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15 de julio de 2014 - Número 146

Luis Suárez, Inmanuel Kant y el Neo-Macarrismo

Fernando Mires*

“Yo no defiendo ni he defendido nunca a Suárez. En el fondo, su suerte personal me interesa un carajo. Pero si en relación al caso Suárez hubiera habido, no hablo de una Constitución, por lo menos un reglamento general, yo no habría escrito una sola palabra ni a favor ni en contra de Suárez. Pero no, esa condena provino de la pura subjetividad de unos jueces de la FIFA. De unos jueces que no sólo no tienen la menor idea de fútbol, sino que, además ¡no tienen ninguna formación jurídica!”.
Luis Suárez, Inmanuel Kant y el Neo-Macarrismo

La filosofía, vale decir, el arte de pensar y razonar sobre el mundo y sus alrededores, se encuentra a la vuelta de la esquina y no necesariamente en las academias. No sin razón la filosofía nació en las calles de las islas griegas, cuando los pensadores se detenían en las puertas de las casas e iniciaban discusiones sobre las cosas de la ciudad con los vecinos. Por eso el más callejero de todos, Sócrates, estigmatizó a los sofistas, que pretendían hacer del pensamiento una “cosa en sí” (Kant), propia de eruditos y expertos.
No deja de ser ironía que el seguidor más fiel de Sócrates, Platón, haya traicionado la espontaneidad de su maestro e instaurado las llamadas academias iniciándose así una práctica que ha llevado a confundir, lamentablemente, a la filosofía con la hermeneútica. La interpretación de textos es fundamental. Pero la filosofía no puede ser enclaustrada en bibliotecas. Filosofar es pensar mirando cada cierto tiempo hacia afuera de la ventana, leyendo en el libro abierto del mundo. Ahí donde están los mercados, la política y los cuerpos humanos (“el ser es un cuerpo”: Heidegger) y, por cierto, en los estadios de fútbol y en las discusiones que a veces nos provocan. Entre otras, las del caso Luis Suárez, el insólito mordedor uruguayo.
Toda discusión, al ser realizada por seres pensantes, contiene en sí un innegable trasfondo filosófico. Quiero decir, cuando discutimos de fútbol, discutimos también sobre la justicia, sobre el error, sobre la violencia, sobre las reglas, sobre la valentía, sobre la moral y el derecho, y no por último, sobre la difícil contingencia de la vida.
Un filósofo que no se mezcla con la vida no se mezcla con la filosofía. Y la vida es la experiencia, diría el más grande de todos los filósofos, Inmanuel Kant, en su “Crítica de la Razón Pura” (1787), punto en el que hasta Nietzsche estuvo de acuerdo, pese a que dedicó gran parte de sus escritos a negar a la filosofía kantiana. Inmanuel Kant, a diferencia de los filósofos griegos, no hacía filosofía de calle. El clima de Königsberg no lo permitía. Pero sí discutía acerca de la realidad inmediata en cada uno de sus “almuerzos”.
A los almuerzos de Kant no concurrían filósofos. Sus visitantes más asiduos eran el cura, un profesor de escuela y un barbero de Königsberg. Después del almuerzo; Kant dormía media hora, y luego salía a caminar, poniendo en forma filosófica las discusiones del mediodía. En las tardes, después de una frugal cena, leía y leía. En las mañanas muy temprano comenzaba de nuevo a escribir. Su siempre hermosa, profunda y compleja filosofía es en cierta medida un resultado de sus almuerzos. Esa razón hace pensar que a Kant también le habría interesado el caso del futbolista Suárez.
En el caso Suárez, hay un nudo que a Kant le habría encantado desatar. Me refiero a uno de sus temas más recurrentes: el de las relaciones entre la moral y el derecho. Una moralidad sin legalidad significaba para Kant devolver al ser humano a su naturaleza más primitiva. A sus representantes los llamó Kant “moralistas”. El término lo recogió después Max Weber para atacar a los políticos moralistas dispuestos a imponer sus principios morales por sobre la Constitución y las Leyes. Son los mismos a los que el poético cantautor Joan Manuel Serrat llamó “macarras de la moral” y a quien yo he decidido llamar, usando el mismo término, “macarristas”.
Entiendo por macarrismo una tendencia o actitud destinada a suponer que cada ser humano puede ser juzgado y condenado con prescindencia de cuerpo jurídico y legal. En el pasado los macarristas actuaban en el espacio de la sexualidad, mutilando el alma de sus portadores. Hoy, como neo-macarristas, han expandido sus competencias y lo hacen hasta en dominios que, como buenos moralistas, suelen ignorar por completo, entre ellos, los del fútbol.
Ahora bien, el macarrismo moral se deja guiar por máximas que no se ajustan ni al sentido ni al espíritu de ninguna ley. Son máximas que proceden de experiencias muy personales, de sentimientos y no del pensamiento, y no por último, de odios, animosidades e incumplidos ideales. Freud habría dicho: el moralismo es un fruto del “Sobre Yo” (moral) en alianza con el Ello (pulsional) y en ausencia del Yo (racional). Esas máximas sin ley son, a mi juicio, las que determinaron la sentencia en contra del jugador Luis Suárez.
Entiendan de una vez macarristas. Yo no defiendo ni he defendido nunca a Suárez. En el fondo su suerte personal me interesa un carajo. Puede que incluso que la condena hubiera sido mayor, y si hubiera estado respaldada por un procedimiento legal, tendríamos que haberla aceptado todos. ¿Entienden macarristas?: Si en relación al caso Suárez hubiera habido, no hablo de una Constitución, por lo menos un reglamento general, yo no habría escrito una sola palabra ni a favor ni en contra de Suárez. Pero no, esa condena provino de la pura subjetividad de unos jueces de la FIFA. De unos jueces que no sólo no tienen la menor idea de fútbol, sino que, además ¡no tienen ninguna formación jurídica! La mayoría de ellos proviene del mundo de las empresas, de los negocios, de la bolsa, actividades con las que no tengo nada en contra, aunque no son precisamente los templos de la moral.
Entiendan, macarristas, entiendan: Suárez debe ser castigado, y para que les quede aún más claro, les digo: si hubiera habido un respaldo jurídico adecuado, podría haber sido ejecutado, llevado a un paredón, electrocutado, ahorcado, castrado, todo lo que ustedes quieran. Me da igual. Lo que no me da igual es que alguien pueda ser sentenciado sin juicio y sin jueces, suceda en Venezuela, en Corea del Norte, en Cuba o en la FIFA. Ese es el problema, macarras. ¿Entendieron al fin?
Cuando una instancia institucional no tiene competencia jurídica –es el caso de la FIFA– debe recurrir a organismos judiciales competentes. En el caso de Suárez había por lo menos dos alternativas. La primera: Suárez presta servicios laborales en una empresa llamada Liverpool FC en Inglaterra país donde, además, tiene residencia fiscal. La segunda: Suárez es ciudadano uruguayo. Tanto los tribunales vigentes en las zonas de residencia laboral y fiscal, así como en la nación de origen, Uruguay, son idóneos y altamente competentes. Frente a esos tribunales, la FIFA debió proceder levantando acusación o querella en contra del jugador, agregando antecedentes (por ejemplo, reincidencias) y testimonios orales y visuales. Ese debió haber sido el procedimiento de acuerdo a las normas más elementales del derecho internacional y del derecho penal. En cambio la FIFA decidió actuar por su cuenta con el propósito salvaje de sentar un ejemplo draconiano para que nadie en el futuro se atreva a repetir el acto de morder, aunque alguien asesine a patadas a un adversario. Igual como en las tribus, en los clanes y en las despotías de nuestro tiempo, en la FIFA rige la ley de la selva.
De eso se trata. Ese es el escándalo. Ese es el problema.

* Ensayista y catedrático universitario.

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