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15 de junio de 2014 - Número 145

Historia de un libro, II: "Bolivia, hoy", 30 años después

James Dunkerley*

El historiador inglés James Dunkerley reconsidera aquí el contexto y el texto mismo de un libro clásico en la interpretación de la Bolivia moderna, "Bolivia, hoy", compilado y editado por René Zavaleta Mercado en 1983. Para hacerlo, retrató en la primera parte (ver Nueva Crónica 144) las trayectorias intelectuales de los autores de los capítulos: Zavaleta Mercado, claro, pero además Luis H. Antezana, Horst Grebe López, Silvia Rivera Cusicanqui y Guillermo Lora. En esta segunda parte analiza algunas de las contribuciones analíticas del libro. Este texto fue publicado, en inglés y en una versión mucho más extensa, en el número 10 de la revista Bolivian Research Review. La traducción es de Virginia Ruiz P.
Historia de un libro, II:

Una trayectoria
Antes de Bolivia, hoy, Zavaleta ya había trabajado con el editor argentino de Siglo XXI, Alejandro Orfila, que había publicado 5.000 copias de su El poder dual en América Latina para la serie ‘Colección mínima’ de la casa editorial, en enero de 1974 –un manuscrito terminado en diciembre de 1972 en Santiago, al que Zavaleta le añadió, en diciembre de 1973, un ‘Postfacio’ sobre el golpe de Estado de Pinochet.(1) Tres años después otro ensayo de Zavaleta apareció en la serie de dos volúmenes, editada por Pablo González Casanova, América Latina: Historia de medio siglo.(2) Aunque éste es uno de sus textos largos más convencionalmente estructurados, comienza con un desafío ciertamente poético al lector meramente curioso por lo empírico:

El amor, el poder, la guerra. En eso consiste la verdad de la vida. Pues bien, fue en el Chaco, lugar sin vida, donde Bolivia fue a preguntar en qué consistía su vida. (74)


El siguiente párrafo, titulado “La memoria histórica”, es ya un fuerte indicio de lo que vendría en “Las masas en noviembre” y, más claramente, en el inconcluso libro Lo nacional-popular en Bolivia, póstumamente publicado por Orfila en 1986.(3) Aquí, en este transcurso bibliográfico, tenemos la sensación de un Zavaleta deslizándose por las tres fases atribuidas generalmente a su trayectoria político-intelectual: nacionalista, marxista ortodoxa y marxista crítica. Una trayectoria vívidamente evocada y sintetizada por Jorge Cadena Roa, uno de sus estudiantes en la UNAM, en esta cita:

Decía René en una de sus clases: “la ideología es el recuerdo del castigo”. De pronto la ideología no era falsa conciencia, enajenación producto de fetichismo de las mercancías ni elaboraciones interesadas de parte de los sicofantes de la burguesía. La ideología era memoria.(4)

La incomodidad teórica como teoría
Para Zavaleta el déficit democrático boliviano es un hecho socialmente compartido, cualesquiera sean los conflictos que ese hecho haya contenido o inspirado. Así, al comienzo de “Las masas en noviembre”, Zavaleta presenta su famoso ejemplo de “intersubjetividad”, en un uso, de refrescante sencillez, de una categoría de Habermas:

Tú perteneces a un modo de producción y yo a otro, pero ni tú ni yo somos lo mismo después de la batalla de Nanawa: Nanawa es lo que hay de común entre tú y yo. Tal es el principio de intersubjetividad. (19)

En el capítulo final, “Forma clase, forma multitud”, encontramos que el “marxismo crítico” de Zavaleta revela ya su completa falta de interés en cualquier aplicación formulaica de categorías ideológicas prestadas del canon radical europeo. Más bien, Zavaleta está decidido a encontrar alternativas que tengan un verdadero poder explicativo. Adopta, por ejemplo, el concepto de “acumulación en el seno de la clase” –que suena a economía política marxista pero que Jorge Lazarte nos asegura no aparece en ninguna otra parte en esa tradición (235): (5)

