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8 de septiembre de 2014 - Número 148

Hello La Paz, welcome to El Alto

Jorge Derpic*

Una experiencia etnográfica en la Línea Roja del Teleférico
Hello La Paz, welcome to El Alto

—¿Este es el cementerio de El Alto? –pregunta una mujer de cuarenta años. 

—No, es el cementerio de La Paz –contesta su acompañante, un hombre mayor.

Es el primer viaje de ambos en la línea roja del teleférico que se inauguró hace pocos meses. Ella está vestida con un trajecito sastre negro, maquillaje que apenas se nota y melena oscura, lacia y brillante que le llega hasta el cuello. Él tiene el  pelo canoso y usa anteojos, viste terno gris con chaleco, camisa blanca y corbata oscura medio suelta, zapatos negros bien lustrados. Giran la cabeza y miran a un lado y al otro, al frente, hacia atrás, hacia abajo. Están en medio de la hoyada, flotando hacia la planicie alteña.   

Después de salir de Ayajuni, la estación del cementerio, el hombre mira hacia arriba y exclama: “Es una ciudad naranja”. Sí, naranja por el ladrillo pelado de las casas de las laderas, también por el reflejo del sol que rebota en los vidrios de las ventanas y resalta el color de los muros. Ni el imponente cielo despejado, ni las afiladas puntas del Illimani capturan su atención. 

Y es que el teleférico es una experiencia turística no sólo para extranjeros, sino también para los propios paceños. Viajantes ocasionales que sólo han visto la autopista, la Curva del Diablo, árboles y construcciones precarias desconocen qué hay detrás de esos límites. La vista desde el teleférico pone calles y avenidas allá donde se pensaba que había sólo bosque. Pone techos de calamina y patios con ropa colgada al sol donde sólo se imaginaban cantinas. El paisaje de arquitectura cuetillo combinada con la informalidad de viviendas de siete pisos sorprende a urbanistas, turistas y planificadores. Los paceños incorporarán el detalle de estas laderas en su mapa mental de la ciudad.  

* * *

—¿Cuánto tiempo tomará llegar hasta El Alto ahora, no? - Pregunta la misma mujer, otra vez en voz alta. 

—12 minutos –contesta sin titubear otra pasajera que va en el mismo cubículo. 

Como si contara los segundos, la mujer de pollera, manta y tonguito a un lado sobre la cabeza, sabe perfectamente el tiempo de viaje. Y continúa: “Antes, en minibús, tomaba veinte minutos, media hora. Ahora es doce minutos.” Es la primera vez que los commuters alteño-paceños pueden cronometrar con exactitud el tiempo que les tomará el viaje desde Taypi Uta, la ex-estación de trenes de La Paz, hasta El Alto. Se rompe por primera vez con la incertidumbre del transporte público. Salvo fallos técnicos que sí suceden, no hay trancadera, ni desfile que cambie los planes de viaje. Se domestica la difícil geografía paceña, se introducen molinetes, tarjetas magnéticas, paradas específicas y un peso máximo en cada vehículo (750 kilos, 1653 libras, 10 personas de 75 kilos). Metro en el cielo, dicen afuera; modernidad del Siglo XXI, dicen por acá.  

* * *

Al llegar a Jach’a Qhathu, la estación de El Alto, una voz repite por el altoparlante que está prohibido quedarse a fotografiar La Paz desde la zona de desembarque. La reciente apertura del mirador y el patio de comidas en el segundo piso alivian un poco la ansiedad, pero no hay nada como salir del edificio y ver, a la derecha, un letrero blanco de tocuyo que da la bienvenida a los visitantes: “Welcome… Bienvenue… Wilkommen… to El Alto. 10 Bs. la entrada.” El letrero está justo encima de una típica casa alteña, con una puerta de garaje roja y un patio lleno de mesas y sillas de plástico con el logo de una popular gaseosa. Al fondo, las cinco gradas de madera, casi una escalera, llevan a la terraza de tres metros por uno. En el piso, un rectángulo de metal que estuvo alguna vez en la pared de una esquina anuncia: Avenida Panorámica. El muro a medio construir le hace honor al título. Desde aquí se pueden ver la autopista, las estaciones del teleférico, el Huayna Potosí y el bosquecillo de Pura Pura. El dueño, un hombre de unos sesenta años, cuenta sus planes de ampliar la terraza para ofrecer alimentos y bebidas. Luego, recibe a una pareja de turistas franceses que acaban de llegar. Ganó cuarenta bolivianos en tres minutos. 

Con el teleférico se mercantilizan las alturas. No falta nada para que las góndolas expongan el logotipo de una empresa –como ya hicieron con Evo, el Bolívar y la última película boliviana. También los techos adquieren valor. Algunos ya aparecen pintados con los colores de una compañía de teléfono; otros, con el logo de una marca de fideos. Hasta hace poco nomás, eran espacios impensados para gigantografías. Tal vez los dueños empezarán a vender espacios por metro cuadrado de acuerdo a la distancia con las cabinas del teleférico. La Alcaldía tendrá que conseguir stickers de “Publicidad No Autorizada” tamaño techo por si acaso. Son muchas las posibilidades de negocio.

* * *

Luego de varios años de vigencia de un sistema semi-informal y privado de transporte urbano, ingresamos en una etapa de iniciativas estatales para transformarlo. El teleférico (y también los buses Puma Katari en La Paz y Sariri en El Alto) ya generan impactos masivos y diversos en la forma cómo vivimos y pensamos ambas ciudades. Además de las evidentes transformaciones de los alrededores y el transporte público en sí, existen dos efectos inmediatos. Por un lado, y más allá del uso del teleférico con fines de propaganda política, la población tiene evidentemente una sensación de que las ciudades crecen y se modernizan. Esto, gracias a la infraestructura y eficiencia impecables de un teleférico que no tiene nada que envidiar a sistemas de transporte de países más desarrollados. Por otra parte, propios y extraños pueden conocer espacios urbanos antes inaccesibles, desde perspectivas nuevas y originales.  

Más allá de todo esto, sin embargo, queda ver cómo estas transformaciones afectarán, primero, a la masa de transportistas –por ejemplo a aquellos que, recién salidos de colegio, se endeudaron para comprar su vehículo. Y segundo, habrá que ver el efecto en la supuesta capacidad de integración de dos ciudades hermanas que muchas veces rehúsan a mirarse de frente. A pesar de lo fácil que resulta llegar de un punto a otro en cuestión de minutos, todavía algunos sólo pueden (o quieren) visitar estos espacios desde las alturas, sin mezclarse, desde cabinas cerradas e hipervigiladas. 

* Sociólogo. University of Texas at Austin.


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