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15 de julio de 2014 - Número 146

De Enron a Evo: Gas, ecología y derechos indígenas

Guillermo Delgado P.*

Que las investigaciones sobre el país realizadas por académicos extranjeros lleguen más o menos en traducción simultánea al público nacional: ese es un deseo siempre señalado. Pero la misión no es fácil porque depende del siempre escaso financiamiento. Cuando sucede, es un triunfo. En esa perspectiva debemos ubicar el reciente libro de Derrick Hindery, De Enron a Evo. Las políticas del gasoducto, el ecologismo global y los derechos indígenas en Bolivia que, en traducción del escritor Juan Cristóbal Mac Lean, aparecerá en Bolivia, pronto. Esta es una primera reseña anticipatoria.
De Enron a Evo: Gas, ecología y derechos indígenas

Derrick Hindery, con quien conversé brevemente después de haber leído su libro, es un investigador persistente y tenaz, inspirado en su larga militancia en defensa del medio ambiente. La cuita lo trajo a Bolivia para entender con más precisión la demanda que chiquitanos (población: 7.516) y ayoreos (población: 274) presentaron sobre la protección del Pantanal y el Bosque Seco Chiquitano en el que se proponía construir un gasoducto. Como todo libro, éste llevó su tiempo, en este caso, fácilmente diez años.

Ya todo el mundo es el centro
En el contexto de la globalización, ya todo mundo antes aparentemente aislado y excluido es ahora “centro” afectado por fuerzas glocales y esto es lo que Hindery analiza. El tema lo lleva a departir sobre el territorio chiquitano y ayoreo y a deconstruir el multi-sitio con una perspectiva que yo llamaría braudeliana.
El análisis que el libro privilegia recoge los pormenores de las movilizaciones indígenas de la Amazonía en relación a la euforia neoextractivista, asociándola a las fallas privatizantes del neoliberalismo, y luego, al capitalismo de Estado o a la integración regional. El dilema “conservación vs. desarrollo” queda como intríngulis del problema que se transforma en litigio al entrelazar el caso del TIPNIS, el gasoducto de Cuiabá, los intereses brasileros, Enron, Shell, y la lucha por la conservación del legendario Bosque Seco Chiquitano y el Pantanal.
El trabajo de campo lo condujo entre 1999-2000, además de visitar el área unas ocho veces más. Para entender la enajenación de tierras, el neoextractivismo, las transnacionales (CTNs) y las dinámicas regionales en esa franja del país, este texto se inspira en una metodología interdisciplinaria del multi-sitio. El investigador recurre a la etnografía, la ecología política, el contexto neoliberal, las políticas del Estado, y las interacciones múltiples producidas por ONG, la banca internacional, los derechos indígenas sancionados en la nueva Constitución del Estado plurinacional, Brasil, y la Amazonía misma.

El primer momento: el neoliberalismo en acción
Dos momentos constitutivos aparecen: la primera fase de la privatización neoliberal (1990-2000) y la segunda (2003-2014), que trae cambios imprevistos. En el bosque seco chiquitano y el pantanal se traslapan gasoductos e intereses privados (gas, petróleo, minería, madereros, PETROBRAS, élites cruceñas) con derechos indígenas, territorios ancestrales, conservación ecológica, provocando la pregunta: ¿cómo se re-producen las condiciones sociales y del medio ambien­te, y cómo todo ello se imbrica con las varias facetas del capitalismo?
Para responder a la interrogante el autor revisita el periodo neoliberal y encuentra discursos capciosos que afirman que las corporaciones transnacionales (CTNs) prometen sustituir a las moribundas compañías estatales, que éstas CTNs protegerán mejor el medioambiente, que aliviarán la pobreza, expandirán la producción, etc. El principal argumento de Hindery es que los esfuerzos coordinados del Banco Mundial, el gobierno estadounidense, el boliviano-neoliberal, y las CTNs (Shell, Petrobras) guiaron la privatización de los hidrocarburos en el país, influyendo a los ambientalistas locales a adoptar reformas neoliberales patrocinadas por el gobierno (Sánchez de Lozada) que terminaron usurpando el control de recursos naturales a chiquitanos y ayoreos.
En el primer periodo, según Hindery, con una retórica “progresista”, las CTNs consiguieron la licencia ambiental para el Proyecto Cuiabá con veinte millones de dólares dizque para favorecer la conservación del medio ambiente. Ese Proyecto, que constituía la construcción de doscientos cincuenta kilómetros de gasoducto, proponía en un conflictivo plan de conservación, un cuestionable programa de compensación de inevitables impactos negativos en la Chiquitanía, todo con el propósito de exportar gas de San Miguel a Cuiabá. Enron ofreció 200 millones de dólares para financiar el Proyecto Cuiabá, sin asumir la reforestación, esquivando los planes indígenas de desarrollo e incidiendo indirectamente en la destrucción de la biodiversidad del habitat y los medios de vida de chiquitanos y ayoreos, un área de unos cien mil kilómetros cuadrados. Los neoliberales (Banco Mundial, gobierno estadounidense, Corporación de Inversión Privada, Enron, y el ex-presidente Sánchez de Lozada) en su mayoría se lavaron las manos de toda responsabilidad ulterior. Enron poco después quebró. Naturalmente, los excesos de esa primera fase de privatizaciones, como es sabido, fracasaron rotundamente al provocar la activa emergencia de movimientos sociales que derrocaron dos gobiernos neoliberales (Sánchez de Lozada y Carlos Mesa).

Las paradojas del capitalismo redistributivo o el segundo momento
En la segunda fase (2005-2014) el presidente Evo Morales, con una estrategia alternativa rechazó los principios previos del neoliberalismo al instituir una forma de capitalismo redistributivo de Estado. Sin embargo, en ambas fases, arguye Hindery, las reformas alentaron, paradojalmente, una expansión sin paralelos de proyectos neoextractivistas de gas y petróleo con el consecuente impacto sobre territorios indígenas, provocando la degradación de frágiles sistemas ecológicos.
Este estudio de caso del gasoducto Cuiabá ofrece pistas para entender factores tales como la consulta, el consentimiento y la autodeterminación, sin mencionar la conservación, la intersección con los intereses del Estado, las CTNs, y los derechos indígenas sobre cuyos territorios se ejecutan dichos planes. Sin embargo, chiquitanos y ayoreos, lejos de ser pasivos actores sociales, implementaron estrategias defensivas que desafían al Estado, a las CTNs, a la banca internacional, y las petroleras. Hindery sugiere que dichos actores adoptan “un pragmatismo dinámico, es decir la flexibilidad en la toma de decisiones, un acercamiento que tiene consecuencias prácticas a la luz de las circunstancias cambiantes tanto socio-históricas como ecológicas”. En vez de ser marginados, chiquitanos y ayoreos reforzaron su asertividad histórica al enfrentarse con un conglomerado de inversores, demostrando el impacto negativo del gasoducto sobre el medio ambiente y su destino colectivo como pueblos originarios.
Hindery sostiene que mientras la Constitución del Estado Plurinacional del 2009 concede nuevos derechos a los pueblos originarios, el boom neoextractivista los impide, obstaculizándolos. En respuesta, en forma estratégica, chiquitanos y ayoreos utilizan instrumentos legales internacionales de los que Bolivia es signatario, obligando al gobierno, a las CTNs, y las instituciones financieras, a respetar sus derechos, un ejemplo del “pragmatismo dinámico”. En efecto, con el apoyo de instituciones ecologistas y sociedad civil glocal, los originarios luchan por implementar programas autónomos de largo alcance que mejoren las condiciones de vida, aseguren el control de tierra y territorio, sus recursos naturales, y la sobrevivencia de la socionatura. Para lograr todo ello, chiquitanos y ayoreos demandaron el derecho a la consulta, a la compensación y el derecho sobre su territorio. Es decir: “los originarios alentaron a actores externos a respetar sus derechos usando una pragmática combinación de la acción directa, el cabildeo, la negociación y el contacto con la prensa local, regional, nacional e internacional”.
En diez capítulos Hindery imbrica la asertividad histórica indígena, con las políticas del medio ambiente, las CTNs, las instituciones locales, regionales, nacionales e internacionales. Sin embargo, al comienzo del libro, y ya desde el presente se pregunta: “¿Cómo el gobierno de Evo Morales puede perseguir simultáneamente, a pesar de su propuesta más radical de enfrentar el cambio climático, un modelo de desarrollo neoextractivista que afecta a las poblaciones marginadas que él presumiblemente defiende?”
A través de su investigación, el autor revela las contradicciones de lo que se ha dado en llamar “el capitalismo andino-amazónico”, aquella forma de capitalismo estatal fundado en la utilización de las ganancias por concepto de exportaciones de gas, petróleo, minerales, y otros recursos no-renovables, para promover el desarrollo nacional. El libro, entonces, revela la retórica medioambientalista del gobierno de Morales por un lado, y por otro, su agenda desarrollista y neoextractivista. En efecto, el autor afirma que el gobierno de Morales privilegia un concepto occidental de la modernización y la industrialización por sobre el de las cosmologías originarias que se hallan entronizadas en la nueva Constitución del Estado Plurinacional. Mientras que el gobierno de Morales ha logrado acumular las ganancias del gas y el petróleo, canalizándolas hacia la industrialización y gastos sociales, el neoextractivismo afecta negativamente a los territorios indígenas. Evidentemente, el gobierno de Morales persigue una agenda desarrollista que implica la explotación de sistemas ecológicos frágiles y que, indirectamente, responde a presiones regionales provenientes del Brasil que buscaría cómo salir, a través de Bolivia, al Pacífico (Varese et al., 2013). Igualmente, la reforma agraria, que ha visto notables transformaciones bajo Morales, continúa enfrentando, no obstante, presiones de ganaderos, madereros y soyeros, fuerzas significativas que han logrado mantener predios de extensión excesiva y deforestada a diario. En esas regiones que se conocen como “la república de la soya”, repunta la agricultura mecanizada de los transgénicos, respondiendo a las demandas de mercados extranjeros que ya han erosionado su medio ambiente, y que carecen de tierras fértiles. (Turzi, 2012: 50-55) Sin embargo, la erosión y envenenamiento de la tierra por insumos de la agricultura química, a la larga, podrían generar peligrosos procesos de total colapso ecológico. En ese sentido, el “progreso” y “el desarrollo” se transforman en riesgo, incertidumbre y ecocidio.

Militancia glocal frente al 1%

Naturalmente, este libro de Derrick Hindery enriquece los estudios sobre Bolivia en su esfuerzo por mejor entender los múltiples obstáculos que enfrentan las sociedades “en vías del desarrollo” en cuanto a su autodeterminación y esfuerzo por satisfacer las necesidades básicas de su población. Los avances logrados por los pueblos originarios que demandan, y ejercen sus derechos ciudadanos, son tangibles; sus lecciones desafían el neoextractivismo ciego y su exceso; rechazan las políticas neoliberales de la “acumulación por enajenación o desposesión”; e insisten en la transparencia y la rendición de cuentas-todos principios que deberían considerarse inherentes a todo estado o instituciones transnacionales de comercio, finanzas, y protección del medio ambiente.
Los conceptos indígenas de la conservación ecológica se oponen a la virulencia de la colonialidad neoextractivista, y las fuerzas globales que las patrocinan necesitan ser restringidas por una sociedad civil glocalizada que responsabilice a las CTNs neoextractivistas presionándolas a ofrecer plataformas conservacionistas que vayan más allá de la simple compensación. El capitalismo transnacional está basado en la producción del valor, de ganancias cosechadas por el 1% de las sociedades sobredesarrolladas en colusión con las ‘en desarrollo’. Mientras tanto lo que la antropología ecológica considera ‘el drama fuera de escenario’ –es decir, el colapso ecológico no visible que la humanidad ha ocasionado en los últimos doscientos años de industrialización– ha sido heredado como impagable deuda por el 99% de la población. Hindery reconoce esto cuando dice: “Sacar a Bolivia del modelo desarrollista estructuralmente dependiente de la industria neoextractiva y del capital transnacional será una tarea de titanes porque lo que está en juego es mucho”. A pesar de ello, los pueblos originarios, nuevas y autónomas ONGs y otras organizaciones medioambientalistas siguen buscando alternativas colectivas re-evaluando la co-relacionalidad humanidad/medio ambiente. Esa búsqueda o empuje pueden también ser entendidos como un colectivo de militantes glocales que redefinen un nuevo momento de las luchas por la conservación del medio ambiente, presionando al mundo a detener la ecosis y el ecocidio que provocamos.

Referencias
Crespo, Miguel Ángel
“El gasoducto San Miguel-Cuiabá y el impacto socioambiental en el bosque seco chiquitano.” http://www.fase.org.br/projetos/clientes/noar/noar/UserFiles/17/File/livros/10gasoducto.pdf
Prashad, Vijay and Teo Ballvé. 2006. Dispatches from Latinoamerica. On the Fron­tlines Against Neoliberalism. Cambridge, MA: South End Press. Pp. 140-182.
Turzi, Mariano. 2012. “Grown in the Cone: South America’s Soybean Boom.” Current History, Vol. 111, (742), pp. 50-55.
Varese, Stefano, Frédérique Apffel-Marglin, Roger Rumrrill (eds.). 2013. Selva Vida. De la destrucción de la Amazonía al paradigma de la regeneración. Lima: IWGIA, UNAM. Casa de las América.


* Antropólogo. Es profesor del Departamento de Antropología de la Universidad de California, Santa Cruz.

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