Cada clase es ... lo que ha sido su historia. Suponer que el desarrollo de una clase depende mecánicamente del desarrollo del país (en lo económico y aún en lo cultural) es una hipótesis refutada por todos los datos de la realidad. (238)


La historia, entonces, no es simplemente “recordada” o un instrumento perentorio del heroísmo.(6) En 1952,

el movimiento obrero era capaz de hacer una selección en los elementos integrantes de su memoria o sea que era un momento de superioridad de la acumulación en el seno de la clase sobre la autoconcepción espontaneísta del obrero como multitud o como plebe en acción y no como clase. (235)

Entonces, como lo escribió en otra parte, no fueron sus autores reales, sino el MNR –el “partido de los cholos” pero también el de los “parientes pobres de la oligarquía”– el que le dio vida a la Tesis de Pulacayo y al programa pirista de reforma agraria.(7) ¿Quién iba a admitir esto? No las masas:

En el bando popular el principal problema sigue radicando en su incapacidad casi congénita de razonar en términos materialistas (y no mitológicos) acerca del país y de su propio poder.(8)

Años después, Gustavo Rodríguez Ostria comenzaba un ensayo sobre los mineros en Bolivia recordando que “con justa razón a principios de los 80, René Zavaleta Mercado decía que sin los mineros no habría valido la pena vivir en Bolivia”.(9) Y, aún así, Luis H. Antezana pensaba que Zavaleta

se sentía incómodo con el tradicional concepto de “clase” para caracterizar al proletariado minero como “clase obrera”... finalmente lo desplaza hacia el concepto de “masa”, situando el concepto de “clase” a un nivel estrictamente teórico.(10)

Los herederos
Tal vez ahí, en su desconfianza o “incomodidad”, radique una de las razones por las que el legado analítico de Zavaleta haya logrado sobrevivir las derrotas de 1985-6. En El asalto porista, Zavaleta empieza con una diatriba en contra de la intervención dogmática de Lora en el congreso de la FSTMB de 1959, porque el trotskista declara que el POR “tomará el poder aún a riesgo de convertir su experiencia en una Nueva Comuna de París”.(11) Décadas más tarde, mucho después de que la FSTMB y la COB hubieran sido reducidas a las más endebles versiones de sí mismas bajo el Estado del 52, hay algo de paradójico en el hecho de que las ideas de Zavaleta fueran acogidas, en gran medida, y de cara a la construcción de un movimiento de masas post-mineras y post-obreras, por un grupo de intelectuales jóvenes reunidos bajo el nombre de “Comuna”.(12) Pero los tiempos eran otros. El pesimismo de 1982, cuando Zavaleta consideraba que Bolivia era “más señorial, católica e hispánica que nunca”, había sido sobrepasado por la historia y una inversa “acumulación en el seno de clase” a través de la cual la “forma multitud” recuperaba atributos de clase en el marco de una restaurada sensibilidad materialista.
De hecho, para 2007 el gobierno de Bolivia invitaba a prominentes intelectuales internacionales –como Toni Negri y Michael Hart– a unirse al vice-presidente Álvaro García Linera y a Luis Tapia en la explicación (y celebración) de la “multitud y sociedad abigarrada”, precisamente en oposición al “imperio”.(13)

Hacia una definición de lo abigarrado
Pero esa fama del concepto nos mueve a buscar, precisamente, una definición un poco más precisa de “sociedad abigarrada”. Después de todo, el atractivo epigrama de Zavaleta sobre Nanawa podría considerarse sólo una especie de atajo poético, una forma de eludir la discusión de esos aspectos materialistas que Grebe López discute parcialmente en su capítulo en Bolivia, hoy: las diversas fuerzas pre-capitalistas (87), las relaciones desiguales de producción (92) y un patrón tan errático en la apropiación del excedente que las clases dominantes no llegan nunca a desarrollarse mucho más allá de lo que Marx llamó el “capital comercial” (96).
En Bolivia, hoy, “formación abigarrada” aparece muy al principio (12-13), pero es un concepto que Zavaleta no explica ni desarrolla. Vuelve, al final del volumen, en “Forma clase, forma multitud”, pero según una similar familiaridad sin explicaciones: “país con el abigarramiento de Bolivia” (226); “sociedades abigarradas o heterogénicas” (228). A cierto nivel –digamos que el de “dato de la realidad”– el hecho no tiene importancia, especialmente para (todos) los bolivianos que, 30 años después, han reconocido (y a veces celebrado) un país de muchas culturas y etnias. Ahora, naturalmente, comenzamos a ser testigos incluso de políticas que responden a la idea de ese abigarramiento. Pero el “sentido político” de la expresión “sociedad abigarrada” era, a principios de los años 80, un sentido todavía no realizado, un conjunto dispar y contradictorio de postulados teóricos; hasta Grebe López tuvo, en tu texto, que retroceder a la figura de Franz Tamayo para probar su tesis.

Dos conexiones inglesas
Bolivia, hoy nos da algunas pistas de cómo sus ideas podrían ser exploradas más profundamente, especialmente respecto a corrientes de pensamiento desarrolladas fuera de Bolivia. Acaso valga la pena tomar en cuenta esas posibilidades de ampliación: a la evocación de Nanawa para comprender el 52, y a la evocación del 52 para comprender el 79, les falta en aliento explicativo lo que tienen en profundidad histórica.
Primero deberíamos destacar el concepto de “economía moral”, que estudió más profundamente E.P. Thompson (1924-1993) en relación a la economía inglesa del siglo XVIII, que en algunos aspectos se parece a la economía de Bolivia en el siglo XX. Zavaleta y Rivera citan a Thompson, que, como Hobsbawm, había sido una figura central del grupo de historiadores del Partido Comunista Británico. La obra de Thompson era acaso un ejemplo de dos gestos, implícitos a lo largo de Bolivia, hoy: una curiosidad empática aunque poco reverencial con pobres y oprimidos, y una apreciación escasamente dogmática de su capacidad para la acción en cualquier contexto social o “modo de producción”. El trabajo de Thompson, que tiene su mejor expresión en The Making of the English Working Class (1963), sería luego mucho más influyente por su interés en lo que ahora podríamos llamar “un universo ético subalterno”, preocupación que luego fue central para la revista del Taller de Historia (History Workshop Journal o HWJ), una agrupación de sorprendente cercanía con el Taller de Historia Oral Andina, THOA.
Una segunda veta también tiene características británicas, pero es una puramente contingente: el hecho que Zavaleta estuviera en Oxford, por un año, al mismo tiempo que Ernesto Laclau (1935), contemporáneo argentino ocupado en teorizar las insuficiencias teóricas del peronismo y las debilidades prácticas del marxismo. Para Laclau, mayormente indiferente al tema de la etnicidad, el desafío clave era entender el “populismo”, y particularmente cómo podría ser comprendido en términos que fueran más allá de ciertos rasgos –carisma, discurso denunciatorio, supra clase o clientelismo corporativista, etc.– que tanto obsesionaban a los cientistas políticos y que eran descartados como superficiales por los marxistas ortodoxos. Para Laclau, la experiencia del fascismo europeo estaba en el centro de esta mezcla y en 1977 publicó Politics and Ideology in Marxist Theory como el primer paso, todavía bastante marxista, de lo que se convertiría en los años ochenta en una significativa corriente “post-marxista”, que incluía una mezcla ecléctica de teorías, entre ellas el psicoanálisis, para postular la posibilidad política de una democracia radical.

Abigarramiento y Ernst Bloch
Otra veta o conexión es la siguiente: el horizonte explicativo de varios de los contribuyentes a Bolivia, hoy tenía algunos elementos en común con el de Ernst Bloch (1885-1977), que había estudiado también muy de cerca el surgimiento del nazismo y cuyo trabajo era conocido por Antezana, Zavaleta (que lo cita en Lo nacional popular, pero no en Bolivia, hoy) y, particularmente, Rivera, que lo usa en Oprimidos pero no vencidos. Bloch, como Thompson y Zavaleta, estaba profundamente insatisfecho con el formalismo abstracto de la tradición marxista, en la que él había pasado la mayor parte de su vida (incluso durante su exilio en EEUU). Decididamente, en términos menos poéticos que los de Zavaleta, Bloch desarrolló en 1932 –aproximadamente un año antes de la batalla de Nanawa– el concepto de “die Ungleichzeitigket des Gleichzeitigen”, la “no simultaneidad de lo simultáneo”, para explicar e iluminar lo que en términos marxistas clásicos se conocería como la naturaleza “desigual y combinada” de la economía, la sociedad y la política alemanas.
Bloch fue, de hecho, muy buen escritor, y a menudo ensayaba una prosa tan imaginativa y fuerte como la de Zavaleta. Su explicación de la “no simultaneidad de lo simultáneo” es clara y cuidadosa, y merece ser citada porque, en mi opinión, nos ayuda, en mucho, a dilucidar el significado de “abigarrado” y a decodificar aún más el aparato explicativo desplegado por Zavaleta y Rivera en relación a la “memoria histórica”:

No toda la gente existe en el mismo Ahora. Lo hace externamente, en virtud del hecho de que vive al mismo tiempo con otros. Más bien, esa gente carga con ella cosas más antiguas, cosas que están presentes en ellos de maneras intrincadas. Uno tiene su propio tiempo de acuerdo a dónde está corporalmente, sobre todo en términos de clase. Pero épocas anteriores a la propia siguen tornando visibles o produciendo estratos más antiguos; es fácil volver o soñar con el camino de regreso a tiempos pasados… Más allá de muchos falsos no-sincronismos (no-simultaneidades), hay uno en particular: la naturaleza, y más que ella, el fantasma de la historia que adviene muy fácilmente al campesino desesperado, al pequeño-burgués en bancarrota; la depresión que libera a este fantasma se hace presente en un país que posee una cantidad particularmente grande de materiales pre-capitalistas.(14)

En estos términos, Bolivia sigue siendo, indiscutiblemente, “una sociedad abigarrada”. Hecho que no ha demostrado ser un obstáculo para cambios considerables: la no-simultaneidad no supone el retraso, tampoco la inmovilidad. Por eso la marginación del proletariado minero de los asuntos nacionales –esa fuerza social que para René Zavaleta hacía de Bolivia un lugar en el que valía la pena vivir– no ha supuesto, en el país, el fin de una política popular radical.

Dos contribuciones finales
Tal vez no he prestado la suficiente atención a los ensayos de Lora y Grebe López en Bolivia, hoy, en parte porque son los menos innovadores en su estilo, en parte porque se refieren a realidades que fueron transformadas sustancialmente por el Decreto Supremo 21060. Pero son ensayos que contienen pasajes ricos y sugerentes, que sin duda merecen un grupo de lectores más amplio y más joven. Obviamente, el estilo de Zavaleta circula a más altos niveles que las cansadas certezas doctrinales de Lora, pero hay razones por las que estos dos orureños no pudieron nunca dejarse en paz (de acuerdo con Souza Crespo, Lora es probablemente el autor boliviano más citado por Zavaleta).(15) El audaz estilo de este último se podía liberar de la “regularidad” del leninismo ortodoxo sólo al precio de convertirse en escritura para una élite. El hombre que vivió mitad de su vida en otros países, que disfrutaba del whisky tanto como del singani, “conoció el país pero no dialogó con él; avanzó menos en el re-conocimiento (ej. Quiroga Santa Cruz) y más en lo cognoscitivo (en homenaje a Almaraz)”.(16) Zavaleta necesitaba discutir con Lora precisamente porque esas discusiones devenían para él “un principio de realidad”. Así aparece Lora en Bolivia, hoy.
De maneras parecidas, muchos de los pasajes más crípticos y alusivos del libro se benefician del hecho de aparecer junto a una empírica y sólida deconstrucción de la economía contemporánea a cargo de Horst Grebe López (un capítulo que además presta la debida atención a Santa Cruz, ausente en el resto). Sospecho que fue a través de su trabajo en México, junto a Grebe y Carlos Toranzo, que Zavaleta llegó a desarrollar dos observaciones vitales en Lo nacional-popular: “la captación del excedente ha sido siempre un concepto ajeno a la clase dominante en Bolivia” (17), y “el requisito del Estado... no es el excedente sino la forma consciente de la adquisición del excedente” (29). Dos proposiciones que son hoy tan estimulantes como lo fueron cuando Bolivia, hoy apareció, hace treinta años.

* Historiador. Catedrático de la Universidad de Londres.

  • 1. El poder dual en América Latina. Estudio de los casos de Bolivia y Chile, México: Siglo XXI, 1974. También en Obras completas, I, 367-528.
  • 2. “Consideraciones generales sobre la historia de Bolivia (1932-1971)”, en Pablo González Casanova (ed.), América Latina: Historia de medio siglo. América del Sur, I, México: Siglo XXI, 1977.
  • 3. La edición de 1986 lleva un breve prefacio sin firma señalando su naturaleza incompleta. De los tres capítulos sólo el primero, “La querella del excedente” (21-95), lleva un aparato académico completo. Los siguientes dos –“El mundo del temible Willka” y “El estupor de los siglos”– no nos llevan sino hasta la Navidad de 1934 en un recorrido que había sido originalmente pensado desde 1952 hasta 1980. Sabemos que un cuarto capítulo había sido titulado “La canción de María Barzola”. Tal vez podamos ver elementos de él en “Las masas en noviembre”.
  • 4. “René Zavaleta el maestro”, en René Zavaleta Mercado. Ensayos, 79. Las “fases” del pensamiento de Zavaleta fueron propuestas en primera instancia por Luis Antezana, La diversidad social, 9, y son presentadas concisamente por Mauricio Souza Crespo en Obra completa, I, 12-13. Véase también René Zavaleta Mercado. Ensayos, 99.
  • 5. El pensamiento de Zavaleta Mercado, 134.
  • 6. La historia puede, por supuesto, ser “olvidada”. Antezana considera más tarde que este elemento está muy sedimentado en el libro de Rivera. Ver: “La memoria y el olvido”, Autodeterminación, 6/7, Dec. 1988, 158-9.
  • 7. “Ovando el bonapartista” (1970), Obra completa, I, 653.
  • 8. Historia boliviana, 11/2, 1982, 164.
  • 9. “Los mineros de Bolivia en una perspectiva histórica”, Convergencia, 8, enero-abril 2001, 271.
  • 10. Dos conceptos, 124.
  • 11. Obra completa, I, 41.
  • 12. Además de los muchos trabajos individuales de Luis Tapia, que comprensiblemente se apoyan sustancialmente en Zavaleta, véase F. Yaksic y L. Tapia Bolivia. Modernizaciones empobrecedoras, La Paz: Muela del Diablo, 1997, 23; 28; 30; A. García Linera, Raquel Gutiérrez, Raúl Prada, Luis Tapia, El fantasma insomne, La Paz: Comuna, 2000, passim; y Tiempos de rebelión, La Paz: Comuna, 21; 31; 32.
  • 13. T. Negri, M. Hart. G. Cocco, J. Revel, A. García Linera, L. Tapia, Imperio, multitud y sociedad abigarrada, La Paz: Vicepresidencia de la República, 2007. En mi opinión, el trabajo de García Linera le debe mucho más a Zavaleta de lo que quiere admitir, pero ese estudio lo dejamos para otro día. Mucho del trabajo Comuna es auto-referencial e inaccesible para un lector no versado en los modos discursivos requeridos.
  • 14. ‘Non-Synchronism’, New German Critique, 11, 1977, 22.
  • 15. Obra completa, I, 25, n. 22.
  • 16. Hugo Rodas Morales en René Zavaleta Mercado. Ensayos, 117.
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