos se les impone siempre la lectura aislada de El príncipe y se olvidan de sus Discursos sobre la primera década de Tito Livio. En la primera obra se describe el modo en que el príncipe conquista y conserva el poder; en la segunda, el modo en el que el príncipe gobierna para su pueblo, haciendo, como él mismo dice, “que todos se vuelvan como príncipes”, vale decir, como hombres libres. La política, para Maquiavelo, tiene sus propios valores y el primero de todos es hacer libres a los hombres, para lo cual es necesario, primero, organizar al Estado. Eso no tiene nada que ver con la moral. La política también tiene reglas y normas.
Maquiavelo no le da a su príncipe ninguna carta en blanco. Los fines (los valores políticos) están claros: hacer del pueblo italiano una verdadera nación, con un Estado que lo unifique y lo haga virtuoso (fuerte, poderoso) y, finalmente, libre; y a sus ciudadanos, hombres también virtuosos (que sólo lo serán si los convierte en ciudadanos libres). Kant y Maquiavelo van siempre de la mano. Kant (aunque jamás se lo propusiera o fuera totalmente inconsciente al respecto) consumó muchas de las asombrosas proyecciones teóricas que hizo Maquiavelo. El poder del príncipe, había escrito el florentino, reside “en buenas leyes y buenas armas”. Kant define el derecho, esencialmente, como coerción fundada en la fuerza (“Derecho y facultad de coerción –escribió en la Metafísica de las costumbres– son la misma cosa”). La moral, como fuero interno del individuo, puede o no coincidir con el uso de la fuerza para someter a los individuos a la convivencia ordenada y pacífica de los hombres en sus relaciones exteriores (sociales). En ambos casos, si se vuelve animadora de acciones exteriores, se destruye a sí misma. La política y el derecho, en ese ámbito, prevalecen. Kant, en tal respecto, puede decirse que refunda de modo definitivo a la moral.
El famoso ejemplo de la caridad es demoledor de esa moral que andaba metida en todas las esferas de la vida social: yo no hago caridad para que se me vea que la hago; la hago porque así me lo dicta mi conciencia, independientemente de lo que los demás puedan ver o juzgar sobre mi acto. Kant postuló, en contra de lo que antes y después de él muchos han sostenido, que el acto moral es fruto del individuo y no de la sociedad. El individuo es su propio legislador moral. Es él quien al formular una máxima (“debo hacer caridad”, sin más) hace de su decisión una ley moral (es la teoría del imperativo categórico: “Haz que la máxima de tu acción se convierta en ley universal”). En realidad, es lo que todo mundo hace en la vida cotidiana: todo nos parece bien o mal y actuamos en consecuencia.
 Lo que Kant soslayó es que cada cabeza es un mundo y ninguno de nosotros puede dictar una ley universal y nos quedamos en la máxima personal (“debo hacer caridad”, “debo respetar a mis semejantes”). Eso, sin contar con que, muchas veces, no somos de verdad seres morales (“ese tal por cual me las va a pagar”) y eso es lo que prevalece. En todo caso, podemos coincidir entre todos en lo que, más o menos, son el bien y el mal. Como decía Russell, es imposible que, en lo general, no condenemos el genocidio, el asesinato, el crimen en todas sus formas. Pero, ¿qué decir de los nazis que llevaron a las cámaras de gas o fusilaron a seis millones de judíos en Europa? ¿Cómo pensaban ellos? Hoy condenamos unánimemente el terrorismo. Pero, ¿qué decir de los fundamentalistas iraníes o de los etarras o los miembros del Ejército Republicano Irlandés? ¿Es que todos ellos fueron o son seres inmorales? Hasta la pregunta parece ridícula.
Antonio Gramsci hizo un par de observaciones que vale la pena recordar. Por un lado, anotó que era “notable la virulencia de ciertas polémicas entre políticos por su carácter personalista y moralista. Si se quiere disminuir o aniquilar el influjo político de una personalidad o de un partido, no se trata de demostrar que su política es inepta o nociva, sino que ciertas personas son canallas, etcétera, que no hay ‘buena fe’, que determinadas acciones son ‘interesadas’… Se trata de una prueba de elementariedad del sentido político, del nivel aún bajo de la vida nacional; se debe al hecho de que realmente existe un vasto sector que ‘vive’ de la política de ‘mala fe’, vale decir, sin convicciones; está ligado a la miseria general, por lo que fácilmente se cree que un hecho político se debe a causas lucrativas, etcétera”. Donde la política funciona y vale, la moralística no tiene sentido ni cabida. O se gobierna bien o se gobierna mal. Eso es lo importante y lo que cabe juzgar en el mismo juego de la política.
En otra ocasión, Gramsci hizo notar lo inútil que, en política, resulta moralizar sobre los actos del contrincante, habida cuenta de que él nos puede contestar con “razones” igualmente moralizantes y vaya usted a saber qué juez podrá dar la razón a alguien. Gramsci, como Maquiavelo, no se atenía sólo a los hechos crudos de la realidad. Es más, los desacreditaba. Para él, los fines declarados por el supuesto político “inmoral” era justo lo que se debía someter a juicio. En ese sentido, escribía:

“…en un conflicto, lo que se necesita evaluar no son las cosas tal y como están, sino el fin que las partes en conflicto se proponen con el conflicto mismo, y cómo este fin, que no existe todavía como realidad efectiva, podrá ser enjuiciado y por quién. El propio juicio no se volverá jamás un elemento del conflicto, es decir, no será nada más que una fuerza del juego a favor o en daño de una parte o de la otra. En todo caso, se puede decir: 1) que en un conflicto todo juicio de moralidad es absurdo porque el mismo puede ser hecho sobre la realidad existente que, precisamente, se tiende a modificar; 2) que el único juicio posible es ‘político’, es decir, de conformidad del medio al fin. Un conflicto es ‘inmoral’ en tanto en cuanto se aleja del fin y no crea condiciones que nos aproximen al mismo…, pero no resulta ‘inmoral’ desde otros puntos de vista ‘moralistas’. De tal suerte, no se puede juzgar al hombre político por el hecho de que él es más o menos honesto, sino por el hecho de que mantiene o no sus compromisos (…el ser honesto puede ser un factor político necesario, y en general lo es, pero el juicio es político y no moral)” (Ouaderni dal carcere).

Gramsci se refiere en este pasaje a dos valores esenciales de la política: uno, hay que tener éxito en lo que se propone; dos, hay que mantenerse fieles a los compromisos (eso ya lo sabíamos desde Hobbes: pacta sunt servanda, los pactos deben ser observados). Nada de eso tiene que ver con la moral. Ser equitativos y justos se refiere a valores políticos, no a valores morales. No tiene que ver con la eterna dicotomía moral (y también religiosa) de lo bueno y lo malo, sino con la eficacia en la acción política y con el cumplimiento de los compromisos.
Decirle a un político que es inmoral es sólo dar ocasión para que él nos conteste diciendo que nosotros somos los inmorales. Y ambos tendremos razón, porque cada uno tiene su concepción de lo que es bueno y malo desde el punto de vista ético. Otra cosa es, por ejemplo, que a nuestro político se le pueda decir que es un inepto. Maquiavelo siempre pensó que el fin de la política es el éxito. Eso siempre lo dijo o lo dio a entender. Lo que no dijo, pero lo dio a entender también, es que la derrota o el fracaso son la negación de la política. Era un republicano, no un demócrata. En la democracia, la derrota es también parte de la política. Maquiavelo, además, era un gradualista consumado. No todo se puede obtener en la lucha política. Hay que ir por partes y todo lo que se gane es bueno aunque sea poco o limitado.
Honestidad, equidad, justicia, solidaridad, fraternidad, amor por los demás, compromiso, piedad, espíritu de sacrificio, entrega en lo que se cree, deseo de libertad, tolerancia, búsqueda de la paz y muchos otros valores, en lo interno, son valores morales. Hacia afuera, en las relaciones jurídicas y políticas, son valores jurídicos o políticos que, por fuerza, tienen que compartirse con otros. La moral fue encerrada en el fuero interno de los individuos por Kant, de hecho, cumpliendo un legado de Maquiavelo. Por eso, expresiones como “moral política”, “moral jurídica” o, lo que suena a un verdadero despropósito, “moral pública”, son expresiones retóricas que carecen de todo significado teórico y práctico.
La política, como puede verse, no es el reino de la arbitrariedad o de la compulsión salvaje de los individuos que sólo persiguen la satisfacción de sus propios fines. Es una esfera de la vida social ordenada y ordenante de la misma. Tiene sus normas, a veces, más firmes que las de la moral, la religión y hasta el mismo derecho, por la sencilla razón de que ellas derivan de un entrecruzamiento de intereses reales y concretos que deben luchar entre sí para subsistir o ponerse de acuerdo para el mismo fin. Sin la política, no serían posibles otras formas de convivencia en la sociedad moderna de nuestros días. No hay religión, moral ni derecho que, por sí solos, puedan garantizar esa convivencia. Sólo la política lo puede hacer, porque ella es, además de una feroz lucha por el poder, también la base de entendimientos entre contendientes que garantiza, por su propia naturaleza, la subsistencia de la sociedad ordenada y organizada.
Para resolver los problemas relacionados con el avance y el progreso de nuestro régimen jurídico y constitucional hoy hace falta la política (el acuerdo, tan necesario en una sociedad crecientemente plural). Para resolver nuestros problemas económicos, hace falta la política. Para democratizarnos, hasta que un día muchos de los poderes hoy concentrados en el Estado regresen a la sociedad organizada plural y solidariamente, con libertad y justicia social, hace falta, asimismo, la política. Pero una política liberada, como la soñó Maquiavelo, de los prejuicios morales y egoístas.
Este ensayo no es sólo una lectura genuina y moderna de Maquiavelo y Kant. Es también una reivindicación de la política como espacio que tiene sus propios valores, entre los cuales se cuenta el de que sólo ella pueda dar cuenta de ella misma.

comments powered by Disqus
Una publicación de: