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8 de septiembre de 2014 - Número 148

La comunicación como ciencia y como instrumento

Alfonso Gumucio Dagron*

Los medios masivos difunden y tal vez informan, pero no comunican. No promueven una relación de equidad en la sociedad, sino una relación de influencia-dependencia con los grupos de poder, para generar una agenda pública que pocas veces coincide con los intereses de la mayoría.
La comunicación como ciencia y como instrumento

Para la mayoría de las personas, la palabra comunicación está asociada a los medios de difusión masiva. De allí que sea tan común la equivocación de designar a los diarios, a los canales de televisión y a las emisoras de radio como “medios de comunicación”, cuando en realidad son medios de difusión y en el mejor de los casos medios de información (aunque muchos consideramos que con demasiada frecuencia actúan como medios de desinformación). Esta visión instrumental de la comunicación, entendida simplemente como información y difusión, afecta también al campo académico. 

Hace cincuenta años el filósofo y especialista de las ciencias de la comunicación, el venezolano Antonio Pasquali, a quien no me canso de citar sobre este tema, afirmó que la expresión medios de comunicación “repugna”, porque los medios masivos no comunican, solamente difunden. En 1963 escribió:

“La expresión medio de comunicación de masas (mass-communication) contiene una flagrante contradicción en los términos y debería proscribirse. O estamos en presencia de medios empleados para la comunicación y entonces el polo receptor nunca es una masa, o estamos en presencia de los mismos medios empleados para la información y en este caso resulta hasta redundante especificar que son de masas”.

Para decirlo de manera muy sencilla: la comunicación tiene lugar en dos sentidos y es horizontal, mientras que la información se difunde desde un polo emisor central o vertical. Esto es esencial para entender la función política y económica de los medios masivos en la sociedad, así como los procesos de comunicación participativa. Por una parte están los polos emisores de información, que ejercitan su poder económico y político, y por otra está la población que ejerce su derecho a comunicar a través de formas e instrumentos que permiten la expresión de la diversidad cultural, social y política. 

Los medios masivos difunden y tal vez informan, pero no comunican. No promueven una relación de equidad en la sociedad, sino una relación de influencia-dependencia con los grupos de poder, para generar una agenda pública que pocas veces coincide con los intereses de la mayoría. Esa relación de dependencia-influencia está mediada por el poder de los medios masivos, lo que ha valido desde hace más de dos siglos la expresión de “cuarto poder” atribuida a Edmund Burke. 

Ya entonces se consideraba que los medios tenían un poder excesivo en la sociedad, más aún ahora con las innovaciones tecnológicas y la globalización. No es casual que Ignacio Ramonet, ex director de Le Monde Diplomatique y uno de los analistas más importantes de Francia, reivindique la necesidad de un “quinto poder”, es decir un poder ciudadano que vigile a los medios masivos coludidos con intereses económicos y políticos. 

En el ejercicio de la profesión tenemos periodistas y tenemos comunicadores, dos desempeños diferentes aunque complementarios. Los primeros trabajan con mensajes inmediatos (artículos, videos, programas de radio) y los segundos son facilitadores de procesos de diálogo y de participación, no necesariamente dependientes de medios y mensajes porque son procesos de mediano y largo plazo. Pero además, tenemos profesionales en el campo de las ciencias de la comunicación y de la información que investigan, reflexionan, y hacen avanzar el pensamiento en esa disciplina. 

Universidades despistadas

Curiosamente en las universidades donde se forman nuevas generaciones de comunicadores y de periodistas y en los ámbitos profesionales, el mal uso de los términos información y comunicación provoca confusiones que empezaron hace más de 25 años cuando surgió la pésima idea de cambiar el nombre de las antiguas escuelas de periodismo por el de facultades y carreras de “comunicación social”. En realidad la mayoría de ellas promueven la formación de periodistas para alimentar los medios masivos. En muy pocas universidades se estudia la comunicación como ciencia y como proceso estratégico.

Es una cuestión epistemológica: no es lo mismo comunicación que información. Ambos campos son distintos y específicos. La etimología de la palabra comunicación la asocia a conceptos muy diferentes que los de la palabra información. La comunicación (comunio, comunicatio) es el proceso de compartir y de participar, lo cual implica diálogo y horizontalidad. Mientras que los mensajes son verticales y dirigidos en un sólo sentido, para informar, es decir, para “dar forma” (dictaminar) a lo “informe” (lo que no tiene forma).-

Reconocemos en el ámbito académico tres enfoques principales que es útil distinguir. 

Primero, las facultades o carreras de ciencias de la comunicación y de la información cuya tarea es pensar e investigar para elaborar teoría sobre el campo y desarrollar la disciplina. Los estudios especializados cumplen con la principal función de la academia: la de crear conocimiento útil para la sociedad. En estas facultades y carreras se forman profesores, teóricos y estrategas de la comunicación que pueden influir en políticas públicas y participar en el diseño de estrategias en diferentes ámbitos del desarrollo. 

Segundo las carreras de comunicación social donde se forman periodistas, publicistas y relacionadores públicos. Están organizadas con una visión tan instrumental que desde un principio los estudiantes eligen entre radio, prensa, televisión, publicidad, relaciones públicas o comunicación empresarial. Son las más abundantes y se caracterizan por la debilidad teórica y en investigación. 

Tercero, las mal llamadas carreras de comunicación social que ofrecen estudios técnicos orientados a la práctica. Los estudiantes aprenden a manipular cámaras o grabadoras, a realizar videos o programas de radio, guiones de cine o campañas publicitarias. Estos estudios han invadido espacios en la universidades en lugar de desarrollarse en institutos de formación técnica, donde corresponden. Hay universidades que incluso ofrecen diplomados y maestrías en “producción de video” o en “redacción de periodismo”, lo cual es una aberración.

Los intereses comerciales antes que los académicos están definiendo el rumbo de las universidades. En Bolivia hay cerca de 50 carreras de periodismo, mal llamadas de “comunicación social”, que reproducen periodistas para radio, televisión y prensa escrita, publicistas y relacionadores públicos, mientras que faltan espacios para pensar la comunicación y para formar estrategas que puedan contribuir en el diseño de políticas públicas. Apenas dos o tres universidades ofrecen el perfil de un comunicador con capacidad científica y estratégica. 

La confusión conceptual de las universidades que se convierten por razones de mercado en fábricas de periodistas y que abandonan la investigación y el estudio científico del campo es algo que debe preocuparnos. La masificación y creciente superficialidad de los estudios de comunicación no permitirá garantizar la generación de conocimiento propio en beneficio de las necesidades nacionales. 

* Escritor y comunicador.


  • 1. Pasquali, Antonio (1963). Comunicación y cultura de masas. Caracas: Monte Ávila Editores.
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